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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Eduardo Jordá

Las siete esquinitas

Eduardo Jordá

Ucrania

Era un día de verano en Kiev, la capital de Ucrania. Hacía un calor pesado, asfixiante, muy parecido al de Mallorca en los días de calitja. Muy cerca del monasterio de las Cuevas, casi al lado del anchuroso Dniéper, había unos pocos cerezos cargados de frutas. Las cerezas eran pequeñas y no tenían un aspecto muy apetitoso, pero hacía calor y no había una cafetería ni un bar por ningún sitio -eran los últimos días de la Unión Soviética-, así que cogimos unas cuantas cerezas y nos pusimos a comerlas allí delante, bajo las majestuosas cúpulas doradas del monasterio. De repente empezamos a oír gritos: «¡Niet, niet!». Vimos que una mujer se había asomado a una ventana y nos hacía gestos imperiosos con la mano, y en la calle, una vieja avanzaba corriendo hacia nosotros gritando y señalándonos con el dedo. «¡Niet, niet!». Cuando la vieja llegó, empezó a chillarnos en ruso -o en ucraniano, cualquiera sabe-, mientras nos señalaba las cerezas que aún colgaban del árbol. «¡Niet, niet!», repitió varias veces, hasta que nos dimos cuenta de que no podíamos tocar las cerezas por una especie de misteriosa prohibición que nos impedía tocar la fruta que colgaba de un árbol.

¿Por qué? Nunca lo supimos. Pero lo más probable es que las cerezas fueran de dominio público -la URSS era entonces un país socialista- y ningún ciudadano común y corriente pudiera tocarlas sin permiso de algún organismo municipal. Además, había otra razón para explicar la conducta de aquellas mujeres. Por lo que supimos después, la memoria del hambre estaba muy presente en Ucrania. A comienzos de los años 30, millones de personas murieron de hambre como consecuencia de la colectivización forzosa de la agricultura ordenada por Stalin. Los campesinos se negaron a entregar la cosecha y prefirieron ocultarla o quemarla, y en poco tiempo el país se quedó sin existencias de alimentos. A esa hambruna se la conoce ahora como Holodomor, aunque casi nadie se atrevía a hablar de ella en la URSS porque era un tema tabú que se consideraba secreto de Estado. Yo conocía la historia por algunos poemas que Osip Mandelstam escribió cuando estuvo viviendo en Ucrania en los peores días de la hambruna. Y quizá aquella vieja que había corrido hacia nosotros -pensé- había vivido de niña la hambruna y por eso no toleraba que nadie -y menos aún turistas occidentales- robasen las escuálidas cerezas del monasterio.

A nosotros nos cuesta entender estas cosas, porque nuestra memoria de las penalidades del pasado se ha ido desvaneciendo con el paso del tiempo, pero hay países en que esa memoria está muy viva y todavía actúa como un poderoso factor que determina la conducta de la gente. En el caso de Ucrania supongo que ocurre así. Además, la historia de Ucrania a lo largo del siglo XX es tan compleja, tan enmarañada, tan confusa, que es difícil entender lo que ha ocurrido y extraer una mínima explicación racional. Tierra de cosacos y campesinos, tierra de anarquistas, tierra de nacionalistas furibundos y de feroces odios antisemitas, Ucrania vivió una guerra civil permanente a lo largo de la primera mitad del siglo XX: anarquistas contra bolcheviques, campesinos contra rusos blancos, cosacos contra independentistas ucranianos, independentistas contra polacos… El gran Bulgákov -que había nacido en Kiev- contó estas cosas en La guardia blanca, pero el trasfondo de aquellas luchas de todos contra todos se hacía difícil de entender. Compadezco al historiador que quiera escribir un tratado sobre la historia de Ucrania en el siglo XX.

Curiosamente, la actual Ucrania -que tenía fama de ser uno de los países más antisemitas del mundo- tiene un presidente judío que antes había sido comediante y que llegó al poder de la forma más posmoderna imaginable: después de actuar en un programa cómico de ficción, Servidor del pueblo, en el que representaba a un presidente ficticio de la república de Ucrania, el cómico Zelenski se presentó a las elecciones con un partido que tenía el mismo nombre que la serie y las ganó con el 73% de los votos. La historia del cómico que se convierte en presidente resulta muy posmoderna, sí, pero también tiene un inequívoco aire a farsa de Gógol, otro ilustre ucraniano. Por lo que sé, no hay ningún político moderno -ni siquiera Trump- que haya accedido al poder imitando el papel que había representado en una serie cómica. De momento, Zelenski defiende la entrada de Ucrania en la OTAN y en la Unión Europea y le ha plantado cara a Putin, que sueña con anexionarse Ucrania de la misma manera que ya se anexionó Crimea -una península que formaba parte del territorio soberano de Ucrania- cuando la ocupó ilegalmente en el 2014. Conociendo la historia de Ucrania, la cosa pinta fea. Las cerezas son escasas, pequeñas y muy ácidas. Y todo el mundo quiere quedarse con ellas.

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