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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Joaquín Rábago

Ucrania y la crisis de los misiles de Cuba

El Gobierno ruso ha llegado a amagar estos días con la posibilidad de instalar misiles en Cuba o Venezuela en respuesta a la ampliación de la Alianza Atlántica hasta sus fronteras.

Esto ha hecho evocar a algunos la llamada crisis de los misiles de Cuba en 1961, que, en plena Guerra Fría, colocó al mundo al borde del apocalipsis nuclear.

Se oculta muchas veces interesadamente, al recordar aquel dramático episodio, que el envío por la entonces Unión Soviética de misiles a la Cuba de Fidel Castro no era sino la respuesta del Kremlin al previo despliegue por EEUU en su aliada Turquía de 115 misiles Jupiter.

Esas armas, portadoras de cabezas nucleares de 1,4 megatoneladas –el equivalente de 175 bombas de Hiroshima– podían alcanzar en cuestión de minutos tanto Moscú como Leningrado y otras ciudades importantes de la Unión Soviética.

EEUU acababa de sufrir entonces la humillación de ver fracasada la invasión ilegal de Cuba para instalar en la isla un gobierno que remplazara al castrista, acción precedida de una campaña de sabotajes e infiltraciones en la isla.

La que ha pasado a la historia como la invasión de la Bahía de Cochinos, por el lugar de la isla donde se produjo el desembarco de disidentes entrenados por la CIA, fue aplastada por las milicias y las Fuerzas Armadas Revolucionarias cubanas en menos de 65 horas y contribuyo al afianzamiento de la Revolución cubana.

Como respuesta a ese fracaso, Washington puso en marcha la operación Mangosta en octubre de 1961: un plan secreto de invasión de Cuba por el Ejército estadounidense y con un falso pretexto, al estilo del sucedido con el acorazado Maine, el cual había dado lugar en su día a la guerra hispanoamericana.

El líder soviético, Nikita Jruschov, tuvo noticias de ese plan gracias a sus servicios de inteligencia y ofreció al Gobierno de La Habana instalar en la isla misiles balísticos de alcance medio R-12 como medida de disuasión frente a EEUU, algo que Castro, tras algunas vacilaciones iniciales, terminó aceptando.

Gracias a sus aviones espía U2, que sobrevolaban impunemente la isla, los servicios de inteligencia de EEUU no tardaron de detectar a su vez la presencia de las bases de esos misiles nucleares, que podrían alcanzar la capital estadounidense en cuestión de minutos.

El presidente Robert F. Kennnedy estableció entonces un bloqueo de la isla y ordenó a su Marina de Guerra que buscasen los navíos soviéticos con rumbo a Cuba y los desviase en caso de toparse con ellos.

El líder soviético envió entonces a Kennedy un mensaje personal en el que aceptaba desmantelar las bases soviéticas de misiles en suelo cubano si EEUU a su vez hacía lo propio con las de sus misiles Jupiter en territorio turco, algo que Washington aceptó aunque cuidándose de ocultar a la opinión pública su parte del compromiso.

El clima político mejoró inmediatamente: poco después se instalaría una línea directa entre la Casa Blanca y el Kremlin para que ambos Gobiernos pudieran tratar directamente al más alto nivel cualquier nuevo conflicto.

Y en agosto de 1963 se llegaría incluso a un acuerdo que establecía la prohibición parcial de las pruebas nucleares en la atmósfera, el espacio exterior y bajo el agua. Quedaban excluidas del mismo las subterráneas.

Ha corrido mucha agua por el Potomac y el Moscova desde entonces. El comunismo, salvo el chino y algún otro más bien residual, ha pasado a la historia, y Rusia, como otras repúblicas sucesoras de la URSS, es hoy un régimen autocrático capitalista.

Ya no hay competencia como entonces entre dos sistemas político-económicos irreconciliables, pero Washington sigue actuando, y obligando a otros a actuar, como si la Guerra Fría no hubiese terminado.

¿Es tan difícil entender, aunque no nos guste su régimen, que Rusia pueda sentirse acosada por la ampliación de la OTAN, en violación de lo prometido verbalmente por EEUU a raíz de la reunificación alemana? ¿A qué obedece ese empeño de Washington?

Y sobre todo, ¿tiene esta Europa dividida algo que decir que no sea lo que sale por la boca del secretario general de la ONU, el ex laborista noruego Jens Stoltenberg, siempre tan atento a los deseos de la superpotencia y su complejo industrial-militar?

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