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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Realidad imaginaria

Destapando a Pajares

Suele tener buena fama lo de liberarse a través de la palabra, pero el caso es que la gente suele ser más de liberarse con el cuerpo. En muchos contextos, el verso de la canción «Libera tu mente y el culo te seguirá», de Funkadelic, se invierte.

Es decir, tan importante puede ser la teta de Susana Estrada como un verso de Octavio Paz. O, según el momento y el lugar, una película de Costa-Gavras como una (y aquí vamos) de Andrés Pajares.

Para que una palabra como destape mute a subgénero cinematográfico autóctono, el país que lo ve nacer ha tenido que estar no solo tapado, sino sepultado en paño y naftalina. Pasado el tiempo, esas cosas hay que entenderlas, sin coartada irónica ni visillos kitsch, con empatía y rigor, y eso es lo que logra Pajares y cía, la magnífica serie documental sobre el actor que acaba de estrenar Atresmedia.

Uno no sabe qué es bailar de verdad si no ha llevado grilletes. Y el caso es que España tuvo los tobillos esposados durante décadas. Cuando al fin se liberó, no todo iban a ser mensajes críticos en pancartas y debates de pipa y barba. Era quizá un país más dispuesto a admirar a las suecas (el padre de un amigo, camarero en Mallorca en aquella época, no sabe ni una palabra de inglés, pero tiene fecundas nociones del idioma escandinavo) que a mirar las películas suecas (las de Bergman, por ejemplo). Del mismo modo que no admitir eso es de señoritos redichos, no señalar el machismo de esos años es de amnésicos nostálgicos. Y esta serie de Carlos Torres borda el equilibrio de ese doble análisis.

Repasar la evolución de una sociedad mediante un motivo pop suele ser efectivo: se podría hacer tanto con las novelas de a duro como con el fenómeno Megamix. A través de la figura de Pajares, aquí se analiza desde la miseria laboral y moral en el franquismo (11 funciones diarias de pueblo en pueblo) a la borrachera erótica y la resaca amnésica de la transición (las españoladas de Pajares y Esteso), para pasar luego por la seriedad autoconsciente de cuando todos éramos europeos de clase media (el triunfo dramático, Goya incluido, con Ay, Carmela) y la crisis del sistema (en su caso, de su sistema nervioso, en la prensa del corazón).

En un país que se sometió a la terapia del olvido, la carcajada podía ser una forma de catarsis. La serie de Pajares logra negar una de las reflexiones más idiotas que se esgrimen últimamente: «Esto ahora no se podría hacer». Un lema estúpido cuando lo dicen con lástima los que se empeñan en subrayar que estamos en una sociedad puritana más censora que un dictador fascista, pero también cuando lo sueltan los que están convencidos de que ese pasado quedó atrás y no tenemos nada que ver con él.

Que España alumbrara el cine del destape tiene que ver con que se inventara la literatura picaresca cuatro siglos antes. El pícaro no nace aquí porque nuestro clima o ADN sea hospitalario con la delincuencia, sino por la miseria. Un pícaro es, simplemente, un pobre que intenta sobrevivir en un entorno arruinado y duro con lo único de lo que dispone: la inteligencia. Un pícaro millonario no es un pícaro, sino un hideputa (por usar el idioma de la época).

No hay que analizar el cine de Pajares como críticos de Cahiers du Cinéma, sino como nietos que no quieren olvidar a qué altura miraban el mundo (qué bajitos eran) sus abuelos. Con el mismo cariño. Como soltaba un personaje de la película La máquina de bailar: «La filosofía de las películas baratas ayuda a la gente, chico, porque la gente no vive unas vidas grandes y profundas. La gente vivimos unas vidas baratas».

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