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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Myriam Z. Albéniz

Desde la sala

Myriam Z. Albéniz

Feliz y ensalzador Día del Padre

Un año más nos disponemos a celebrar el Día del Padre, uno de los más reconocidos a nivel mundial al margen del enclave geográfico y de la cultura que lo albergue. En los países de raigambre católica, como España, la fecha elegida es el 19 de marzo, festividad de San José, quien asumió y ejerció con entrega incondicional la paternidad de Jesús de Nazaret. Sin embargo, el origen de esta entrañable costumbre resulta bastante desconocido y halla su explicación en la muestra de gratitud de una hija, Sonora Jackson Smart, hacia su progenitor, un veterano de la Guerra Civil estadounidense cuya esposa falleció durante el parto de su sexta criatura. A consecuencia de aquella circunstancia trágica el hombre se encargó del cuidado y educación de su prole en una granja de Washington, con todo el cariño del mundo y sin ningún tipo de ayuda. Por ello, a Sonora se le ocurrió promover esta jornada de reconocimiento mientras escuchaba en la iglesia un sermón precisamente el Día de la Madre y su idea fue ganando aceptación, hasta que el presidente Lyndon B. Johnson la materializó en 1966, extendiéndose con velocidad por otros continentes, si bien por medio de distintas tradiciones y en fechas diferentes.

Consiste en un homenaje a los padres y a la labor que ejercen en la crianza y enseñanza de sus hijos e hijas y su principal finalidad estriba en recordarles cuánto se les quiere y qué importante es su presencia dentro de las familias. Y, aunque cada colectividad lo celebra a su estilo, en nuestro país resultan muy comunes las reuniones en torno a la mesa y el posterior reparto de regalos, ya sea realizados o adquiridos por los más pequeños de la casa. Constituye asimismo una ocasión propicia para comentar algunos extremos susceptibles de mejora, dado que todavía se torna preciso modificar determinados patrones ya obsoletos que aún reducen la misión paterna a proveer económicamente o dar un apellido a los descendientes, mientras que el grueso de los aspectos vinculados a la crianza continúan recayendo sobre las progenitoras. Por lo tanto, a quienes hayan crecido sobre el trasfondo de estas creencias les convendría dejar de reproducirlas, al menos si aspiran a formar parte activa en la evolución de sus vástagos.

Y es que en el seno familiar no proceden actividades exclusivas para madres o padres, más allá de las biológicas derivadas del parto y la lactancia. En ese sentido, cuando se da por bueno el argumento de que los varones ayudan en las tareas domésticas, en vez de considerar que se corresponsabilizan de su realización, se frena el desarrollo social y se priva a niñas y niños de unos adecuados modelos de colaboración equitativa, fundamentalmente durante su infancia. Nosotras no estamos más dotadas para perder noches, cambiar pañales, arreglar la casa, cocinar, planchar o lavar. Lo sé de buena tinta porque, además de una madre fuera de serie, tuve también un padre excepcional, capaz, generoso y dispuesto, cuya memoria me acompaña permanentemente. Será esa la razón por la que siempre he defendido con convicción la importancia trascendental de esta figura. A estas alturas casi nadie cuestiona que la enseñanza de herramientas para el desarrollo vital es responsabilidad de dos, y que su tarea conjunta y complementaria supone generar vínculos que demuestren la disponibilidad plena como cuidadores, a cargo de la seguridad, el cuidado y el amor de aquellos a quienes han dado la vida. A mi juicio, la definición real de familia trasciende a lo que expresan los sucesivos diccionarios a lo largo de la Historia y, en consecuencia, nunca es tarde para ejercer una paternidad activa, afectiva y comprometida. No nacemos aprendidos, pero tener voluntad, mostrar interés y desterrar el temor a equivocarnos integran la mejor fórmula. Seamos un equipo y demostremos que la unión hace la fuerza. Feliz día, padres. Y mil gracias.

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