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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Observatorio

La sangre no se va

La sangre no se va Emma Riverola

La sangre cuesta de limpiar. En una prenda, necesita varios lavados. Que si agua fría, que si amoniaco, que si bicarbonato sódico y vinagre… Aun así, es posible que la policía científica detecte su rastro a través de reactivos. Es tozuda la sangre. Aunque se torne invisible, aunque la memoria se esfuerce en borrarla.

El Gobierno de Boris Johnson ha anunciado que enviará a Ruanda a los solicitantes de asilo que lleguen a Reino Unido a través del canal de la Mancha. No importa de dónde procedan ni su historia personal ni las cargas que arrastren. Sin ser escuchados, serán trasladados –¿deportados?– al almacén del material sobrante. Al fin y al cabo, reconocer que los desesperados tienen algo que decir sería asumir que son dignos de derechos, que son tan personas como los ciudadanos ingleses.

El pasado febrero se cumplieron cinco años de la Declaración de Malta, el acuerdo aprobado por los 28 jefes de Estado y Gobierno de la UE que convirtió a Libia en el guardián del Mediterráneo central y condenó a los migrantes que trataban de llegar a Europa a ser prisioneros de ese Estado fallido. Desde entonces, se calcula que unas 82.000 personas han sido interceptadas en el mar y conducidas a Libia, donde son víctimas de detenciones arbitrarias, condiciones inhumanas de reclusión y trabajo forzoso. Eso si no caen en manos de las milicias o los traficantes.

La noche del pasado 8 y 9 de abril fueron liberadas en Bani Walid (oeste de Libia) 195 personas, incluidas 20 mujeres y un niño. Habían sido golpeados, electrocutados, violados día y noche. Sus familiares recibían fotos y vídeos de las torturas. Si no pagaban, los retenidos eran asesinados.

La actuación de la guardia costera libia también suma arbitrariedades. En marzo, Alemania anunció que su Ejército ya no le proporcionará más entrenamiento «en vista del inaceptable comportamiento repetido de unidades individuales de la guardia costera libia hacia los refugiados y migrantes», según afirmó Andrea Sasse, portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores.

Investigadores de las Naciones Unidas están tratando de verificar informaciones sobre fosas comunes con cadáveres de migrantes. También están recogiendo testimonios espeluznantes de torturas. «Las agresiones contra los migrantes son cometidas de forma generalizada por actores estatales y no estatales con un alto nivel de organización y con el impulso del Estado. Todo esto sugiere crímenes de lesa humanidad», ha afirmado Chaloka Beyani, miembro de la misión.

Crímenes de lesa humanidad. ¿Podemos lavarnos las manos de toda esa sangre? Desde 2015, la UE ha destinado 700 millones de euros para «tratar la situación de la migración en Libia». Una ingente suma de dinero público europeo que acaba en manos de organizaciones de criminales y traficantes. Dinero no solo destinado a la muerte, también a convertirnos en cómplices del más abyecto tráfico de personas blanqueado por tratados de vergüenza.

Tras el acuerdo del Gobierno de España con Marruecos por la cuestión del Sáhara, se ha frenado la llegada de migrantes. Durante los últimos años, el control o el descuido de la frontera marroquí ha seguido el ritmo de los encuentros o desencuentros políticos entre los dos países. El cínico tablero de juego del reino alauí. Ahora, la Asociación Marroquí de Derechos Humanos (AMDH) ha denunciado redadas y arrestos masivos llevados a cabo por las autoridades marroquíes contra migrantes subsaharianos irregulares. Los aleja de la frontera con España. Simples peones de la partida.

Cuando la ultraderecha esparce su discurso de odio cae en terreno abonado porque, de alguna manera, los gobiernos de Europa ya han arrebatado a los migrantes su humanidad. Los han convertido en seres carentes de derechos. Cargas que pueden hundirse en el mar. Sobrantes susceptibles de ser golpeados, despreciados, agredidos. Y lo hemos permitido. Gobiernos y ciudadanía han conformado un sistema de vasos comunicantes. Con nuestro voto. Con nuestro silencio.

Una política migratoria acusada de cometer crímenes de lesa humanidad es una mancha demasiado profunda, demasiado siniestra. Irremediablemente, el racismo y la xenofobia calan en las calles. Como la sangre de las víctimas.

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