Opinión | Editorial
Fiesta y lucha en el Primero de Mayo
Un año más se celebra hoy, 1 de mayo, en casi todo el mundo el Día Internacional de los Trabajadores conmemorando la jornada reivindicativa del movimiento obrero desde hace casi siglo y medio por los derechos laborales, y que nació en homenaje de los sindicalistas anarquistas norteamericanos ejecutados, conocidos como los Mártires de Chicago, que comenzaron precisamente un primero de mayo (el de1886) la primera huelga por la jornada de ocho horas.
Lejos queda hoy aquella efemérides y lejos queda también el espíritu de lucha que desde entonces y durante tanto tiempo ha dominado esta jornada históricamente reivindicativa, convertida desde hace años en festividad oficial y dominada quizá ahora por la cultura del ocio y del consumo.
Es un hecho que el mundo del trabajo se ha transformado tanto a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, como consecuencia del pacto social logrado tras la Segunda Guerra Mundial, que el sentido profundo de la jornada ha ido perdiendo peso paralelamente a la conquista continuada de derechos y de condiciones de vida de los trabajadores, aunque en España ese proceso se retrasó 40 años como consecuencia de la dictadura franquista y la brutal represión que se mantuvo sobre el movimiento obrero.
Durante un tiempo en esa nueva era de conquistas sociales por parte de los trabajadores, el Primero de Mayo se ha ido contextualizando a las reivindicaciones puntuales de cada momento en cada país, muy pegada a las negociaciones con gobiernos y patronales sobre convenios colectivos, regulaciones laborales o situaciones concretas de sectores o amplios colectivos de trabajadores. Pero son por lo general demandas gestionadas por los sindicatos y trasladadas a las tradicionales manifestaciones del Primero de Mayo, sin que con frecuencia reflejen o simbolicen verdaderos movimientos masivos reivindicativos.
La desaparición paulatina del movimiento obrero en Europa y el mundo desarrollado como consecuencia de la pérdida de conciencia de clase de una gran masa de trabajadores convertida en clase media, corre paralela a la pérdida de atractivo e influencia de unos sindicatos burocratizados que están cada vez más lejos de representar a amplios colectivos de empleados y profesionales, y con grandes dificultades para seguir vehiculando las demandas y logrando los importantes avances que durante tanto tiempo sí han conseguido.
La globalización de la economía abrió nuevos escenarios de lucha y conquista de derechos en la medida que algunos de los alcanzados antes se están viendo socavados. El pacto social que dio paso al Estado del bienestar se empezó a debilitar con el neocapitalismo global en el contexto de la crisis sistémica que vive el mundo desde el ‘crack’ financiero de 2007 y 2008, seguida por la pandemia sanitaria mundial del 2020, ambas de consecuencias catastróficas para las capas más débiles y para los trabajadores. Y ahora también el derrumbe de la geopolítica internacional como consecuencia de la debilidad de las democracias liberales, sometidas en su mayoría a la presión del discurso reaccionario del populismo y la ultraderecha, y el órdago lanzado por la autocracia rusa y el comunismo chino sosteniendo, cada régimen a su manera, una guerra en Europa tras la invasión de Ucrania, que ya está provocando graves consecuencias en las condiciones de vida de los trabajadores de todo el mundo.
La lucha sindical por los derechos laborales se ha visto además condicionada por el cambio del modelo productivo que la globalización y el nacimiento de internet han impuesto en la dinámica de unas empresas cada vez más internacionalizadas y directivos virtuales.
El cambio climático y la transformación energética y digital como respuesta necesaria crea un nuevo escenario en el mundo empresarial y alienta un nuevo paradigma en las relaciones laborales, mientras el fenómeno de la inmigración, el nacimiento de nuevos modos y formas de acceso al empleo, el teletrabajo o las contrataciones personalizadas son elementos que añaden complejidad a la situación y debilitan la cultura de la solidaridad interclasista, e impiden la articulación de un movimiento reivindicativo cohesionado.
Desde que en 2008 alguien planteó que la crisis financiera de entonces obligaría a una reinvención del capitalismo y a una nueva forma de pacto social, se están sucediendo varias crisis más que, por el contrario, han insistido en el incremento de las diferencias sociales, precarizando el empleo, disparando las tasas de pobreza y, en definitiva, socavando los derechos de los trabajadores. Son muchos los colectivos cuyas condiciones de vida no son homologables a los del Estado del bienestar, pero la ausencia de una verdadera conciencia de clase, la cultura individualista y la debilidad de los sindicatos impiden ese movimiento organizado reivindicativo y eficaz.
El malestar social dominante en estos momentos en muchos países industrializados tiene su origen en este deterioro de las condiciones de vida de los ciudadanos en general y de las clases más desfavorecidas en particular, pero la expresión de ese malestar dista mucha de ser homologable a los movimientos históricos por las conquistas sociales o por los derechos de los trabajadores, y tiene con frecuencia, por el contrario, una genealogía reaccionaria y contraria al progreso social.
En el contexto actual, tiene este Primero de Mayo en España y en Canarias otras claves políticas y sociales que no podemos pasar por alto como han sido la reforma laboral aprobada en febrero pasado y que pone coto a la precarización del empleo; la subida del Salario Mínimo Interprofesional (SMI) a 1000 euros brutos, o los ERTE que durante meses han evitado el cierre de empresas y el despido de millones de trabajadores por la pandemia sanitaria.
La manifestación del año pasado, tras la obligada suspensión de la de 2020 por la covid, se centró en reivindicar el cumplimiento de lo pactado en la mesa del diálogo social y en mantener el esfuerzo que se había realizado en los servicios públicos que tanto habían hecho por la sociedad durante lo más arduo de la pandemia. En este 2022, el acento se pone obviamente en las medidas para hacer frente a las consecuencias económicas y sociales de la guerra en Ucrania y a la inflación por el incremento del precio de los combustibles y de otras materias primas y alimentarias, lo que obliga, según los sindicatos, a revisiones salariales no admitidas por la patronal. Un Primero de Mayo que, dada las circunstancias, obligaría a los trabajadores y a las clases populares a reencontrarse en clave reivindicativa con el espíritu de aquella jornada que simboliza la lucha histórica por los derechos laborales y festeja la cultura de la solidaridad.
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