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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Lamberto Wägner

Tropezones

Lamberto Wägner

Breverías 101

Me contaba mi buena amiga D.M. la anécdota del malentendido con su hijo de 3 años, al que cariñosamente apodaba «mi conejito». En un paseo con el niño por la ciudad se detuvieron ante una carnicería que exhibía en su escaparte una ristra de conejos desollados. Al preguntarle el crío qué era lo que estaban viendo, la madre le explicó que se trataba de conejos. Ante la despavorida mirada de su «conejito», se las vio y las deseó para intentar aclararle la diferencia entre conejo y conejito.

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En mi opinión una de las inesperadas consecuencias de la invasión rusa de Ucrania ha sido la de mostrarnos de la manera más descarnada la estructura mafiosa del régimen de Putin. En el corazón del comunismo más puro nos encontramos con un grupo de milmillonarios, que merced a su complicidad con el gran capo, ejercen en régimen de monopolio, abasteciendo al país de armamento, combustibles y materias primas que exportan también al resto del mundo Dicha franquicia es recompensada con el porcentaje obligado a su jefe, que se convierte así en el más rico de todos. Unos disfrutan de lo que les brinda el mundo occidental, más glamuroso que la madre Rusia: aeronaves, yates, mansiones de las mil y una noches en Marbella, la Costa Azul o Londres, rebautizado por las malas lenguas como Londongrado. El capo se construye en su propio país un palacio que nada ha de envidiar a Versalles. Y de repente, merced a los avatares de una guerra mal calculada, todas las prebendas que disfrutan estos mafiosos en el mundo libre les son embargadas. Y curiosamente con las mismas herramientas de la salvaje globalización de nuestro planeta que les ha permitido convertirse en multimillonarios oligarcas. Pero cuidado, cuando le vienen mal dadas al gran capo, los que le dan la espalda tienden a suicidarse en extrañas circunstancias...

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P.B. es un conocido consejero delegado de una multinacional sueca, reputado por su talento para los negocios pero también por su exigencia para con sus empleados.

Valga como ejemplo una de sus boutades más comentadas; en un despacho con uno de sus subalternos, demasiado cansino en su exposición, no se aguanta más y le espeta:»¡hábleme más rápido, que no puedo pensar tan despacio!».

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Creo que no todo es lamentar haber llegado a una edad provecta: entre otras cosas nos permite rememorar el sabor nostálgico de nombres ya casi desaparecidos, pero tan cargados de recuerdos. ¿Qué les parecen términos como, carbonería, colmado, droguería, chacinería, bakelita, ultramarinos ? Y ya puestos, nos permite regodearnos también en la lectura de vetustos textos oficiales, como la frase que acabo de rescatar en una reseña de fin de siglo:»..si no queremos que sobre nosotros pese el sello del baldón y de la ignominia..»

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