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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Antonio Perdomo Betancor

Objetos mentales

Antonio Perdomo Betancor

Salud mental y económica

Antes de empezar a disparar de manera indiscriminada sobre los viajeros de un vagón del metro de Brooklyn, Nueva York, Frank James había lanzado dos granadas de humo. Después ametralló a los viajeros. Inmisericorde. Probablemente usó ese modus operandi porque lo había visto en alguna película o porque quisiera evitar la emocionalidad que provoca una violencia tan abrupta y brutal. Caben otras posibilidades, pudo lazar las granadas de humo para crear confusión y distraer al personal de sí mismo. Pero creo que no es necesario insistir. Es seguro que la investigación forense del caso atesora toda la información detallada del suceso, por lo que no sigo elucubrando ni desgranando su operativo. Para el motivo que me convoca, lo que importa es que Frank James había manifestado la necesidad de querer matar gente. Hacen falta más tiroteos masivos para que la gente «entienda», dijo. Éstas fueron, entre otras, sus manifestaciones previas al ataque a los viajeros del vagón del metro de Brooklyn.

Es notorio que estos mensajes de Frank James iban dirigidos a la comunidad política, a la gente que forma parte de ella, y en dichos mensajes recalca que «la gente debe entender». Es obvio además que el mensaje era muy explícito. Reiterativo. Pese a su desesperación, la comunidad política no se hizo eco de sus alocuciones, ni siquiera obtuvo una respuesta negativa. Con todo, ese execrable acto no dista en esencia de un proyecto de reeducación social, por muy individual que sea. En realidad, en todo proyecto por alejado de la realidad y equivocado que esté, especialmente si se trata de un proyecto de ingeniería social y política, no menos tampoco que si se trata de un proyecto individual, pese a ser uno tan desesperado como era el de Frank James, anida un proceso de reeducación de la sociedad.

Ese «para que la gente entienda» que expresa Frank James presupone que la comunidad política, la gente que lo rodeaba más cercanamente y de la que podía esperar algo se comportó de forma autista e impenetrable, lo cual, supongo que, ante sus ojos, los de Frank James, la comunidad había dejado de ser comunidad política y la gente había dejado de importar. Podría dejar de considerar a las personas verdaderamente valiosas y por consiguiente radicalmente prescindibles. Considerarlos objetos animados sin la cualidad de humanidad que las hace verdaderamente valiosas.

Deseaba matar gente, dijo, por si, de una vez, la gente entendía. Sin duda era un modo horrible de dar una lección. Pero no tan diametralmente opuesta a la reeducación política. La historia nos muestra que el coste de la reeducación política está fuera de todo cálculo. Desde esta perspectiva el sentido reeducativo al que Frank somete a la sociedad es una esquirla más. Frank James era un homeless que interpeló al acalde de su comunidad, Eric Adams, con la siguiente frase. «Sr. Alcalde, soy una víctima de su programa de salud mental… ¿Qué está pasando con la situación de los homeless?»

Importa menos que el ataque de Frank James a los viajeros del vagón de metro de Brooklyn no se ajuste al patrón de síndrome de Amok, por ejemplo, tampoco es relevante el tipo de desequilibrio mental, uno de los muchos grados de demencia que el protagonista pudiera padecer, lo que le llevó a Frank James a desatar tal y tan injusta e indiscriminada violencia. Porque doy por cierto que no todas las personas disponen de una mente tan exquisitamente equilibrada y flexible para amortiguar las duras condiciones que la vida exige, las de trabajo, precariedad, abandono... Es de suponer que en ese contexto la salud económica juega, por derivación, un papel importante en la génesis de episodios de violencia enmascarada e indisimulada que pagan para su desgracia, con sus vidas, personas inocentes.

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