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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Marrero Henríquez

Escritos antibélicos

José Manuel Marrero Henríquez

Cancela

Cancela» podría ser la segunda persona del singular del imperativo del verbo cancelar, que significa anular algo, una cita, una cuenta bancaria o un recuerdo. «Cancela esa cena, que no voy a poder ir» es un ejemplo de esa posibilidad imperativa. «Cancela» también podría ser la tercera persona del singular del presente de indicativo del verbo cancelar. «Ella cancela todos sus compromisos cuando llega el verano» es un ejemplo de esa posibilidad indicativa. Y más allá de su ser como verbo, «cancela» es también el sustantivo que sirve para nombrar una verja pequeña que se pone en el umbral de algunas casas para preservar el zaguán del público y que, en ocasiones, antecede a un patio, de manera que sus macetas y flores se puedan ver desde la calle sin permitir el libre acceso a él.

Cancela, en cuanto verbo, supone eliminar algo, borrarlo, anularlo; cancela, en cuanto nombre, supone impedimento, obstáculo, prevención. En cuanto verbo la cancelación es absoluta, cuando algo se cancela, cancelado queda, en cuanto nombre la cancelación es parcial, como sucede con la cancela del patio, que sí, impide el paso a su interior, pero, al mismo tiempo, permite la contemplación de lo que hay en él. La cancelación verbal es total, terminante, categórica, la cancelación nominal es parcial, inconclusa, inacabada.

Ante la visión de cadáveres esparcidos por las calles en ruinas de una ciudad ucraniana Nopólemo se pregunta cómo será la cancelación de la vida en una guerra. ¿Verbal o nominal? ¿Total o parcial? ¿Habrá una anulación absoluta de la existencia? ¿Cesará todo? ¿O tal vez la muerte dará a una pequeña puerta enrejada con vistas a un jardín al que no se podrá acceder? ¿Acaso se podrá pasar por ese jardín para finalmente llegar a una morada benefactora? ¿O será el jardín mismo, aunque una estación a medio camino, el destino último del fallecido?.

Hay un gran estruendo en la calle y Nopólemo se distrae de sus cavilaciones. Están derruyendo el edificio que está enfrente del suyo y el ruido es infernal y las vibraciones amenazantes. Es de mañana, el cielo es de un azul intenso y limpio y sopla una suave brisa fresca, y las nubes, pocas, son aquel leve espesor casi animal del aire. Ha sido una misma cosa evocar un extraordinario verso de Valente y decidir alejarse del alboroto y polvareda de esa obra interminable que desde primera hora lo fastidia e importuna. Nopólemo va al garaje, sube a su motocicleta y se adentra en la isla.

Arriba, en la cumbre, el paisaje es diáfano, las diversas tonalidades de verde combinan a la perfección con los variados matices del marrón de las tierras y con los colores de las flores que más destacan, lila, amarillo, rojo, naranja. Las montañas lo agasajan, en el regazo de la cuenca de Tejeda lo acunan, y Nopólemo, relajado, toma un café con delectación y saborea con demora un dulce de almendra y batata.

Abajo, en la ciudad, el ruido de las obras y más lejos el de las bombas rusas masacrando Ucrania. ¿Qué habrá después de la muerte? ¿Habrá lo mismo si se abandona la vida en un hospital, en la casa familiar o acribillado por las balas del enemigo? Nopólemo quiere pensar que sí. Que si la vida se cancela de manera verbal y absoluta, la nada será el estadio de radical democracia en que todo acabará. Y que si la vida se cancela de manera nominal y parcial, todos sentirán a las puertas de un jardín que puede verse y no tocarse el pálpito de una esperanza que no termina. También quiere pensar que en ninguno de los casos el verdugo disfrutará de la misma experiencia que la víctima.

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