Opinión | Observatorio

Hablando sin silenciador

Hablando sin silenciador

Hablando sin silenciador / Humberto Hernández

Es tanta la capacidad y potencia de la lengua que difícilmente puede haber algo real o ficticio, verosímil o inverosímil, objetivo o subjetivo, bello o monstruoso, agradable o desagradable, falso o verdadero que se resista a la posibilidad de ser verbalizado. Es verdad que algunos diccionarios registran la voz inefable como un adjetivo que definen «Que no se puede explicar con palabras», y yo manifiesto mi desacuerdo con tal definición, ya que el uso de inefable, en realidad, no supone una necesaria imposibilidad expresiva, aunque el sentido pueda derivarse de su etimología, pues más bien posee una intención ponderativa («…Las aguas del cielo se derraman trayendo una paz inefable al corazón de los vagabundos»), o con intención peyorativa («El inefable presidente del Atlético de Madrid ha insultado al del Real Madrid»), como muy bien lo explica don Manuel Seco en su excelente Diccionario del español actual, con sendos ejemplos reales y bien ilustrativos de esos matices.

Son los poetas quienes con mayor frecuencia se enfrentan al reto de verbalizar las ideas o sentimientos más complejos, aquellos que erróneamente, y si adoptamos actitudes prosaicas, solemos caracterizar como vagos e imprecisos: y vaya que sí lo consiguen. No deja de constituir un oxímoron el magnífico poema de Ángel González, «Ahí donde fracasan las palabras»: «Poeta de lo inefable. / Logró expresar finalmente / lo que nunca dijo nadie. / Lo condenaron a muerte».

No se trata de que todos los hablantes aspiremos a ese alto objetivo de verbalizar lo inefable, pero sí a verbalizar adecuadamente todo aquello que deseamos comunicar, para informar, para entretener, para convencer o para provocar placer estético. Evitar que la inercia o la rutina anulen nuestra capacidad –y la de la lengua– para decir lo que realmente queremos y rechazar críticamente los mensajes de quienes pretenden confundirnos manipulando la versatilidad que nos ofrece la humana facultad del lenguaje y de su verbal manifestación. Y, aunque podamos valorar la oportunidad de ciertos usos, no creo, por ejemplo, que haya habido intención de engañar cuando en el propio ámbito universitario se utilizaban pleonásticos adjetivos para hacer referencia a algunas disciplinas: «Fulano estudia filosofía pura y Mengano ciencias exactas», pero ¿quién era el que estudiaba filosofía impura o ciencias inexactas? Es verdad que no tienen mayor importancia estos redundantes y oximorónicos adjetivos que, por otra parte, solo trataban de realzar el interés intrínseco de una y otras disciplinas. Sin embargo, no son tan inocentes tantas expresiones con las que se han intentado ocultar horribles realidades manipulando las palabras hasta el extremo; propongo, si no se ha hecho ya, que se reflexione en la combinación de palabras del bélico sintagma «fuego amigo» (los muertos causados por los del propio bando), o en la de «autor intelectual [de un atentado]»), que es en realidad el urdidor o maquinador de la masacre, de igual modo que el escondrijo de los asesinos se denominaba «santuario de los terroristas». Son muchos los perversos eufemismos con los que se han ocultado fatídicas realidades («solución final», «daños colaterales»…) y a los que me he referido en otras ocasiones.

Me voy a centrar esta vez en llamar la atención sobre ciertas percepciones que por generalizadas parece que empiezan a aceptarse, y de esta aceptación y social reconocimiento son una buena prueba la presencia de tópicos que se suman al corpus de los ya detectados y analizados. Y lo hago, porque soy consciente de que es tan fuerte el poder de la palabra como grande es nuestra pereza ante la posibilidad de enfrentarnos al control que muchas veces se nos impone a través de ella. Cedemos a los clichés y nos rendimos ante los tópicos: ¿cómo se explica, si no, que muchos problemas continúen «en los tejados ajenos» cuando toca que sea otro el que les dé la posible solución, o aprovechemos que «el Pisuerga pasa por Valladolid» si pretendemos introducir en una conversación o en un debate un tema ajeno a lo que se estaba tratando?

No son muchas las actitudes críticas que se oponen a la cómoda inercia del lenguaje esclerótico y de lo políticamente correcto, aunque es de justicia reconocer que hay quienes lo ha hecho y muy bien, como son los casos de Aurelio Arteta, en sus obras Tantos tontos tópicos (Barcelona, Ariel, 2012) y Si todos lo dicen… (Barcelona Ariel, 2013), y Darío Villanueva en Morderse la lengua (Barcelona, Espasa, 2021).

Y como a mí tampoco me atrae la idea de ceder ante lo impuesto interesadamente, antes de que se impongo el tópico, que, según la experiencia, da validez a la idea, me sumo a la campaña de los antes citados autores y propongo la reflexión ante normas o preceptos que, al menos en apariencia, se aceptan sin discusión, y, así, entre otros tantos aceptados asertos, rechazo los que enuncio a continuación.

1. Sobre lo legal y lo inmoral. El hecho de que lo inmoral pueda ser legal me parece una de las grandes paradojas de la sociedad actual, de nuestras leyes y del Derecho, que debería garantizar la justicia y la libertad. Creo que va siendo hora de que uno y otro, lo legal y lo moral, vayan de la mano si no queremos seguir escuchando tamaña estupidez como la de que un flagrante delito de una inmoralidad incuestionable se ajusta a los términos legales de nuestros códigos (huelgan los ejemplos).

2. De la prescripción de los delitos. ¿De todos? Es verdad que hay situaciones en las que podría justificarse tal prescripción (dejadez u olvido de la Administración, por ejemplo), pero ¿deja de ser ladrón o asesino el autor de un escandaloso robo o un terrible asesinato, por mucho tiempo que haya transcurrido, si es que más tarde se descubren las causas de su culpabilidad?

3. El derecho a mentir del acusado. No creo que contribuya al mejoramiento en la impartición de la justicia que se le conceda este derecho a un acusado convicto y confeso, admitiéndole testimonios contradictorios en sucesivas declaraciones e interrogatorios, antes bien creo que supone un elemento que contribuye a la ralentización de los procedimientos judiciales.

4. La inviolabilidad del rey y la inmunidad parlamentaria. Sí se explica la segunda, pues la ley prevé en qué circunstancias se reconoce tal inmunidad; pero no así la inviolabilidad entendida como prerrogativa personal que exime al monarca de cualquier responsabilidad penal. Norma que por su anacronismo y obsolescencia debería decaer de cualquier código sin necesidad de mayores discusiones, interpretaciones o acuerdos.

5. Sobre la interpretación de las leyes. He leído algunas sentencias, algunas incluso en verso, y tengo que reconocer que he detectado circunstancias en las que es admirable el comportamiento de los ciudadanos: «La acato, aunque no la comparto», es lo que comúnmente suele escucharse sin ningún atisbo de rebeldía o insumisión. Sin embargo, me sorprende sobremanera que, por ejemplo, un asunto tan claro y objetivo como fue la sentencia sobre la posibilidad de ser un ciudadano elegible y elector en determinada circunscripción, circunstancia ya legislada con claridad meridiana, fuera motivo de dos sentencias judiciales contradictorias, aunque más sorpresa causó conocer que en la segunda, emanada del más alto tribunal, los seis magistrados que lo conformaban emitieron votos opuestos con un empate como resultado que fue dirimido por el voto de calidad del presidente. Perdóneseme mi ignorancia si lo que voy a decir puede ser a causa de mi desconocimiento de un asunto mucho más complejo; pero así, a primera vista, solo podrían extraerse dos conclusiones: que los legisladores no saben escribir o que los jueces no saben leer. O, dicho de otro modo, en un lenguaje más acorde con las nuevas corrientes pedagógicas: que unos y otros carecen de las básicas competencias lingüísticas y comunicativas.

6. Acerca de los crímenes de guerra. Sí, sé que se trata, sobre todo, de las infracciones graves de los convenios de Ginebra de 12 de agosto de 1949; sin embargo, me parece paradójico tal reconocimiento, puesto que implica que otras muertes ocasionadas en el ámbito de un conflicto no constituyen acciones criminales, censurables ni punibles. Preferiría, y esto solo es un deseo, que la guerra fuera objeto de la peor de las valoraciones y que nada en ellas fuera justificable. Que, en todo caso, antes que buscar justificaciones para los asesinatos y violaciones de todo tipo cometidos, se elaboren leyes internacionales para castigar a quienes las promueven. Y alguien me dirá, si es que estoy pensando en el caso de Ucrania, que allí no se libra una guerra, sino que se trata de una invasión, de una ocupación o lo que sea, y entonces volvemos a empezar hablando de eufemismos y de lo políticamente correcto.

Soy consciente de que me he introducido en un terreno que no es el mío, y se me dirá que muchas cuestiones no se pueden simplificar tanto; pero sí puedo afirmar que hasta lo más complejo puede expresarse de forma sencilla y comprensible, y este sí que es mi terreno. Confieso, de todos modos, que no fue mi primera intención al escribir estas líneas llamar la atención a nadie ni a ningún colectivo, aunque alguna apelación me ha salido. Me movió en realidad una atinada reflexión de mi admirado Andrés Rábago, El Roto, en la que también se produce una interesante paradoja, pues en esta ocasión las palabras se superponen a la imagen a la que tanto nos tiene acostumbrados. Dice Rábago en una entrevista: «Ahora todos hablamos en cierto modo con silenciador incorporado, matizamos lo que decimos por temor a herir, por miedo a la repercusión o al uso torticero que puedan hacer otros. Debemos cuidar lo que decimos, pero no debemos ocultar lo que queremos decir».

Con el permiso de don Andrés Rábago y con el respaldo de sus palabras, me he permitido por esta vez hablar sin silenciador.

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