Suscríbete

La Provincia - Diario de Las Palmas

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

José A. Luján

Piedra lunar

José A. Luján

Arrieros y poesía

Los escenarios de la cultura hispánica en la que estamos insertos ofrecen una amplia variedad temática que cruza los mares de una a otra orilla del Atlántico con suma facilidad. Las evidencias intangibles van y vienen. Antaño, cuando la emigración Canarias-América era muy habitual, cabalgando sobre las olas. Y ahora, en los tiempos modernos, en las aeronaves donde viajan cantantes, pintores, libros, poetas, actores y actrices con una rapidez insospechada.

A las pocas semanas de su publicación, llega a nuestras manos a través de nuestro amigo Francisco Bueno Quintana, un libro bicéfalo, que incluye dos en uno. Editado en Colombia, sus páginas son portadoras del mundo de la arriería, una actividad etnográfica ciertamente rural, propia de mundos en vías de desarrollo, dada la carencia de infraestructuras que permitan comunicar los pueblos de serranía con los grandes centros de distribución. La arriería en la colonización antioqueña (Hoyos editores, Colombia, 2022, y Paulino Acebedo, el poeta arriero. Una antología, en la misma empresa editora). Esta obra con dos portadas, a pesar de la referencia a un mundo colombiano, sobrepasa las referencias a su patria originaria, y nosotros la disfrutamos en esta orilla del Atlántico, como si las evidencias se produjeran en un entorno próximo.

Sin duda, hay una distancia en la evolución de los pueblos. El ámbito colombiano por su geografía montaraz y con aldeas ubicadas en lejanas y altas montañas andinas, está carente de vías de comunicación modernizadas, siendo la estructura de la arriería (arrieros, mulas, caballos, bueyes y fondas) lo que da vida a esas tierras del altiplano, llenándolas de humanidad. Las descripciones, desde un indudable estilo positivista, son una delicia expositiva. Al describir los caminos de antaño con sus protagonistas, los autores hacen alarde de una narrativa literaria, cabalgando entre la realidad y lo que a nosotros nos puede resultar ficción: «Entre trochas interminables, por montañas inconquistadas, construidas muchas veces por las propias mulas y el pie de los arrieros, para brincar la cordillera, extendidos por abruptas montañas, cruzando profundas hondonadas e inmensos tragadales que casi hacían desaparecer hombres y bestias. Caminos tan empinados que más bien parecían eternas escalinatas que simulaban llegar hasta las nubes, imposibles de ascender y muy arriesgados por los vertiginosos descensos. En épocas de invierno se hacían intransitables, poniendo en riesgo los animales que frecuentemente rodaban por abismos mortales…» (pág. 93)

Aquí en Gran Canaria, recordamos los arrieros de nuestras cumbres que hasta bien entrada la segunda mitad del siglo pasado transitaban por caminos reales, unas veces, y otras creándolos por atajos para lograr mayor economía. En aquellas cabalgaduras se transportaban productos agrarios (papas, frutas, paja, cosechas de granos) así como leña y carbón. Y el pasaje humano era preferentemente mujeres y niños que iban insertos en alforjas adaptadas a su edad.

Los caminos de la isla estaban muy concurridos durante el día y la noche por el movimiento de los arrieros. La fonda del pueblo tenía buenos clientes con estos profesionales de los senderos que con su actividad itinerante convertían el transcurso de su vida en una animada metáfora literaria.

De todo ello, ya en nuestro ámbito inmediato, nos da cuenta el profesor Claudio Moreno Medina en su tesis doctoral Las vías de comunicación terrestres en Canarias, siglos XVI-XIX, de 2005, en la que considera que este tipo de movilidad propicia la articulación territorial en determinados espacios insulares.

En este bicéfalo libro colombiano, el poeta arriero Paulino Acebedo, con su pluma y memoria popular, deja constancia de una fecunda y múltiple creatividad temática, teniendo siempre como referencia el camino y la vida: «El hombre es un peregrino / vacilante y pordiosero, / que siguiendo su destino / va regando de continuo / de lágrimas el sendero».

Aquí en la isla desconocemos la expresión poética de la arriería que tal vez, por su origen en la huidiza oralidad, no ha sido recogida. Sin duda, creemos habrá existido y que aún estamos a tiempo de que alguien se lance a indagar en los viejos arrieros para obtener algún resultado de una vertiente poética con la que se pueda rescatar y configurar una página de nuestro patrimonio.

Compartir el artículo

stats