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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Juan Francisco Martín del Castillo

Una urgencia nacional

Confrontar ideas, pelear por las propias y mantenerse fiel a uno mismo parece lo más oportuno cuando el mundo cambia. No hay nada de malo en sostener una determinada visión de la realidad mientras no excluya a las demás. Sin embargo, esto es justamente lo que pretende la izquierda de este país. Lo lleva haciendo muchos años, tal vez décadas desde la llegada de la democracia a España. Lo paradójico del caso es que ha sido tanta la insistencia en la supuesta superioridad del progresismo que para algunos ya no hay otro modo de entender la vida, incluso cuando los aludidos se confiesan privadamente contrarios a los valores de aquella ideología. Este fenómeno ha hecho que claudique la libertad de opinión, sometida al dictado de unos cuantos privilegiados, en más de una ocasión apoyados o refrendados por señalados medios de información, voceros de esta sibilina censura en la expresión de las ideas. Así, pues, una de las prioridades a las que se debe atender en estos momentos es la defensa numantina frente al general adoctrinamiento: desembarazarse de la losa ideológica que nos ha aplastado durante demasiados años y luchar a brazo partido por otra forma de pensar la realidad es lo que urge en España. Buscar un soplo de aire fresco, una ventana por la que respirar y congraciarse de nuevo con este mundo que nunca dejó de pertenecernos, como así nos lo han hecho creer los hijos de la infatuación progre.

¡Ya está bien! Todos caben en esta hermosa nación y nadie está legitimado a repartir certificados de buen demócrata para luego hurtar a una significativa parte de los españoles la posibilidad de pensar de manera diferente. Cada nueva convocatoria de elecciones, sean municipales o a las Cortes Generales, es el ejemplo palmario de esta nociva estrategia: si una determinada formación que postula la unidad de España obtiene una importante respuesta por parte del electorado, de inmediato saltan a la palestra estos inquietos censores para denigrar el voto de sus compatriotas, tan válido, por cierto, como el suyo propio. Esta aberración constitucional es tan habitual que ni siquiera se atreven a llamarla por su nombre, que sería lo justo. En definitiva, lo correcto, y aun lo que manda la lógica jurídica, estaría en dignificar los resultados de los comicios porque son la soberana expresión de la libertad política de los españoles. Tan simple como eso.

Ahora que ha habido un cambio en la cúpula del principal partido de la oposición, parecía que era una buena oportunidad para volver a presentar batalla ante el totalitarismo doctrinal de las izquierdas. Luchar con firmeza por unos valores de los que muchos se sienten tristemente huérfanos ante el rodillo ideológico imperante. En una palabra, disentir. Algunos lo denominan «guerra cultural», pero uno prefiere dejarlo simplemente en pensar en libertad. Porque esto no es una guerra, por mucho que los sectarios se empecinen en verlo así. Son formas de entender la vida y la realidad y, si se entra en la dinámica beligerante de las izquierdas, unos serán tildados de “malos” y otros de «buenos», ignorando la esencia de lo que es la libertad del hombre. Elegir no comporta más que definirse ante el mundo. Y esto es lo que aborrece la doctrina del socialismo, el que los individuos sean protagonistas absolutos de su acontecer.

Por todo ello, hablar, escribir, razonar y pensar, sobre todo pensar de modo distinto es una urgencia nacional. De ahí que no acabe de comprender la indiferencia de cierta derecha ante el desafío intelectual de las izquierdas. Es como si se diese por perdida la batalla por la libertad, algo inconcebible para cualquier demócrata que se precie. Puede que sea una estrategia ideológica, un astuto movimiento en el tablero de los partidos en liza, quién lo sabe. Lo cierto es que, si hay una necesidad ampliamente sentida por una mayoría social en España, ésta es la de expresarse al margen de lo establecido, que el pensamiento y la palabra vayan, por fin, de la mano.

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