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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Mercè Marrero

La suerte de besar

Mercè Marrero

Bajo control

Queremos controlar. Controlarlo todo. Que el trabajo salga de una manera determinada, que nos quieran como pensamos que merecemos o que las cosas sean como nosotros creemos que deben ser. Tuve un jefe que me solicitó que le informara sobre el tiempo que haría una noche a tres semanas vista. Quería que investigara las tendencias meteorológicas porque no quería que el día elegido lloviera. El problema no lo tenía él. Lo tenía yo, porque nada más colgar me puse manos a la obra en plan José Antonio Maldonado y traté de interpretar el comportamiento de las bajas presiones. Este afán por controlar y esa dificultad por dejarse llevar es el pan nuestro de cada día. Del mío, seguro.

Creí que pariría de forma natural. Estaba convencida de que mi iter hacia la maternidad sería el convencional: hacer el nido por la mañana, contracciones por la tarde, hospital por la noche, dilatación normal, cuatro empujones, bebé en brazos y amamantamiento armónico al amanecer. La realidad fue que me provocaron el parto y, tras horas de Oxitocina en vena y nula respuesta fisiológica, decidieron programar una cesárea. La matrona, una inglesa con acento muy british, me dio la noticia y yo me puse a llorar. Nada era como yo creía que debía ser. Sacó a todo el mundo de la habitación y me dijo: “Tú tienes aspecto de quererlo tener todo under control, pero esto no lo podrás contrrrolaaar”. Trece años después, aún le doy las gracias por esa enseñanza.

No he podido controlar momentos importantes de mi vida. Ni mis partos, ni mis enamoramientos o desamores. Recuerdo la primera vez que supe que estaba enamorada. El último día del colegio me subí al autobús y me despedí de mis amigos desde la ventana. Él era uno de ellos. Nueve meses juntos en clase y, al ver cómo levantaba su mano para decirme adiós, lo supe. El estómago me dio un vuelco y tomé conciencia de lo mucho que me gustaba aquel renacuajo. Tampoco controlamos el desamor. Simplemente, sucede. Las emociones son libres y es inútil intentar imponer afectos. Ni propios, ni ajenos. Es lo que hay.

Escucho a una agricultora hablar en la radio. Defiende que las cosechas deben acompañarse y que su deber es observar los mensajes que la tierra le da. El periodista le pregunta si no le gustaría emigrar a países más frescos para no sufrir las consecuencias del calentamiento global. Ella le responde con un no rotundo. Dice que quiere estar cerca de sus cultivos, observando sus necesidades y tratando de revertir, desde su responsabilidad individual, los perjuicios del cambio climático. Critica a quienes creen que pueden controlarlos y les tilda de engreídos. Pienso en sus palabras al leer sobre las personas que han muerto tratando de saltar la valla para entrar en España y en cómo algunos siguen creyendo que nuestras fronteras son más controlables que el miedo de los migrantes a seguir viviendo realidades y existencias inhumanas.

En la cafetería, tres jóvenes hablan sobre su futuro. Uno espera entrar en Biología, otra en Ingeniería y el tercero se dedicará al negocio familiar. Quieren ganar dinero, independizarse y viajar. Tras varias cervezas, la chica admite que lo que le apetecería de verdad es improvisar. Dejarse llevar y, simplemente, vivir. Di que sí, querida. Simplemente, hazlo.

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