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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Juan Cruz

El revés y el derecho

Juan Cruz

Periodista y escritor

Miles de días en los periódicos

En un tiempo que duró demasiado yo estaba en el periódico (en EL DÍA, hasta que me fui) más de la cuenta. Vivía al lado, para estar cerca, lo veía abrir, y asistía al cierre más allá de la medianoche, y como estaba allí mismo a veces me acercaba a ver cómo salían los camiones cargados con la mercancía que yo había ayudado a que fuera al fin un diario impreso.

Me hice muy amigo de la gente de talleres, que me enseñaban a escribir en las linotipias, y andaba entre aquellas mesas llenas de letras inconexas, que luego serían noticias o historias, como si hubiera nacido en medio del plomo. A veces me llamaban los linotipistas para que les ampliara un texto ajeno y cumplir así con el espacio que le habían dejado en la página a esta o aquella noticia.

Era, en esa época, alguien que les servía para todo a los redactores, a los linotipistas y al director, que sobre todo confiaba en mi la redacción de los editoriales que luego, como es lógico, se le atribuían.

Un día se me ocurrió, con otros amigos, que podríamos tener en el periódico, igual que lo tenía La Tarde, que aun no había desaparecido engullido por la muerte del fundador, don Víctor Zurita, y por las inclemencias de la época, un suplemento literario. El de La Tarde se llamaba Gaceta Semanal de las Artes, lo dirigía, en su última época al menos, el pintor Pedro González, que era también un cuentista formidable. En Aire Libre, el primer periódico en el que escribí, yo había publicado ya versos y relatos, con el seudónimo de Salvador Rubio, pues no me debería parecer adecuado que alguien que escribía de fútbol practicara también esas artes, lo cual por mi parte era una presunción estúpida.

Un día, desaparecido ya Aire Libre (engullido por la Hoja del Lunes, que no lo dejaba seguir), le pedí a Elfidio Alonso si le podía entregar un artículo a Pedro, y éste publicó mi primer texto firmado que no era sobre fútbol. Yo estudiaba en el Instituto Cabrera Pinto de La Laguna, mi pasión era el periodismo y escribir era mucho más que un entretenimiento: era mi oficio, yo no quería ser otra cosa en mi vida, lo percibió don Julio Fernández, que me acogió en aquel semanario deportivo, lo sabía Elfidio cuando le entregué aquellas cuartillas y lo sabían en casa, donde me veían escribir como si estuvieran asistiendo a una ceremonia religiosa. El texto se titulaba Teatro en paquetitos, pues entonces yo leía mucho la revista Primer Acto, me apasionaba el teatro, y compartía una idea que allí se decía mucho: cada día era más difícil encontrar otro teatro que no fuera el de alcanfor, como si estuviera guardado en paquetitos. Por entonces los periódicos estaban ávidos de original, y los suplementos literarios también, así que el texto salió en seguida, lo que me hizo interpretar que podía seguir enviándoles mis ocurrencias.

Poco después fue cuando a Salcedo le debieron hablar de mi indigencia en La Tarde, donde me daban cariño pero no me pagaban, y donde no tenía un sitio donde sentarme, y me llamó con el señuelo de que allí iba a poder ser periodista a tiempo completo. Fue entonces cuando me enseñó una máquina de escribir que sería mía, me habló de un salario y me indicó que dentro de nada el periódico se iba a tirar en un nuevo edificio, lo que explicaba la robusta situación de aquel diario que en ese momento preciso se hacía como con ganchillo en la calle Valentín Sanz, cerca del bar donde el propio Salcedo y Pedro González compartían tertulia y whisky.

Cuando llegué a EL DÍA languidecía (o había desaparecido) la Gaceta Semanal de las Artes, y no sé si fue a mi o a cualquier otro al que se le ocurrió que nosotros podríamos tener nuestro propio suplemento literario. Salcedo me pidió un título, y por alguna ocurrencia de la época a mi mismo me pareció que éste podría ser Tagoror Literario, mezclando el adjetivo clásico de los suplementos de ese carácter con la denominación guanche de los lugares de encuentro. Entonces no había aún la costumbre de utilizar terminología guanche, ni en los periódicos ni en ninguna parte, así que muchos de los que luego la abrazaron consideraron una antigualla el nombre propio que le dimos a aquella criatura.

Lo cierto es que se llamó así, y por muchos años estuvo esa mancheta (al final, sólo como Tagoror) asociada a las páginas de EL DÍA. En LA PROVINCIA tenían un gran suplemento, que alguna vez dirigió mi amigo Pepe Alemán, al que siempre le deberé las seiscientas pesetas que me prestó para volver de un viaje que me encalló en Gran Canaria, y era lógico que nosotros quisiéramos imitarlo. Hicimos, además, muy buena relación con ellos, e incluso recuerdo que me ayudaron a contactar con el gran pintor Juan Ismael para ilustrar algunos de nuestros relatos u otras ocurrencias. En aquel entonces me ayudaron mucho, entre otros, José Luis Toribio, pintor, que hizo muchas de las ilustraciones, Alberto Omar, que escribía de teatro (y ya era, además de un gran narrador, un excelente dramaturgo) y Fernando Delgado, el más veterano de nosotros, o al menos el que tenía más fundamento y nos conecto con grandes de la literatura peninsular a los que él conocía y trataba. Julián Ayala y Julio Pérez también apoyaban la página, que diseñaba con una maestría emocionante el muy querido Juan Pedro Ascanio, al que ya he descrito en estos textos como el inolvidable Chato que vino del comunismo a Tagoror y a la primera página de EL DÍA, que diseñaba como una criatura que cada día era distinta y, además, mejor.

¿Mi trabajo? Yo hacía allí, en ese suplemento, de todo. Cerrábamos con dificultad, porque no siempre hubo mucho original, aunque en una época José-Miguel Ullán y Emilio Sánchez-Ortiz nos enviaban desde París textos suyos o de Severo Sarduy y Octavio Paz que le daban a Tagoror un aire que desmentía el hiperlocalismo del título que tanto nos reprocharon algunos colegas.

En cuanto a mi trabajo, era tan diverso que a veces era yo el que rellenaba los huecos, escribiendo poemas improvisados con los que disimulaba las ausencias de quienes nos habían prometido algo que finalmente no entregaron. Así que algunas veces, con su mandil azul fuerte, el Chato llegaba a mi lado y me señalaba la parte en blanco de la página que llevaba en la mano: “Rellena este hueco”.

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