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La Provincia - Diario de Las Palmas

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El lápiz de la luna

Mi sensibilidad y yo

Lo sé, el título del artículo parece sacado de una canción de Alejandro Sanz. Quizá me haya traicionado el subconsciente, quién sabe. Siempre he sido una persona muy sensible. Desde pequeñita. Sensible a las luces, entre más tenues, mejor. Sensible a los olores y a los sonidos, soy capaz de percibir si en una casa hay cucarachas por el olor a feromonas que desprende el bicho, similar al olor a toallas viejas y húmedas, o el aleteo de un mosquito antes de que venga a dar por saco junto al tronco del oído. Sensible ante una caricia, pero también ante una ofensa. A modo de anécdota: cuando era pequeña y mis hermanas mayores tenían que bañarme, siempre tenía que tener un paño en los ojos para que no me entrara agua, ya que, de lo contrario, lloraba muchísimo porque la sensación de ahogo en los ojos, sí, de ahogo en los ojos, me angustiaba. ¿Pueden los ojos ahogarse? Creo, o estoy casi segura si no es un falso recuerdo, de que alguna vez tuvieron ganas de meterme el grifo en la boca. Ser sensible en la sociedad actual es una putada. Son tantas veces las que me han criticado por ser como soy que sin darme cuenta me he ido creando una armadura a mi alrededor. Y eso también genera críticas. Ya no sé qué es peor, si que me digan: «Qué sensible eres, te ofendes por todo», cosa que no es del todo cierta, o que me digan: «¡Chacha, ¿y esa sensibilidad?, te tenía por una persona más fuerte!», cosa que es cierta a medias. Una verdad: soy sensible. Una mentira: me ofendo por todo. No me ofendo por todo. Me ofenden las faltas de respeto. Me ofende la falta de tacto. Me ofenden los prejuicios. Me ofende la gente que habla sin saber. Me ofende esta moda de «sincericidios» en la que todo el mundo va diciendo lo que piensa porque es «sincero» y es preferible decir la verdad a mentir. Sí, claro que siempre hay que apostar por la verdad, pero la verdad también se puede decir con tacto, con respeto y con cariño. Una verdad: soy sensible. Una mentira: me hago la fuerte. A pesar de considerarme una persona sensible, también me considero una persona con los ovarios bien puestos. No me parece que ambos sentimientos sean incompatibles. Uno puede afrontar un problema estando triste y hacerlo con fortaleza. Uno puede estar pasando por un momento vital, laboral o académico difícil y tener la garra de lidiar con el día a día, aunque te sientas como Atlas, con el mundo sobre tu espalda. Uno puede llorar para gestionar sus emociones sin que te miren o te traten como a una niña pequeña por permitir que ese llanto deshaga los nudos del alma. Últimamente me estoy encontrando con gente que está construyendo muros alrededor de su sensibilidad para sobrevivir a los terroristas que, con el burdo argumento de que son muy sensible, les bombardean con opiniones o prejuicios y que hacen saltar por los aires su autoestima o la seguridad en sí mismas. Nos vemos con el derecho de creer que conocemos a las personas y no tenemos ni idea. No, no tenemos ni idea, ni siquiera me vale el argumento de que sea familiar, pareja o mejor amigo. La gente tiene un mundo interior al que no podemos acceder y un mundo exterior que, te guste o no, lo compartas o no, a veces no se puede gestionar. Aun así, nos sentimos con el derecho de decirles cómo deben pensar, actuar o interpretar lo que les sucede y, si no actúan según lo que consideramos correcto, entonces, amigo, es que son muy sensibles. A veces me gustaría que mi abuela levantara la cabeza y pusiese a todo el mundo en su sitio con un: ¡Vive y deja vivir!

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