Opinión | En voz baja

Jerónimo Saavedra, el político de tierna sonrisa

Jerónimo Saavedra cuando fue nombrado hijo predilecto de Gran Canaria.

Jerónimo Saavedra cuando fue nombrado hijo predilecto de Gran Canaria. / Andrés Cruz

La grandeza humana traza la diferencia entre la excelencia y la mediocridad. El ser único, demostrar capacidad de sacrificio o cultivar conocimiento son aspectos intangibles, pero de mucho peso y valor en cualquier individuo. Estos rasgos son los que ha demostrado, con creces y mucho tesón, Jerónimo Saavedra durante los últimos 86 años.

Los pequeños retazos de la personalidad de este gigante han moldeado un alma de acero inoxidable, que aún brilla con mucha intensidad. Un señor de pies a cabeza con muchas virtudes y defectos; que ha cometido aciertos y también algunos errores, pero que supo llenar de elegancia la política española y trabajar por el interés general. No olvidemos que fue el primer presidente del Gobierno de Canarias hace ya casi 40 años, ministro con Felipe González o alcalde de la capital grancanaria. En su dilatada trayectoria, los detalles de su quehacer diario han fraguado una figura envolvente, sin duda de otra pasta, que conforman un todo excepcional. Su carácter dialogante, su pausa y su forma de ser dejan una huella imborrable. La predisposición a arreglar cualquier conflicto, por enquistado que estuviera, e interceder por los demás fueron y son aún las señas de identidad de un hombre verdadero; de otro tiempo. Político único, de sesgo afable y socarrón; la vida le sigue devolviendo sus dádivas hacia el prójimo. Lo último en llegar es el reconocimiento como hijo predilecto de la Palma. Este palmero de corazón transmite, como subraya su sobrino Alejandro Peñafiel, “la serenidad de quien ha visto tres volcanes en la Isla y muchos más pequeños volcanes en nuestras islas a lo largo de su prolongada vida política y social».

De carácter tranquilo y sosegado es parte de la historia viva de Canarias que se ve recompensado con la gratitud de la Isla Bonita, que siempre sintió como suya, de su familia materna, y en la que tiene una casa desde hace más de tres décadas. En este remanso de tranquilidad acertó al disfrutar del reencuentro con su pasado y vivió su historia más íntima y personal llena de grandes historias, algunas de ellas con un final no tan feliz como recuerda su sobrino.

La Palma reconoce el amor y la devoción por una tierra, que siempre ha llevado en su forma de ser y de pensar, en el que la libertad de pensamiento y palabra han primado por encima de cualquier ideología y lo han convertido en una parte esencial de la historia común. La Palma de hoy no sería igual sin Jerónimo, ni Jerónimo sería igual sin su sangre palmera ni su tierna sonrisa.

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