Opinión

El largo camino de Santiago

Hoy lunes es el día de Sant Jaume, uno de los días señalados del calendario católico y de especial significación en tierras gallegas, donde cada año se desplazan miles de personas para visitar las reliquias del santo en la catedral de Santiago de Compostela.

La catedral de Santiago.

La catedral de Santiago. / Xavier Carmaniu Mainadé

La hagiografía dice que el apóstol que hoy conocemos como Santiago viajó desde Jerusalén a la Hispania romana para predicar la palabra de Cristo. Luego regresó a Tierra Santa, donde murió decapitado en el año 44 d. C. Entonces sus discípulos habrían trasladado el cadáver a Galicia para darle sepultura. Después de siglos olvidado, los restos del santo fueron descubiertos y se construyó el templo para resguardarlos.

Ahora bien, no se ha logrado encontrar ninguna prueba que demuestre que el apóstol pisara la Península y, de hecho, hasta el siglo IX se afirmaba que la cristianización había sido cosa de siete obispos enviados por Roma. ¿Qué pasó para que Santiago ganara protagonismo y se convirtiera en un elemento central de la identidad hispánica?

Los primeros indicios se encuentran en la época de Alfonso II de Asturias, que reinó entre los siglos VIII y IX. Entonces, buena parte de la Península era controlada por los musulmanes, pero los cristianos del norte intentaban ganarles terreno. Es lo que la historiografía tradicional define intencionadamente como Reconquista, un término que es, como mínimo, inexacto.

Si de lo que se trataba era de arrebatar las tierras a los infieles, era necesario un argumento sagrado que reforzara la campaña militar. Fue así como un apóstol, pescador en Galilea, se convirtió en el referente de los cruzados hispanos gracias a episodios más legendarios que reales, como su presunta aparición en la también presunta batalla de Clavijo de 844, donde habría ayudado al rey Ramiro a vencer a los musulmanes. Solo hay un pequeño detalle: los historiadores no han encontrado rastro alguno de este episodio en ningún documento.

Pero esto era lo de menos, lo que importaba era tener un referente inspirador, lo que fue muy útil a Sancho el Mayor de Navarra, Fernando I de Castilla y León y Alfonso VI de Castilla para realizar las campañas de expansión hacia el sur. Además, estos monarcas tuvieron la inestimable colaboración del Ducado de Borgoña y sus protegidos, los monjes de Cluny. Esta orden estaba enfrentada a Roma por considerar que la jerarquía eclesiástica había relajado las costumbres y que se estaba perdiendo la esencia del cristianismo. En realidad era una lucha por el poder, y entendieron que reforzar la idea de un apóstol enterrado en la Península era un buen contrapeso en la Santa Sede. Buena prueba de ello es que en París se construyó una iglesia dedicada a Saint Jacques. El templo se convirtió en el punto de partida de los peregrinos de tierras galas. La culminación de ese proceso llegó en el siglo XII con el papa Calixto II, que publicó el Liber Sancti Jacobi (conocido también como Codex Calixtinus). Allí se exponían la vida y milagros del santo y se marcaba el itinerario que debían seguir los viajeros para llegar a Santiago de Compostela. No es causalidad que el Papa hiciera esto. Su nombre secular era Guido de Borgoña y era hijo de conde borgoñés. Con ese impulso papal, la devoción por el apóstol no paró de crecer.

Con el paso de los siglos, además de figura religiosa, también se convirtió en un elemento identitario para la corona castellana, que lo designó patrón, y durante la conquista de América lo utilizó de nuevo como símbolo.

A partir del siglo XIX, con la creación del Estado español moderno, pareció que podía ser relegado a un segundo plano, pero los sectores conservadores y católicos lo impusieron (junto con la Virgen del Pilar) por delante de otras conmemoraciones laicas como el 2 de mayo, fecha reivindicada por los sectores más liberales. El franquismo también se sirvió del apóstol desde el mismo julio de 1936, cuando definió de «cruzada» el golpe de Estado contra la República. Sin embargo, desde la Transición ha ido recuperando su valor religioso y casi se podría decir que turístico, porque quien más quien menos ha hecho o quiere hacer el camino de Santiago, sea creyente o no.

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