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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Juan Francisco Martín del Castillo

El símbolo de Carlota

Fue Ovidio el que señaló que «un símbolo es algo más que lo que veis» (plus est quam quod videatur imago). Una frase y una afirmación que son muy pertinentes en la reflexión social que cabe hacer ante el reciente conocimiento de una muerte. Pero, no cualquier muerte, sino la de una mujer a manos de su pareja, otra mujer. De apenas 31 años, también es un símbolo de las contradicciones de la sociedad moderna. Mal que nos pese, su muerte apunta a nuestras conciencias, especialmente las de aquellos que creen estar siempre en posesión de la verdad.

Para hacerles partícipes de las paradojas de marras, sólo se me ocurren preguntas, la manera natural de plasmar el desconcierto: ¿en serio la muerte de esta mujer es achacable a la violencia machista? O, en su contra, ¿quizás a una agresión hembrista de la que fuera su pareja? ¿Puede hablarse con propiedad de un crimen propiciado por el heteropatriarcado? Estas cuestiones y aun otras son las que se le vienen a la cabeza a este humilde columnista con el propósito de hallar un resquicio de luz entre las oscuridades del feminismo radical y la consecuente ideología de género que se extiende como el aceite desde lo educativo hasta lo legal. Fuera lo que fuese, aguardo a la reacción social ante tan lamentable pérdida. Quiero decir que, con ocasión de otros tantos crímenes de idéntica índole, supongo que las calles del populoso barrio de La Latina, en el mismo centro de la capital madrileña, lugar donde se produjeron los hechos, se llenarán de gentes en manifestación por el horrendo homicidio. Al igual que espero que una corriente de simpatía y solidaridad circule por el resto de España, incluyendo minutos de silencio a las puertas de las principales instituciones en repulsa por el execrable acto de desprecio hacia una vida.

No dejo de pensar en estas cosas, sobre todo, en la naturaleza del hombre y el designio de sus destinos. De tanto aplicar etiquetas a la realidad, a lo que se ve o se cree vislumbrar, hemos perdido la perspectiva necesaria para entenderla y someterla a un examen objetivo. Y me nacen nuevos interrogantes: ¿de veras el hombre lleva en su seno el mal? Y la mujer, ¿no? ¿Es esto justo? Si al varón, por el simple hecho de serlo, se le ha de privar de la presunción de inocencia –por otra parte, uno de los pilares básicos del derecho contemporáneo–, como así defienden los progres del gobierno, ¿qué ocurre con las féminas que matan y, señaladamente, con las mujeres que asesinan a otras mujeres con las que mantienen una relación de pareja? No parece correcto que el juicio sobre unos y otras se vea al trasluz de su condición sexual, que el nacer o no con algo entre las piernas determine la calificación penal del crimen. Tan simple reflexión es la que se echa de menos entre tanto radical de cartón piedra y entre tanto intolerante con mando en plaza. La maldad, como asimismo la bondad, no dependen de la naturaleza del individuo, sino de los actos materiales del protagonista de ambas. Sin embargo, los seres humanos nos complacemos en ver la realidad como un conjunto de símbolos o etiquetas con las que hacer corresponder nuestra ideología de partida sin importar las injusticias que se puedan cometer con esta conducta. La cruenta muerte de esta mujer, llamada Carlota, es la prueba inequívoca de todo ello.

En conclusión, el símbolo de Carlota rompe los moldes del feminismo extremista tanto como los de la impositiva y desaforada perspectiva de género y, al fin, frustra la persecución casi inhumana de los varones a través de leyes que, buscando eliminar o evitar la discriminación en razón del sexo, la legitiman y alzan a cotas jamás vistas en la historia de la humanidad.

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