Opinión | Crónicas galantes

Futurólogo, profesión de futuro

Ni ingenieros robóticos, ni técnicos en realidad virtual, ni intérpretes del Big Data. La verdadera profesión de futuro es la de futurólogo, como se ha demostrado una vez más en este verano de clima agreste y economía recalentada por la inflación.

Por la parte que toca al clima, las olas de calor han inspirado predicciones sobre la llegada de temperaturas de 50 grados a España antes de que termine esta década.

Varían ya algo más los pronósticos nacidos al calor de la subida de precios. Hay quien sostiene que empezarán a bajar en septiembre y quienes, por el contrario, anuncian una fuerte recesión para este invierno a más tardar. Entre la catástrofe climática y la financiera, los augures nos tienen en un sinvivir.

Aunque la bruja Lola esté ya pensionada y fuera de pantalla, no paran de surgir nuevas oportunidades para aquellos que sepan consultar al oráculo del tiempo (atmosférico) y al de las finanzas. Los científicos del clima y los economistas son, lógicamente, los más beneficiados por este renovado interés en las cosas del porvenir, mucho más atractivas que las del aburrido presente.

En el caso de los meteorólogos, va de suyo en el sueldo la capacidad de predecir el futuro a tres días o a cincuenta años vista; pero no son los únicos. También los expertos en economía han encontrado un filón profesional en las artes de la adivinación. La gente ha dejado de atender a lo que pasa para interesarse por lo que pasará, en la probable creencia de que el futuro es el sitio donde va a pasar el resto de sus vidas.

Son más los vaticinios nefastos que los venturosos, por desgracia. Ya ni siquiera el primo de Mariano Rajoy dudará a estas alturas del proceso de cambio climático en curso, sobre el que se elaboran nuevos y cada vez más sombríos pronósticos a medida que se suceden las olas de calor o los temporales modelo Filomena. Y en lo tocante a la economía, el único optimista –por razones profesionales– empieza a ser el Gobierno.

El consuelo que les queda a las gentes preocupadas por el futuro, mientras gastan sus ahorros en el presente, es lo mucho que suelen fallar los vaticinadores de catástrofes.

Nadie adivinó la llegada y rápida propagación de la pandemia todavía en activo, por ejemplo; y casi nadie supo avisarnos de la anterior crisis financiera de 2008. El futuro, que es siempre un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma, no se deja predecir con facilidad.

Ni aun los sabios coronados con el Nobel, como el americano Paul Krugman, están libres de errar por completo cuando se meten en tareas de adivinación. Hace ahora diez años, Krugman predijo un inminente «corralito» en España e Italia, la salida de Grecia de la eurozona y, finalmente, la desaparición del euro.

Obviamente, el euro sigue siendo moneda de curso legal una década después. Tampoco hubo restricciones de efectivo para españoles e italianos y, por supuesto, los griegos no volvieron a usar la antigua dracma.

Quizá ocurra, sin más, que los sabios en otras disciplinas, como el clima, la salud o las finanzas, no estén necesariamente duchos en la rama de la Futurología. El mercado laboral exige ya futurólogos titulados que satisfagan la enorme demanda de pronósticos sobre el porvenir y nos digan qué va a pasar con la Agenda 2030. El presente ya no interesa ni a los gobiernos.

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