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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Desirée González Concepción

Diario de Canadá

Conocí Canadá hace cinco años a través de los ojos de mi amiga Cylvie Berard. Escuché voces en el descansillo de mi edificio, voces que hablaban en francés. Adoro la lengua francesa y el destino había elegido a unos canadienses para vivir justo en el piso de al lado. Sin pensarlo me aventuré a tocar a su puerta y me abrió una chica con una sonrisa llena de luz. Aquel día Cylvie me abrió las puertas a su vida. Quedábamos una vez por semana para intercambiar nuestra lengua y nuestra cultura. Ella me contaba curiosidades de Canadá, su clima, la forma de vivir, el respeto por la naturaleza…Yo le hablaba de verbos irregulares, de refranes, de las razones por las que amaba tanto mi tierra….Las conversaciones iban ganando profundidad; desde filosofía o psicología hasta tertulias infinitas sobre nuestros retos y nuestros proyectos. Dos amigas de dos países totalmente diferentes viviendo en dos casas con dos puertas contiguas. Cuando llegó el confinamiento nuestras almas ya estaban unidas. Hablábamos por teléfono, nos dejábamos lecturas o alimentos ecológicos en la alfombra, nos sentíamos acompañadas aún sin vernos. Con la nueva normalidad, Cylvie y su familia debían partir a Canadá por motivos de trabajo. Una despedida que no fue más que una separación física; para las almas que están conectadas no existe el tiempo ni el espacio. Rompimos las fronteras y surcamos el Atlántico con frecuencia; nuestros whatsapps y videollamadas nos mantenían al día. Incluso nos encontrábamos en los silencios, en nuestras meditaciones,… Cuando hay ganas, siempre encontramos el tiempo para hacer lo que deseamos, para encontrarnos con quien añoramos.

El quince de agosto volaba con mi hija desde Madrid a Quebec, camino del reencuentro, ocho horas de avión me separaban de ese país tan soñado, casi conocido. Tan solo unas horas para tocar a una nueva puerta, la casa canadiense de mi amiga Cylvie. A la llegada y desde el avión observamos que un manto verde cubría la ciudad de Montreal. Mi amiga nos esperaba en el aeropuerto. Un abrazo infinito dejó atrás los dos años de distancia, pareciera que el tiempo no hubiera transcurrido. Un pasillo de árboles nos acogía y nos indicaba el camino hacia su casa. Decenas de tonalidades de verdes a ambos lados de la carretera nos daban la bienvenida. Llegamos a Piedmont, al sur de Quebec, allí estaba su hogar. En un país con más siete meses de invierno, las casas deben ser hogares, no tan solo lugares donde habitar. La casa de mi amiga y los suyos está pensada con el corazón, cada detalle respiraba armonía, cada rincón invitaba a estar, a permanecer a gusto,…. Todas las comodidades para que de alguna manera no se echara de menos la vida fuera de casa. Durante muchos meses la vida se desarrolla en familia y en muchas ocasiones alrededor de la chimenea. Por todas partes empezaban a apilarse troncos de leña para que no faltara un buen fuego en el hogar. Por supuesto tienen calefacción, pero debido a las fuertes lluvias y a los rayos son frecuentes los cortes de luz en invierno. La chimenea mantiene a las familias unidas y a la vez evita que mueran de frío.

Canadá es un país enorme, con una superficie 20 veces mayor que la de España y tan solo 38 millones de habitantes. Canadá es el segundo país más extenso del mundo, un país anglófono y francófono. Un país colonizado por franceses y sobre todo ingleses, que luchó hasta el final por mantener la lengua francesa, sin embargo hoy tan solo permanece como lengua oficial en Quebec. Me pareció deliciosa una frase colocada en todas las matrículas de los coches de Quebec “Je me souviens”( yo recuerdo). Un pueblo con memoria, que no olvida los esfuerzos de sus ancestros por conservar su lengua, por crear una tierra próspera cuando los alimentos escaseaban y los problemas sobraban. Un pueblo valiente que venció las inclemencias del tiempo para cultivar las pequeñas parcelas donadas por los ingleses y que fue capaz de preservar sus costumbres y su lengua cuando todo parecía perdido.

El interés por la cultura palpita en Canadá, este país ha dado al mundo artistas de la talla de Jim Carrey, Céline Dion, Justin Bieber, Pamela Anderson, Drake,…y como no, la cantante con influencias celtas y con esa voz que me cautiva, Loreena Mckennitt. La lectura y la música están presentes en la mayoría de los hogares del país. La cultura salta además a la calle, cualquier lugar es adecuado para ofrecer un concierto y cualquier pequeño teatro obsequia obras con actores reconocidos. Más librerías que peluquerías, pequeños cofres con libros en los parques infantiles que funcionan como improvisadas bibliotecas. Niños despeluzados pero que leen junto a los columpios, sin duda, niños que pensarán por sí mismos y volarán libres.

Ya en agosto podíamos ver el cambio de color de los árboles: amarillos, rojos, anaranjados… Aunque hacía calor, el otoño entraba silencioso y los días de lluvia se colaban sin pedir tan siquiera permiso. Cylvie me contaba lo que disfrutaba cada cambio de estación, se dejaba impresionar por los nuevos paisajes, por la nieve, por las flores…por la naturaleza que aquí, decía, tenía vida propia. Personalmente, me impresionaba observar aquellas laderas verdes repletas de árboles y que hacía tan solo cuatro meses funcionaban como pistas de sky. Los deportes de invierno resultan ser una diversión para toda la familia; una manera de salir de casa a pesar del frío y unas condiciones meteorológicas adversas. En invierno, con temperaturas que alcanzan hasta los veinte grados bajo cero, la vida en la calle acaba a las cuatro de la tarde, ahora en verano poco después de las cinco apenas encontrábamos turistas y algún que otro despistado. Una vida vivida hacia adentro que se refleja bien en el carácter de los canadienses. Pocas muestras de cariño en el exterior, los abrazos y los besos quedan limitados a la intimidad del hogar. Eso sí, en casa la comunicación es muy cálida; tertulias, películas y juegos compartidos. Nos sentábamos juntos para celebrar cada comida, risas en francés y en castellano, sobremesas maravillosas donde cada uno tenía algo que decir. Nos gustaba escucharnos y nos enriquecíamos aprendiendo los unos de los otros. Me sorprendió la madurez del hijo mayor de mi amiga, Kai Lee, que con tan solo 15 años trabajaba en una gasolinera durante el verano para costearse sus caprichos. Todos los chicos a partir de esa edad buscan un pequeño empleo y se lanzan a la vida laboral, entienden el sentido de la palabra esfuerzo y la palabra recompensa. En las familias apenas existe la sobreprotección, me encanta la confianza que los padres depositan en sus hijos y que de alguna manera les convierte en seres válidos. Sin duda, un enorme regalo para su autoestima.

Me fascina también la conciencia medio ambiental que se aprecia en la población. Los ayuntamientos recogen los restos orgánicos en contenedores especiales para realizar con ellos un proceso de compostaje, tratamiento que evita que se expulsen toneladas de CO2 al medio ambiente. El aire se respira limpio, huele a bosque incluso en las pequeñas ciudades. Es frecuente ver ardillas, cuervos, marmotas y hasta ciervos cerca de las casas. Me sorprende que los animales no teman a las personas. Animales disfrutando de su entorno en libertad, algo así como zoológicos gratis y a la vista de todos. Está claro que los habitantes de Canadá reservan una gran parte de su corazón para amar a los animales. Se sienten muy orgullosos de esa naturaleza tan salvaje y que los identifica como pueblo, pueblo que protege con orgullo la mayor de sus riquezas. El árbol típico de Canadá, más especialmente de Quebec, y cuya hoja aparece en la bandera del país es el erable. Una vez al año los agricultores con una técnica muy específica obtienen litros y litros de azúcar de erable de cada uno de los árboles. Entre febrero y marzo se perforan los troncos parcialmente con unos tubos por los que gotea la savia del árbol a unos cubos. Tras su extracción se elimina parte del agua y se concentran los azúcares. Se obtiene pues el sirope de erable, conocido en España como jarabe de arce. Canadá es el mayor productor del mundo de este tipo de azúcar natural y está presente en una gran variedad de productos: mantequillas, galletas, helados, yogures, crêpes… un azúcar peculiar, un azúcar con sabor a madera y a caramelo.

En general, observé que los canadienses son muy proclives al consumo de repostería y comidas preparadas. Es posible que sea una influencia americana, pero no llegué a comprender que a pesar de contar con esas cocinas tan equipadas y tanto tiempo libre para disfrutar en el interior de la casa, no dedicaran más ocasiones para cocinar a fuego lento. Buscando una explicación y hablando con mi amiga Cylvie, llegamos a la conclusión que se trata de una cuestión de practicidad. Los canadienses son altamente resolutivos y no pretenden invertir demasiado tiempo en algo que vayan a ingerir en tan solo quince minutos. De todas formas, es cierto que en las grandes ciudades las jornadas de trabajo finalizan a las cuatro de la tarde y los ciudadanos utilizan servicios de comida rápida para continuar sus tareas lo antes posible. Una alimentación basada en la carne y cuya comida típica es el “Poutine”, una combinación de papas fritas, bolitas de queso fundido y una salsa de receta secreta. Imagino que recurren a esta alimentación cargada de calorías para soportar esas temperaturas tan extremas.

Excepto en las grandes ciudades, como Montreal, Canadá es un país con una densidad de población bastante baja, la provincia de Quebec, por ejemplo, cuenta con seis habitantes por Km2. No es de extrañar pues, que durante largos recorridos por carretera no aparezca ni una sola vivienda. Viajábamos en coche, cientos de árboles nos escoltaban, el tiempo se detenía a nuestro paso y en muchas ocasiones teníamos la sensación que no habría destino al final del camino. Visitamos pequeños pueblos con casitas encantadoras ( Saint- Sauveur, Saint- Jérome, Mont Trembland, Saint-Paul,…) en cualquiera de ellos Charles Dickens, Christian Andersen o los hermanos Grimm podrían haber escrito uno de sus mejores cuentos. Visitamos también la capital de Canadá, Ottawa, que pertenece a la provincia de Ontario. Una ciudad monumental, moderna, limpia y muy tranquila. Varios puentes conectan Quebec con Ontario. El puente más conocido, puente Alexandra con 654 metros, ofrece unas vistas impresionantes a los peatones y ciclistas. El río Ottawa se extiende a sus pies y los atardeceres desde el puente resultan todo un espectáculo. En poco más de medio Kilómetro cambiamos de lengua, en la provincia de Ontario la lengua oficial es el inglés. Me comentaban que existía cierta polémica que perduraba en el tiempo debido a la diferencia de lenguas, pero me quedé con la idea de que un bello puente mantiene unidos a los habitantes de ambas poblaciones y que cruzaban al otro lado precisamente en busca de lo diferente.

Visitamos también la ciudad de Quebec, declarada Patrimonio de la Humanidad en 1985. Quebec, situada a orillas del río San Lorenzo, cuenta tan solo con medio millón de habitantes. Una ciudad moderna con trazos de historia en cada uno de su sus rincones. El castillo Frontenac, hoy convertido en un gran hotel, preside la ciudad con majestuosidad. Uno de los mayores atractivos de Quebec es el paseo de los gobernantes, consta de 310 escalones que se deslizan por una elegante escalinata decorada en tonos verdes y que comunica la parte alta de la ciudad con el puerto de Quebec. Se trata de un puerto muy importante que funciona como puerta de entrada de mercancías a una gran parte de Canadá.

Como último destino disfrutamos de la ciudad de Montreal. Una ciudad abierta al mundo, moderna, muy urbanita, con mucha gente transitándola y calles ocupadas con comercios y locales donde ondeaba la bandera LGBT. Aquí si pudimos observar muestras de cariño entre sus habitantes y una diversidad multirracial exquisita. Sin duda, llama la atención que dos ciudades tan próximas, Quebec y Montreal, separadas por tan solo tres horas de reloj cuenten con peculiaridades tan diversas. Una gran regalo para nosotras observar todas estas diferencias que nos enriquecían y nos nutrían cada vez más.

Canadá es así, tan contradictoria y tan maravillosa, una vida adentro y otra afuera. Al otro lado del Atlántico dejé a mis amigos, dejé un parte de mi corazón. Me enamoré de esas pequeñas aldeas, de esos bosques infinitos, de esos animales que te miraban a los ojos, de sus gentes con ganas de aprender, de sus monumentos, de las diferencias y hasta del azúcar de erable. Es cierto que Canadá es muy grande y solo pudimos conocer una pequeña parte, pero la experiencia de haber hecho el recorrido con nuestros amigos canadienses nos permitió descubrir la esencia de este país donde normalmente reina la quietud. Agradezco al destino que Cylvie y su familia hace unos años eligieran mi edificio para vivir y que haya hecho posible también que mi hija y yo este verano tuviéramos la oportunidad de devolverles la visita. Una aventura cargada de aprendizajes, repleta de emociones, un viaje que nos ofreció el tiempo y la calma para viajar además hacia nuestro interior.

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