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Marina Casado

Un carrusel vacío

Marina Casado

@MarinaCasadoH

Labordeta: un hombre sin más

Siempre suele decirse que en la humildad se halla la verdadera sabiduría. Lo que ocurre es que la mayoría de «sabios» que salen a la luz son, precisamente, lo contrario: altaneros y presuntuosos. Los otros, los auténticos, permanecen en una posición discreta y no los conocemos, a no ser que contemos con la fortuna de pertenecer a su familia o a su círculo más cercano. Existen excepciones, claro. Personas con un talento insólito, gracias al cual han obtenido un reconocimiento social, a pesar de que nunca se hayan dado aires de nada.

Una de esas personas fue José Antonio Labordeta (1935-2010), un modesto profesor de instituto zaragozano que escribía poemas y, en un momento dado, empezó a componer canciones a partir de ellos. Hasta los 35 años no se lanzó a cantar en público y, a día de hoy, es uno de los cantautores más valorados de la Transición española, autor del famoso «Canto a la libertad», en el que expresa su confianza en que, algún día, viviremos en un mundo más justo e igualitario, en el que todos los hombres estén hermanados: «Habrá un día en que todos, / al levantar la vista, / veremos una tierra / que ponga libertad». El tema, compuesto en 1975, fue propuesto por la Chunta Aragonesista como himno de Aragón, aunque la propuesta nunca se convirtió en realidad. Labordeta fue una persona muy querida, pero también detestada en determinados contextos, debido a que expresaba su opinión sin pelos en la lengua. Era un apasionado de la cultura, pero también se interesó por la política; incluso llegó a ser diputado en el Congreso, representando a la Chunta. Allí protagonizó algunos de los momentos más memorables de la institución, como el día en el que, harto de los insultos que la bancada del Partido Popular le dedicaba, les espetó su célebre «¡A la mierda!» –con mucha más razón que aquel otro famoso de Fernán-Gómez–, o la sesión en la que, para criticar a Aznar –por entonces, presidente del Gobierno– su actitud respecto a la Guerra de Irak, le recitó un poema pacifista titulado «Asesinaos», de su hermano mayor, Miguel Labordeta.

Miguel, que le sacaba 14 años, murió prematuramente a los 48, con varias obras a sus espaldas que lo acreditaban como una de las voces fundamentales de la generación poética de posguerra. Para José Antonio, fue un mentor y un referente literario. Su muerte lo marcó de por vida y no dejó de homenajearlo a lo largo de su carrera, hablándole a través de sus propios versos y adaptando algunos poemas de él a canciones. Treinta y cinco veces uno (El Bardo, 1972), uno de los poemarios más celebrados de José Antonio, abre con un poema titulado, en un guiño a César Vallejo, «Nos haces una falta sin fondo», dedicado a su hermano: «Miguel: Y caminamos. / Aunque se hizo el silencio / y no viniste seguimos caminando».

Y continuó haciéndolo hasta los 75 años, porque prácticamente murió en los escenarios. A pesar de que, a menudo, se sentía atravesado por crisis existenciales en las que se cuestionaba si de verdad trabajaba en lo que deseaba. Inseguridades propias de los artistas, claro. Eso es lo que fue: un artista en el sentido pleno del término. Escribía y cantaba sobre la España vaciada, sobre la libertad; defendía Aragón a capa y espada –su nacionalismo nunca fue separatista–, así como la memoria republicana. Y es triste que hoy, cuando hablo de él, la mayoría de personas de mi generación me miran con cara de póquer: «¿Quién es ese?». Algunos solo lo recuerdan por Un país en la mochila, el programa de TVE que llevó entre 1995 y 2000, en el que viajaba por pueblos españoles y hablaba con sus gentes, profundizaba en su forma de vida… Un proyecto que él, en su momento, acogió con ilusión y valentía, y con el que logró revolucionar el concepto de documental de viajes, porque le otorgó una perspectiva más humana. Yo tuve la suerte de conocerlo en casi todas las facetas desde que era una niña, gracias a mis padres, que siempre me mostraron sus canciones y me hablaron de él.

Acaba de estrenarse un conmovedor documental, codirigido por su hija Paula y Gaizka Urresti, en el que se atiende al hombre y no solo al artista. Una pieza intimista, surcada por diarios y reflexiones poéticas, por los testimonios de su esposa e hijas. Labordeta. Un hombre sin más, comienza con las decenas de miles de personas que en septiembre de 2010 fueron a darle su último adiós al palacio de la Aljafería, en Zaragoza, donde se emplazó su féretro. Fue una persona muy querida, con una sabiduría humilde y natural. Él mismo escribió: «Recuérdame / como un árbol batido, / como un pájaro herido, / como un hombre sin más».

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