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Desirée González Concepción

Y tú, ¿cómo estás?

Hace unas semanas visité la Alhambra en un viaje improvisado a Granada. Nos acompañó un guía turístico enamorado como pocos del arte y de la historia. Con una pasión que nos hizo palpitar nos trasladaba en segundos de un siglo a otro; podíamos visualizar a la perfección los reyes que allí habitaron, las luchas de poder, los amoríos,… Desde luego supo ponernos en la piel de aquellos personajes tan peculiares. En apenas tres horas pudimos recordar decenas de clases de historia que nunca nadie nos contó de esta manera tan entusiasta. Es posible que existan otros guías con estas características, por ello salgo del aspecto profesional y me sitúo en su lado más humano. En el grupo se encontraba una pareja con un carrito de bebé y algunas personas mayores. Durante toda la visita este chico estuvo atento a sus preguntas, a las escaleras, a los lugares donde ese carrito no podría acceder, a bajar el ritmo del paso para que los mayores no se agotaran… Por tan solo quince euros disfrutamos de tres horas de clases de arte, historia y sobre todo de una gran lección de empatía.

La palabra empatía está de moda. Ser empático es un punto extra para nuestro currículum. Nos anotamos el tanto escuchando y dando consejos a algún familiar, amigo o conocido. La RAE la define como la capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos. Atendiendo a esta acepción puede que ya se desmarquen algunos de los que se declaran seres empáticos. No se nos ha enseñado a escuchar, por lo tanto la postura habitual consiste en oír a medias al otro para luego ofrecerle un consejo que a buen seguro no nos ha pedido. ¿Acaso somos capaces de escucharnos a nosotros mismos? ¿De verdad compartimos los sentimientos de la persona que sufre o tiene éxito?

Observo que muchas veces una conversación se convierte en un parloteo de dos personas que hablan solas a destiempo. Cada una pretende hablar de lo que le alegra o preocupa y no muestra interés suficiente por el diálogo del interlocutor. En el mejor de los casos escuchamos al mismo tiempo que preparamos una respuesta que sitúe nuestro ego bien alto. Quizá nuestro ruido interior no nos permita escuchar el mensaje que la otra persona intenta transmitir. Por ello, la mayoría de las conversaciones se vuelven superficiales y faltas de sentido, en cualquier momento se pueden interrumpir y nada queda pendiente.

Bueno, si tenemos dificultad para escuchar de forma activa, de manera consciente, este impedimento se multiplica cuando se trata de sentir la emoción del otro. Por ello, la respuesta fácil y rápida ante una confesión incómoda suele ser: «Eso no es nada», «la vida son dos días, no te preocupes», « todo pasa»… Incluso con los niños repetimos el mismo patrón; ante un llanto, o una pequeña queja de un compañero invalidamos sus sentimientos diciéndoles que no debe llorar, que su argumento carece de importancia. Por tanto crecemos con la idea de que no podemos estar demasiado tristes o demasiado alegres ya que pronto llegará alguien a juzgarnos, alguna de esas personas que poseen un nivel de empatía no acorde a nuestras circunstancias. ¿Estamos preparados para acompañar al otro desde el respeto, el apoyo y el amor?

Nos tragamos las noticias con un millón de desgracias, nos empachamos con programas de prensa rosa o de líos y tentaciones, por supuesto estamos atentos a la última historia de los influencers de moda para ofrecerles un enorme like… ¿Desconocidos escuchando a desconocidos? Si tomamos algo de perspectiva, debería sonarnos de lo más extraño. No tenemos paciencia para dedicar un rato a compartir una charla profunda, a empatizar con ese amigo que lo pasa mal y sin embargo somos totalmente capaces de pasar varias horas al día viviendo vidas ajenas.

Me aventuro a descifrar esta situación de lo más paradójica. Quizá esas personas que pertenecen al mundo digital, esos seres anónimos apenas muevan nuestras emociones. Entramos en ese submundo para abstraernos del nuestro, pero no nos implicamos sentimentalmente. Por el contrario, cuando alguien de nuestro entorno se acerca a contarnos, de forma inevitable algo se nos mueve por dentro, algo nos resuena. Es posible que en su desgracia vea mi desgracia, o es posible, que en su éxito vea mi falta de éxito. Por eso, preferimos oír que escuchar. Preferimos restarle importancia a su problema o a su logro. Elegimos escapar de sus circunstancias y de paso de las nuestras.

Hasta ahora me he referido a la capacidad de escucha, pero dónde queda el interesarnos de forma espontánea por los demás… Me encanta sustituir la expresión «qué tal», que muchas veces suena a saludo, por otra más sincera: ¿cómo estás? Ya nos tocará decidir si estamos dispuestos a escuchar, o no, la respuesta de manera empática.

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