Opinión | Objetos mentales

Antonio Perdomo Betancor

Radiación de fondo

Carlos Fuentes.

Carlos Fuentes. / LP/DLP

Lo que podía salir mal, salió peor. Recuerdo que la transparencia administrativa fue y es una exigencia ciudadana, además de una promesa político-electoral, la excitación social tras esa gran ola de exigencia cristalina súbitamente cesó y mudó en vis cómica. Me pregunto cómo esa ola de transparencia administrativa se extinguió inadvertidamente, ¿quizás por hartarse de reír la gente? Pese a que no hubo un mensaje que más insistente había saturado las ondas y que menos rendimiento práctico obtuvo. Este leit motiv electoral, tan repentino y clamoroso como apareció, se eclipsó. Nunca más se supo.

Resultaba imposible no oír esa palabra, ya fuera uno a tomarse un cortadito al bar o porque fijase la vista en la pantalla, la palabra de marras era omnipresente. Las linotipias componían y las rotativas editaban sin parar esa palabra como si en el cosmos humano no hubiera otra. La última palabra que oías al acostarte, la primera al levantarte. Era como un santo y seña. No estamos hablando de La región más transparente, de Carlos Fuentes, la cual es una ficción hermosamente literaria. Era una ficción política pérfida. Era fruto de la corrupción política, aireada a los cuatro vientos, para mostrase libre de mancha, un yo no fui o un yo no mangué allí, culposo.

No así ocurrió con la vacuna covid-19, fue peor. Desde el principio fue una chapuza sanitaria, ya innegable incluso hasta, en un ejercicio de autocrítica postrera desacostumbrada, de las propias farmacéuticas. De pronto, también el covid-19 dejó de escucharse mientras tomabas una tapita a la hora del bocata, cuando el personal da rienda suelta a sus neuras. Misteriosamente dejó de oírse, siguió el mismo proceso que la cosa de la transparencia administrativa.

Un día cualquiera, como otros días, compro los periódicos y ni rastro de las gráficas, de los enfermos y el número de infectados. Me pregunto cómo, en un chasquido de dedos, pudo suceder. No creo que nadie pulsara el botón de off. ¿O sí? Tal y como la idolatrada y prometida transparencia administrativa, atrezo permanente del escenario político, que pasó a formar parte de los escombros de una sociedad que, enferma, de forma repentina se olvidó de ella.

Lo que primero recuerdo de aquellos días o meses fue un raid masivo que arrojó espanto y pavor desconocidos, la pandemia saturó entonces el espacio de las ondas. Día a día, hora a hora, segundo a segundo, en suma, este colosal tsunami de datos de infectados, hospitalizados y muertos alimentaba en las pantallas el animal de fondo. Recuerdo que solía leer las cifras y les daba crédito, lo achaco a que la muerte y el encierro de meses predispone a dar pábulo a lo insólito, potencia la psicosis, una psicosis del fin de toda esperanza.

Sin información ni conocimiento de los porqués ni, por supuesto, atisbo de transparencia administrativa, las gráficas de muertos, pacientes ingresados y egresados en los hospitales, de infectados, se diluyeron. Como en el the end de una peli, la pantalla se fue a negro. Off. Ni que un volcán como el de La Palma habría enterrado tan pétreamente y a tantos metros de profundidad basáltica el animal. ¿Cuál fue la verdadera historia de la información de lo que ocurrió en aquellos meses o años?

Las fuentes bien informadas en el periodismo tuvieron crédito, compromiso, buena y fundada información en la firmeza de la responsabilidad deontológica y profesional, fue por los setenta y ochenta, creo. Me pregunto si hubo una época posterior de mayor responsabilidad moral y compromiso con la verdad. Quizá algunos individuos moralmente recios se lo autoexigían. Puede que sí. Lo que no parece razonable es que algunas fuentes tenidas por bien informadas acosaran hasta enfermar socialmente al personal. Respecto a este asunto algunas veces pensé que, en algún momento, la máquina de Google (a la que muchas personas, incluido yo, por supuesto, acudimos como fuente de información estable y contrastada, como si fuera verdadera) podría ser el factor potencial de extinción de la verdad. Como las otras grandes máquinas de información y control. Pero las usamos como si fueran fuente de verdad. Imagino que es la piedra angular para la creación de burbujas de realidades paralelas, disjuntas, y que, de ocurrir, habrían de crearse por medio de unas máquinas como la de google, twitter y otras similares. Bastaría fraccionar la verdad o alterar la verdad, por infinitesimal que fuese el cambio, de forma constante e imperceptible. Eso supongo que ocurre ya, no sólo como resultado de las políticas de lo políticamente correcto, sino porque los algoritmos en sí mismos reproducen aquellos efectos.

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