Opinión | Al azar
Los dedos sobre el botón nuclear

El expresidente estadounidense Richard Nixon. / Reuters
En sus estertores tras la devastación causada por el Watergate, el presidente Richard Nixon presumía desafiante de que «puedo ir a mi despacho, agarrar un teléfono y, en 25 minutos, millones de personas estarán muertas». En plena guerra de Vietnam, se presuponía que la matanza tendría lugar en la geografía asiática. Estos discursos desataron las alarmas en el círculo de confianza de la Casa Blanca. Para evitar un arrebato apocalíptico de su jefe, el secretario de Defensa adoptó una solución radical. James Schlesinger transmitió a la jerarquía militar la instrucción flagrantemente inconstitucional de que «si el presidente da la orden de un lanzamiento nuclear, no se puede llevar a cabo sin consultar antes con el propio secretario de Defensa y con Henry Kissinger». El secretario de Estado ni siquiera figuraba en la cadena de mando, pero lleva un siglo enredando en todas las encrucijadas planetarias.
La evocación del riesgo de un Armageddon en los setenta reaparece con facilidad al contemplar los coqueteos de Vladimir Putin con el arma nuclear, reavivados con la propagación del conflicto a Polonia aunque sea accidentalmente y por un error ucraniano. Por fortuna para el conjunto de la humanidad, no basta un solo dedo para apretar el botón nuclear. El conocimiento detallado que demuestra Washington de los entresijos del Kremlin no puede excluir un pacto entre militares presuntamente enfrentados, por encima de las ocasionales locuras de los dirigentes políticos.
Quienes no se sientan tranquilizados por la multiplicación de dedos sobre el botón nuclear, deben recordar que esta disuasión por caminos paralelos ya funcionó en la agonía de Trump. El general Mark Milley, al frente del Estado Mayor conjunto norteamericano, tranquilizó a su colega chino Li Zuocheng antes de las elecciones y después de la invasión del Capitolio. «General Li, quiero asegurarle que el Gobierno estadounidense es estable y que todo irá bien», rezaba uno de los mensajes desvelados por Bob Woodward. Tiempos extraños, en que la cordura viste de uniforme.
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