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Juan Francisco Martín del Castillo

De enseñar a vigilar

La ministra de Educación, Pilar Alegría. EFE

A raíz de las recientes recomendaciones para la puesta en funcionamiento de la figura del Coordinador del Bienestar en los centros educativos, el ministerio de Pilar Alegría ha dado un paso más en la dirección de convertir al docente en un simple funcionario asistencial, en todo caso ajeno a las tareas tradicionalmente consideradas propias de la misión pedagógica. A nadie se le escapa que las prioridades de la autoridad ministerial están en perfecta sintonía con un planteamiento estratégico, pero también ideológico, en el que el maestro, en el ejercicio de su profesión, transita de una posición ya convenida a otra totalmente nueva, muy distinta de la concepción clásica del mero transmisor de conocimiento. Quiere decirse que del magister se pasa al extremo opuesto de la línea, a una especie de seudomentor que acompaña al discípulo en cuantas esferas vitales le sean encomendadas. Es cierto que antaño nada obligaba al profesor a interesarse por ámbitos fuera de su directa competencia profesional, y menos todavía por aquellos en lo que se inmiscuyera peligrosamente en la intimidad del alumno. No obstante, con la nueva legislación educativa, este molde se rompe en mil pedazos.

La LOMLOE prevé la progresiva instauración del Coordinador del Bienestar, una responsabilidad no del todo clara, de la que muchos recelan por la ausencia de la debida concreción de su perfil administrativo y pedagógico, amén de la general curiosidad, por no hablar de otra cosa, que genera su puesta en práctica. Con todo, estas dudas están haciendo caer en desgracia lo que, en un principio, se pensó como una figura de consenso y prevención en el régimen de convivencia de los centros. Y si a esto se añade el particular nihilismo docente que, desde hace décadas, se viene asumiendo como si nada en la labor educativa, el cuadro resultante no puede ser más paradójico a la par que indignante.

En uno de los últimos plenos del Observatorio Estatal de la Convivencia Escolar, presidido por la señora Alegría, se aprobó un documento relativo a las «Recomendaciones para Trabajar la Ciberconvivencia en los Centros Educativos», una guía elaborada por el Instituto Nacional de Ciberseguridad (INCIBE) con el propósito de atajar el notable ascenso del acoso entre los adolescentes escolarizados. Sin embargo, y aquí viene lo crucial del asunto, al menos para los profesores y maestros, es que en dicho texto se recoge literalmente que será función de estos el «seguir perfiles y hashtags ligados al centro escolar en las redes sociales favoritas del alumnado para estar al día de su entorno TIC» (pág. 17 de la guía). Pero es que, además, la Subdirectora General de Cooperación Territorial e Innovación Educativa, Purificación Llaquet, presente en el mismo acto, aclaró que «no se trata de espiar a los alumnos, pero el docente debe estar vigilante ante el uso que puedan hacer de Internet y las redes sociales». En resumen, el profesor ya no es sólo el que imparte las clases y atiende las dudas de sus pupilos, sino que es mucho más, tanto que uno pone en duda que dé avío con el aluvión de tareas que se le viene encima. Al contrario de lo que se pueda pensar, lo de menos es enseñar. Sus funciones van en otra dirección con un marcado carácter asistencial: desde la del guardián del clima de convivencia (nótese la supresión del término «disciplina» del relato pedagógico) hasta la del experto observador del andar del alumnado por los mundos de Tik Tok o Instagram.

Y la pregunta qué muchos nos hacemos es para qué tanto sacrificio en las carreras universitarias, para qué tanta preparación en unas oposiciones, para qué tanto esfuerzo si al final los profesores solamente lo seremos en el nombre, porque, para el resto de funciones, o bien rivalizamos con los porteros de una discoteca o bien banalizamos la profesión en la vigilancia virtual de los alumnos. Definitivamente, el profesor tiene los días contados. En breve, surgirá un nuevo modelo de docente que ni transmitirá conocimientos ni infundirá valores o principios, más bien se limitará a cuidar y asistir como único fin profesional.

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