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Opinión | Reflexión

Profesionalismo y partitocracia

Una urna en una mesa electoral.

Una urna en una mesa electoral. / EP

Aunque hayan pasado ya casi cuatro años de las últimas elecciones autonómicas y ocho de las anteriores, estos meses previos a las próximas de mayo son como un déjà vu de cualquiera de ellas. El teatro sigue siendo el mismo y, si bien en diferentes papeles, los actores se repiten convocatoria tras convocatoria. Hagan si no un repaso de los intérpretes en nuestra comunidad autónoma.

Es sensato pensar que (lógicamente) la ilusión por la política en las nuevas generaciones es nula, bien porque se trata de un terreno acotado para los mismos de siempre y, consecuentemente, prohibido para aquellas, o porque en la evolución hacia el profesionalismo político hemos llegado al paroxismo. En mi opinión, las dos razones son ciertas porque ambas derivan de la misma raíz: el posicionamiento de nuestros partidos políticos como mediadores únicos entre la sociedad y el sistema.

A nadie se le escapa que emprender una carrera política en solitario es un disparate, ya que ello supone enfrentarse con grupos centralizados y fuertemente jerarquizados bajo cuya protección sus miembros pueden pasar del ámbito local al nacional o al europeo y, una vez agotadas sus fuerzas o su impacto político, gozar de la oportunidad de que los reciclen en otras esferas del Estado ya sea en la administración pública o en la empresa privada; no es necesario rebuscar mucho para ver ejemplos de políticos reciclados. El sistema se retroalimenta, la maquinaria del partido cuenta continuamente con políticos profesionales, ya que han hecho carrera dentro del mismo, al tiempo que el partido les garantiza un grado de seguridad profesional y económica para su futuro. Así, ajena a los intereses de la sociedad, pero aparentemente en su defensa, se va desarrollando la partitocracia.

Hubo un tiempo, en los albores de nuestra democracia, que cualquier ciudadano se enorgullecía de su participación directa en la política porque estaba afiliado a un partido, a un sindicato, asociación vecinal o grupo de acción o simplemente porque depositaba su voto favorable defendiendo su ideología y convicciones. Este sistema se puede dar ya por extinguido, ya que, desgraciadamente, en la orfandad política en la que vivimos, muchos de los votos que se emiten hoy no son a favor de sino en contra de.

Los partidos de masas no existen, ya no hacen falta militantes apasionados por un ideal, por una reivindicación o una doctrina, ya que la maquinaria de los partidos se encarga de fabricarlos a través de campañas efectivas, bulos, manipulaciones y otras herramientas tecnológicas. Ya no se buscan militantes, porque no los necesitan, se buscan votantes, porque el fin último es el gobierno y no la movilización social. Ya no son necesarias las cuotas de los sindicatos ni de los partidos, bastan las subvenciones públicas, el dinero del Estado. Ya no gobierna el pueblo, gobierna el partido; hemos pasado de la democracia a la partitocracia.

Efectivamente, la mayoría de estas estructuras no representan a los ciudadanos sino a sí mismas y, con el fin de perpetuarse o llegar al poder, practican la crispación, el insulto, la mentira, la corrupción, en definitiva, cualquier cosa vale para alcanzar sus propósitos que, más que con la gobernanza, tienen que ver con la preservación del partido y del poder.

Mientras tanto, el ciudadano contempla impotente cómo la democracia se corrompe, cómo surge el populismo y cómo se forjan pactos contra natura y, finalmente, cómo cualquier asunto o componenda política se justifica con tal de conservar el poder o acceder a él.

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