Observatorio

La RP China, una nueva encrucijada

La RP China, una nueva encrucijada

La RP China, una nueva encrucijada / Manuel Valencia

Manuel Valencia

Manuel Valencia

Cuando todavía está fresco el brusco abandono de la política de covid cero tras el congreso del partido comunista y el refuerzo del poder de Xi Jinping, otro cambio parece que empieza a intuirse en la República Popular. El previsor PC está estudiando cómo reformatear su política de «un país, dos sistemas» que Deng Xiaoping introdujo en 1984 con el fin de poder encuadrar la unidad territorial con Hong Kong y eventualmente con Taiwán. Con Hong Kong no ha funcionado bien, y el ejemplo para Taiwán es por lo tanto negativo. La primacía del PC no permite a HK mantener un margen de independencia, por lo que dinero y personas han salido de la ex colonia para buscar mejores puertos, como Singapur, entre otros.

Con Taiwán es probable que cualquier intento de anexionar por la fuerza se enfrentaría a una oposición como la que se ha encontrado Rusia en Ucrania por lo que, si no es totalmente descartable, no es previsible una anexión a medio plazo.

Todo ello ha llevado al previsor PC chino a buscar una nueva narrativa que sustituya a «un solo país, dos sistemas» de 1984. En este contexto no se limitaría a Taiwán y HK sino que se dirigirá también la franja que representa el cambio generacional, urbanita, producido en China por su fulgurante desarrollo económico tras 1980. Efectivamente una generación de más edad, de origen rural, henchida de orgullo patriótico, que acepta control político y social a cambio de prosperidad está desapareciendo. Una más joven, rica, formada tiene otros objetivos vitales y sociales.

El covid cero puso de manifiesto los aspectos menos atractivos del poder autoritario y mostró que quien introdujo sin dilaciones la política de un solo hijo no podría imponer ya la vacunación a los mayores. Los recientes altercados callejeros, muy infrecuentes en China, por este motivo llamaron la atención del poder sobre los cambios sociales que se estaban produciendo. Una sociedad atomizada donde los valores válidos en 1980 ya no servían en el 2022 y aún menos para un país/continente que rivaliza con EEUU para el primer lugar del ranking mundial. Cuando viví en China detecté que la vieja civilización confuciano/taoísta, que data de al menos 2.000 años, pervive en el ADN colectivo. Los milenios de su influencia no se pudieron borrar por la revolución proletaria.

Además, las conexiones tradicionales y familiares habían mantenido unos lazos fuertes entre los influyentes chinos de ultramar y los de la República Popular a pesar de tiempo, distancia e ideología. No se trataría pues de plantear un conflicto de civilización confuciana frente al Estado Comunista como hizo Mao sino buscar fórmulas de acomodo teniendo en cuenta la calidad de población de la China de hoy, diferente a la coetánea de Den Xiao Ping en 1980.

Taiwán está llevando a cabo un experimento interesante de democracia digital para conocer mejor la opinión y permitir la participación de los taiwaneses en las decisiones de poder. Las redes sociales permiten conexiones instantáneas de una población cada vez mejor informada/desinformada. Frente a la teoría democrática occidental de la competición entre partidos y sectores de opinión que las elecciones cada cuatro años dilucidan un ganador en el poder, esta democracia digital procuraría minimizar el conflicto reconciliando diferencias como en la vieja filosofía confuciana, entre el ying y el yang, tan presente en el ADN colectivo de los chinos. Los avances, la instantaneidad de las comunicaciones y la tecnología permiten más presencia de los gobernados que el mero introducir una papeleta cada cuatro años. No debe haber una victoria partidista a toda costa sino una democracia deliberativa que sería incluso más eficiente que el gobierno de un solo partido y con unos márgenes de error menores. En la China del 2015 en la que yo viví, se decía que «los grandes éxitos chinos hay que dividirlos por la enorme población china y los fracasos multiplicarlos por esa misma población». Así, con una democracia digital se limitarían los errores. Esta nueva noción permitirá una vez definida iniciar un camino que aproximaría a Taiwán, satisfaría a las nuevas generaciones urbanitas de la R. Popular y reconciliaría a China con su historia, evitando las continuas llamadas a la lucha patriótica que ya poco convencen actualmente a la población joven de la China más desarrollada.

Es un camino difícil, experimental y con muchos obstáculos. La mayoría de las que detentan hoy el poder y la fuerza se opondrán a perder su narrativa, que les permite sentarse en su poltrona. Pero el hecho de que, según algunas fuentes, el comité permanente del Politburó lo esté estudiando, implica que algo se mueve. El habilísimo mandarinato del partido ha constatado los problemas presentes, busca soluciones, no exentas de complejidad, máxime cuando en este caso el marco geográfico y de población es gigantesco. Pero para ser número uno hace falta no solo crecer en macromagnitudes respecto a tus competidores, sino que debes poseer algo más, una narrativa que te dé ventaja ideológica. EE UU la tuvo con «el país de la libertad», Inglaterra con «el librecambismo comercial / democracia de partidos» y Francia con «libertad, igualdad y fraternidad». Alemania no supo más que presentar fuerza y tecnología y fracasó. España utilizó el catolicismo en los siglos XVI y XVII. Si China apuesta por algo nuevo, una democracia digital del siglo XXI basada en valores, no de enfrentamiento sino de consenso confuciano puede que encuentre un discurso atractivo para ser número uno. Algo de esto ya se está gestando en Taiwán, y Pekín mira de reojo, aprendiendo / criticando como en su día hizo con el Singapur de Lee Kuan Yew. Aunque estamos en los albores, los cambios se están esbozando: hay que sustituir la narrativa caduca de «un país, dos sistemas». Medio siglo, incluso para China, empieza a ser demasiado tiempo y ahora ya no cumple su cometido.

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