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Marina Casado

Un carrusel vacío

Marina Casado

@MarinaCasadoH

Mientras haya en el mundo primavera

Mientras haya en el mundo primavera Marina Casado

El pasado martes 21 se celebró el Día Mundial de la Poesía, como cada 21 de marzo desde que fue propuesto por la Unesco en 1999. Todos los años, florecen por estas fechas los recitales, los eventos, las presentaciones… El mundo levanta la poesía por el aire y se llena con ella los pulmones. La homenajea. Porque, ¿qué sería del uno sin la otra?

Se trata del género literario más minoritario, eso es cierto. Paradójicamente, los que la escriben superan en número a aquellos que la leen, y aquellos que la leemos nos preguntamos a menudo si todo puede considerarse poesía. He conocido a orgullosos jóvenes que se llaman a sí mismos poetas y se vanaglorian de no leer a los clásicos. Porque quieren ser rompedores, originales, hacer lo que nadie hizo antes… Los clásicos, dicen, no aportan nada, salvo continuar anclados en un mundo antiguo y limitante. No entienden que, antes que ellos, existieron otros jóvenes que desearon acabar con la tradición y construir una realidad nueva. Que todos los clásicos fueron rompedores en su día. Ahí están, por ejemplo, los vanguardistas de comienzos del siglo XX, que consideraron que una humanidad que había llegado a un extremo tan terrible como la I Guerra Mundial no podía ser buena, y que el arte debía construirse desde la destrucción. Y dentro del arte, la poesía: la surrealista, la dadaísta, la ultraísta, los caligramas… Sin embargo, ¿cómo no considerar hoy un clásico a André Breton, el llamado «Papa del Surrealismo»? O a Guillermo de Torre, autor del Manifiesto Ultraísta. Y ellos, desde luego, no surgieron de la nada: eran grandes conocedores de los clásicos de su tiempo.

Luis Cernuda, poeta de la Generación del 27, fue rebelde en su día, porque no tuvo miedo de plasmar en sus versos su amor homosexual, en una época en la que los homosexuales eran marginados socialmente. Y antes que él, Arthur Rimbaud se rio de todo el mundillo literario parisino del siglo XIX con su juventud descarada y brillante. Él también quiso acabar con lo caduco, comenzar algo nuevo, pero no dejaba de leer. Y eso por no hablar de las poetas que enarbolaron orgullosas la bandera de un feminismo precoz, asombroso en su época; Sor Juana Inés de la Cruz, por ejemplo, que escribió aquello de «Hombres necios que acusáis / a la mujer sin razón / sin ver que sois la ocasión / de lo mismo que culpáis». ¡Una monja en el siglo XVII! Y si nos remontamos muchos siglos antes, la misma Safo de Lesbos, reconocida poeta griega nacida en el s. XVI a.C. cuyas ideas sobre el amor y la sexualidad continúan vigentes hoy en día.

¿Quién podría afirmar que los clásicos no aportan nada nuevo? ¿Cómo rompes una tradición si no la conoces? Esta reflexión también resulta extensible a otras artes, como la pintura: Picasso y Dalí ya eran magníficos pintores realistas antes de lanzarse al precipicio estético del cubismo y el surrealismo, respectivamente.

La poesía nunca será la frase ingeniosa que escribíamos en la agenda de nuestra compañera en el instituto (y que se parece inquietantemente a lo que escriben los «poetas para adolescentes» encumbrados por las grandes editoriales), o la de una influencer que quiere aprovechar su popularidad para vender libros. Se encuentra en muchas partes, pero no ahí. Decía Cernuda que «La poesía es estar junto a quien amo». Para Lorca, era el misterio de la unión de dos palabras que, en principio, no podrían juntarse. Alberti la definía como «ser el alba antes que el alba». Salinas y Machado se inclinaban hacia «la esencia» de la vida. Los románticos defendían que era traducir a palabras el lenguaje de los dioses o de la naturaleza…

Al final, la poesía siempre es enfrentarse a algo, incluso a uno mismo. Escribió la poeta argentina Alejandra Pizarnik que «La rebelión consiste en mirar una rosa / hasta pulverizarse los ojos». ¿Y dónde puede haber más poesía que en ese sencillo acto? ¿Quién contempla las flores o la luna, más allá de los enamorados o los poetas? Todos podemos ser poetas en un momento dado, mucho más que algunos que dicen serlo. Porque se trata de una mirada, de algo que existe en el mundo y que no siempre se puede ver. Por eso, jamás se agotará la poesía. Ya lo dijo Gustavo Adolfo Bécquer en el siglo XIX: «Mientras las ondas de la luz al beso / palpiten encendidas, / mientras el sol las desgarradas nubes / de fuego y oro vista, / mientras el aire en su regazo lleve / perfumes y armonías, / mientras haya en el mundo primavera, / ¡habrá poesía!». La primavera, esa otra forma de revolución que también alcanza el mundo el 21 de marzo. Celebremos las dos cada día del año.

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