Se ha comprado Ana Obregón a sus 68 años una criatura como quien va a una cadena de hamburguesas a pedirse una doble con queso, tomate, lechuga y pepinillos, una de papas y un refresco grande. Siento cierto estupor y vergüenza ante cómo hemos normalizado la impunidad con la que opera una determinada clase social en este mundo cada día, todos los días, como si se tratase de una enfermedad crónica que padecemos de forma colectiva. La noticia abrió las portadas de las revistas y los telediarios, las tertulias y las conversaciones en los bares. No sé hasta qué punto puede uno comprender por qué hasta el 24 horas ha dado cabida y ha cubierto esta barrabasada indecente. ¿Qué relevancia tiene esta noticia? Ya lo hicieron Miguel Bosé y Javier Cámara entre otros, ¿se sorprenden ahora? Hay quien se ofende cuando algunos señalamos que hace mucho, muchísimo tiempo, que el periodismo dejó de ser un asunto que tomarse en serio. Díganme cómo hacerlo que yo lo haré, pero mientras el norte de la Península arde en llamas esta mañana oí en la SER risas y fiesta ante los 30 grados o más que se han registrado en varias ciudades de España estos días. «Qué envidia», señalaba uno. Hay una canción que dice que vivir es fácil si cerramos los ojos. Si uno cuenta con miles y miles de euros en el banco la mayoría de las dificultades también se disipan, estoy segura.

Estos días he leído y he escuchado a varias personas esgrimir argumentos que no son más que falacias para defender una práctica que hoy es ilegal en España. No, no es machista criticar a Ana Obregón por pagar miles y miles de euros por una recién nacida. Salió del hospital con el bebé en el regazo, sentada en una silla de ruedas que empujaba una enfermera como si acabase de parir. Aquí no entran la sororidad ni las gafas violetas, estoy cansada, estoy harta de que se use el feminismo para retorcer lo injustificable y salirse por la tangente. Lo que peor llevo de esta gente no es que se tomen a sí mismos por criaturas intocables sino que nos tomen a los demás por estúpidos e intenten convertir en debatible lo que no lo es. No, tener hijos no es un derecho, es un deseo, y los deseos no están por encima de la dignidad y los derechos humanos del resto. Los seres humanos no se compran ni se venden, punto. Si se transige en algo así, si se permiten excepciones o se extiende una alfombra gris que puedan pisar aquellos que nos producen lástima por sus situaciones personales estaremos perdidos. Son los niños, en todo caso, quienes tienen derecho a tener una familia en cuyo seno puedan ser amados, cuidados y protegidos. Es responsabilidad y deber moral de todos los participantes de una sociedad el garantizar que esto sea así. No, una mujer no se despierta una mañana y decide gestar un hijo para dos desconocidos porque le apetece, porque es libre y ha decidido hacer con su cuerpo lo que quiere. Si lo que la empuja a ceder su cuerpo para que otros lo ocupen durante nueve meses es una transacción económica ¿cómo se sostiene ahí el argumento de la libertad? No verán nunca a quienes defienden esta práctica con tanto fervor prestarse o animar a sus hermanas o a sus hijas a ser las madres gestantes altruistas caídas del cielo como un milagro. Siempre son las hermanas y las hijas de otros. Siempre son pobres.

Le faltó tiempo a Begoña Villacís para salir a partirse la cara y la camisa por Ana Obregón en un artículo para Vanitatis en el que resulta evidente, una vez más, que por un par de monedas existe una cantidad ingente de personas dispuestas a tocar las palmas. El 16 de febrero la policía detuvo a una mujer migrante que dejó sola a su hija en casa una noche para irse a trabajar. Le fallaron las amistades, los conocidos y la niñera, pero sobre todo le falló el sistema. Ni una sola de las personas que ha salido a defender a Ana Obregón se pronunció sobre esta noticia, pero las protagonistas son una madre y su hija. Será casualidad, andarán despistados. Los compradores de niños siempre cuentan historias preciosas en las que pasaron años sufriendo por cumplir su sueño, superaron trabas, barreras y sacrificios hasta conseguir llevarse a su hijo a casa. Niños o niñas con el hoyuelo o el remolino en el pelo de papá o los ojitos de mamá con los que un día les mirarán y les preguntarán: «Mami, ¿tú cuánto pagaste por mí?».