Isla martinica

La impostura y el brutalismo educativo

La impostura y el brutalismo educativo

La impostura y el brutalismo educativo

Desde hace casi cuatro décadas, qué ya es decir, gobiernan los sofistas en la educación. Individuos que, al calor de la ideología, imponen sus discursos al margen de que se correspondan o no con la realidad. Estos personajes, extraños y singulares, se acomodan junto al poder político para extender su retórica y, desde ahí, traicionar al sentido común. La vuelta a la sofística, en el mismo espacio del cual partió hace dos milenios, no deja de ser un fenómeno tan curioso como perjudicial para el desarrollo del conocimiento y la convivencia en sociedad.

Una de las formas en la que los sofistas o los chiripitifláuticos, como me gusta denominarlos porque el vocablo per se los define cabalmente, han intentado llevar su discurso al gran público es el timo de la palabra. Al igual que sus antepasados, los sofistas de hoy siguen empleando las mismas herramientas que antaño solían usar los urdidores de añagazas. En la actualidad, no dudan en utilizar el engaño para atraerse a los incautos. Por ello, hay que estar atentos a las argucias de estos individuos, porque, si no, te pueden coger con el pie cambiado y dejarte sin argumentos. La penúltima conocida de estos personajes que pueblan la universidad -aunque jamás hayan pisado un aula de Primaria o Secundaria- es una famosa expresión, tan ridícula como traicionera: «brutalismo educativo». Semejante afirmación parece corresponderse con el aumento del número de alumnos repetidores que se espera tras la superación de la pandemia. En resumida cuenta, lo de siempre, el mismo discurso que se repite, una y otra vez, cuando las cosas no les salen bien a los chiripitifláuticos, es decir, los culpables son los profesores. Todo pasa por ahí, como si fuese un círculo vicioso. Decididamente, estos sofistas dominan el arte de la palabra, como ya advirtiera Platón en el Menéxeno, echándose de menos el silencio, como también defiende Josep María Esquirol en La resistencia íntima: «el silencio es, efectivamente, un ejercicio de salida y de acceso. De salida de lo que tapa y de acceso a la serenidad y la calma». Porque es esto lo que más se demanda en estos momentos, frente a los discursos incendiarios de los chiripitifláuticos, un poco de paz y sosiego, y, sobre todo, que se escuchen las voces de los que de verdad saben sobre educación, los profesores.

El «brutalismo educativo», como tantas otras cosas de la sofística actual, no existe más que en las cabezas de los timadores de la enseñanza. Es necesario luchar sin desmayo ante las soflamas de los nuevos pedagogos y recobrar, como insinué en un principio, el sentido común, tan denostado como la memoria, el esfuerzo, la excelencia y el talento, todos ellos sometidos por la implacable política de la pedagogía del relativismo. Max Weber, en La ciencia como vocación, lo subrayó nítidamente: «la democracia está bien dentro de su propio ámbito, pero la educación es una cuestión de aristocracia espiritual, y sobre esto no cabe engañarse». Y aquí reside la clave, el punto sin retorno sobre el asunto: los sofistas le han dado la vuelta a la tesis del germano, retorciéndola hasta hacer recaer la fuerza del argumento, precisamente, sobre el engaño. Es duro decirlo, pero todavía más vivirlo diariamente, puesto que la educación, al menos en España, es una estafa que alcanza dimensiones sublimes, desde el mismo momento que se toman en serio las indicaciones de los chiripitifláuticos de la enseñanza. Sin embargo, hay encuentros, pocos pero reveladores, que sacan a relucir la misma esencia del movimiento sofista, quiero decir la negación de la verdad y el conocimiento en la realidad educativa.

Personalmente, he tenido la oportunidad de cruzar unas palabras con algunos de los representantes de la ola pedagógica, y ha sido tan iluminador como desesperante. En una primera, cuando se acercó un gurú de las competencias y las situaciones de aprendizaje al centro de trabajo, se le escapó que «el conocimiento era lo de menos», ya que escogía tres o cuatro descriptores básicos y con ellos le bastaba para consumar la dichosa situación. En otra oportunidad, y con alguien mucho más próximo con el que compartía docencia, la revelación fue casi una epifanía. El compañero, a la sazón profesor de Didáctica de las Ciencias Sociales en la Facultad de Pedagogía, me reconoció abiertamente dos o tres cosas, que, por sí mismas, dejan al desnudo lo del «brutalismo educativo». La inicial fue que las competencias clave son un «invento» para aprobar a la gente sin estudiar, un artefacto teórico que ni ellos mismos -se incluía, por supuesto- sabían lo que era. La segunda, impactante como la anterior, suponía la dicha de un servidor, porque llevo más de una década exponiéndolo allí donde me dejan, es que estos iluminados de la educación no tienen ni la menor idea de lo que predican y muchos menos del embrollo en el que meten a los profesores con sus elucubraciones mentales. En su tenor, ante un interrogante previo que le lancé: «los catedráticos de la Facultad jamás han estado en la junta de evaluación de un instituto. Bueno, sí, una vez. Uno de ellos fue a probar y salió espantado de la sesión». Al repreguntarle sobre el porqué, me confesó que «el hombre se sintió abrumado por el abismo existente entre la teoría de las competencias y la realidad de la docencia activa». En definitiva, que el bendito se bloqueó por el despropósito en el que desembocan sus mismas convicciones. La tercera me la reservo para el final, porque evidencia hasta que extremo el relativismo hace mella en la enseñanza. Cuando le volví a preguntar, dentro de un clima de ganada confianza, sobre la necesidad de fortalecer los conocimientos en los alumnos, me soltó que lo importante era «sacarlos adelante», eufemismo habitual en Canarias para decir que hay que aprobarlos como sea, rindiéndome cuenta de sus peculiares métodos para garantizarse el éxito en la evaluación. En suma, el alumno era lo de menos, sacrificado en el altar de las estadísticas.

Esta es la pura realidad de una educación controlada por los que, contrariamente, la rechazan y anatematizan. La cuestión que se hacía el acuñador de la expresión del «brutalismo educativo», acerca de quiénes son los verdaderos expertos en la materia pedagógica, creo que ha quedado despejada. Jamás confíen en un sofista, ya que, como sentenciara Platón, «colorean el lenguaje con las más hermosas palabras, hechizando nuestras almas» (Menéxeno, 235a). Y qué quieren que les diga, el hechizo ya dura más de la cuenta, va siendo hora de despertar.

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