Reseteando

Una ciudad en retroceso

Javier Durán

Javier Durán

Esta ciudad se regodea sobre el terrible aniquilamiento de las huellas de su pasado, que cae de manera indiscriminada bajo la piqueta o por la indolencia más absoluta. No sólo es el patrimonio arquitectónico, histórico o artístico, sino también los símbolos que le dan carácter identitario y afianzan el orgullo de pertenencia de su ciudadanía a una misma comunidad. Podría quejarme sin ir más lejos de una Catedral nunca acabada; un Museo Canario cuya nueva sede carece de recursos para abrir sus puertas; el silencio del interior de un Museo Néstor cancelado hace años; la reciente edificación que acosa a una vivienda del siglo XVII en la calle Mendizábal, la más antigua de la capital; la dejadez y ruina progresiva de los túneles Manuel Lois, uno de los vestigios de la arquitectura militar; una autovía vergonzosa que divide los barrios singulares de Triana y Vegueta... Una lista interminable de fechorías, barbaridades y fatalidades que no tienen un culpable único. Son acumulativas en el tiempo y normalizadas gracias a una sociedad que ha metabolizado sin trauma alguno el maltrato a su espacio de convivencia, quizás hasta el punto de la indiferencia o la resignación de que podría ser peor dentro de lo malo.

No es reclamar un conservadurismo a ultranza ni la protección desaforada de los elementos del pasado. No van por ahí los tiros. Estamos en posesión de unos signos socioculturales que nos distinguen, cuyo amparo debe demostrarse en el día a día de la gestión, no sólo con ferias, festejos y fuegos artificiales. Por mucho que se tire del presupuesto público en este sentido, nada va a paliar el daño causado por la pérdida de la Bandera Azul de la Playa de Las Canteras por bacterias, nada más y nada menos, o la prohibición de bañarse en el paraje natural de El Confital desde hace años por más de los mismo. Cada asunto a su nivel correspondiente, pero claramente representativos de la placidez con la que los vigilantes públicos afrontan nuestras catástrofes. Calificación nada exagerada si se atiende a la repercusión de estos localismos en el fragor del negocio turístico o en la reputación en la competición de los destinos urbanos.

Pero también están las consecuencias en el desgaste de la condición de ciudadano de un lugar, al que nos sentimos unidos por diferentes razones, ya sea por el nacimiento o por la feliz acogida que el mismo dispensa a los que vienen de fuera. Una empatía que no debería soportar la caída de las palmeras que pintó Oramas en Los Riscos, la pudrición interna y mortal del Árbol Bonito, el final de tantas y tantas casas terreras, la deformación definitiva de Santa Catalina como parque, la ocupación de Triana por franquicias y la extinción de sus negocios tradicionales, la suciedad pegajosa de las aceras, los contenedores de basura nauseabundos, una periferia llena de vertidos...

Hay que alejarse, repito, de una culpabilidad única: llevamos décadas de inercia, sin empujes visibles y transformadores que revitalicen la identificación de los habitantes con su espacio más inmediato. Las autoridades se han acostumbrado al raquitismo presupuestario, a renunciar al protagonismo que le corresponde a esta capital por su población empadronada y flotante. A asumir un papel terciario que se une a la tragedia de unos representantes que se contentan con las raspas de un caldero muy oxidado.

El resultado ha sido un retroceso estructural y unas desventajas claras que afectan a la competitividad, paliadas sólo por la excelencia climática del territorio y su carácter marítimo. Pero no somos los únicos que podemos presumir de rentas por una situación geoestratégica extraordinaria. Debemos ser sinceros y asumir toda la carga posible de autocrítica. No vamos a ningún lado practicando la autocomplacencia y la adulación.

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