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Juan Francisco Martín del Castillo

La lección de Liam

Aumentan los diagnósticos de intolerancias alimentarias tras la Navidad ¿Cómo identificarlos?

Cuando una institución juzga la ingenuidad de un niño es que el final de la civilización está próximo. Y cuando lo hace en nombre de la libertad y los derechos del hombre es que reina tal grado de confusión mental, entre unos y otros, que me hace temer que esos mismos valores son los que se encuentran en serio peligro. Mucho se ha escrito sobre el avance de la intolerancia en las sociedades occidentales y mucho se ha criticado que se señale, a este respecto, a los defensores de la cultura de la cancelación, el mundo woke y la oscura trastienda ideológica que anida en este conglomerado de puro fanatismo doctrinal como principales instigadores de la reaparición de los tribunales de la Santa Inquisición. Sin embargo, la realidad está ahí, tozuda como siempre, se quiera ver o no.

El caso de Liam Morrison, el niño vapuleado por la institución educativa a la que acude regularmente por llevar una camiseta en la que rezaba un simple eslogan de apenas cuatro palabras («Sólo existen dos géneros»), manifiesta, por un lado, lo que hasta aquí he avisado, pero también apunta al creciente desencuentro entre lo ilustrado y la religiosidad del submundo de la corrección política. En definitiva, se está a las puertas de coronar el paroxismo de la intolerancia, y de cerca que se presume, nadie parece advertir su presencia. Al menos, entre los que, por función o responsabilidad, deberían estar ojo avizor ante el fenómeno. La situación de Morrison no es más que una entre muchas, tantas que ni se sabe de ellas. La suerte de Liam es que existe una grabación de su firme alegato en pro de la libertad de expresión y en favor de una racionalidad que se echa de menos entre los que parecen escucharle sin ser vistos, como en las peores sesiones de la censura medieval.

El someter a escarnio la ingenuidad infantil es un claro síntoma de la decadencia educativa del país de Morrison, los Estados Unidos de América, pero, como faro que es del resto de Occidente, también del declive de la institución a ambos lados del Atlántico. Juzgar la potestad de un individuo, para más señas menor de edad, en vestirse a su manera, observando y respetando las elementales reglas de convivencia –algo sobre lo que no han reparado suficientemente los medios informativos que han difundido la noticia–, porque, según dicen, ofendía los sentimientos de sus compañeros de aula, representa a las claras el grado de fanatismo que ha interiorizado y normalizado una masa importante de autoridades políticas. Que el niño, del mismo modo que tolera a diario mensajes de la ideología queer o de cualquier otro tenor, como, por ejemplo, el de «los hombres son maltratadores», así, sin mayor explicación o contexto, exhiba lo que, científica y biológicamente está acreditado, es decir, que únicamente existen dos géneros entre los seres humanos, no debería causar mayor revuelo que el de «los niños tienen pene y las niñas vulva». Pero, esta sociedad hipócrita se agita y patalea al contemplar como el sentido común reconquista algunos territorios perdidos a manos del sectarismo desfachatado de una minoría que desea imponer a toda costa su criterio. Tal es así que la lucha por recuperar los espacios de libertad se está enconando, porque ni adultos ni aun menores, como el pobre Liam, se libran del señalamiento público. No obstante, me quedo con las imágenes de un niño sabio que, ni corto ni perezoso, sale al paso de la intolerancia, la agarra por las solapas y le da una lección de aúpa.

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