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Lamberto Wägner

Tropezones

Lamberto Wägner

Pepitas de oro

Imagen del acto de campaña en Sardina (Gáldar) llevado a cabo por el candidato de Nueva Canarias a la Alcaldía Galdense, Teodoro Sosa. LP/DLP

No me gusta escribir sobre política, y menos en estos tiempos de permanente bombardeo de slogans y consignas, ante las inminentes elecciones del día 28 de Mayo.

Pero sí quisiera detenerme en lo cansino del cruce de recriminaciones entre partidos, que en vez de ser creativos en la representación verbal o gráfica de sus mensajes programáticos, se empecinan en recordarnos frases o imágenes del pasado, con un dedo acusador que ya casi se cae por su persistente desgaste.

Todos los partidos recurren a la mina de oro que supone el acervo de frases o instantáneas generadas por el adversario, tan golosas a posteriori por su demostrada falsedad, por su hipocresía o por su manifiesta inconsistencia fruto las más veces del calor de una improvisación mitinera o de una fatal indiscreción.

Qué les parece una conversación privada intervenida y hecha pública: «¡Sé fuerte Luis!»

O una declaración imprudente: «El catalán lo hablo sólo en la intimidad»

O la expresión de un feminismo exagerado: «Miembros y miembras» «No patria, sino matria».

En otras ocasiones pueden ser declaraciones fruto de ideologías llevadas a sus extremos: «Los hijos no son de los padres». O bien: «El dinero no es de nadie».

En un programa de máxima audiencia televisiva escuchamos a un destacado líder autonómico: «¿Y qué coño es eso de la UDEF?» (Unidad de Defensa Económica y Fiscal. N.del A.)

O una expresión tal vez conveniente en su contexto, pero de reproducción garantizada posiblemente por décadas: rebautizar a unos terroristas como «Movimiento vasco de liberación». O una proclama, electoralmente útil en su momento, convertida posteriormente en mentira: «Si pactara con Podemos no podría dormir por las noches». U otra del mismo calibre, por su repetición elevada a rango de perjurio: «¡Jamás pactaré con Bildu!».

Pero además de tantas expresiones aseveradas con distinto énfasis o dispar convencimiento, se dan otras pepitas de oro recurrentes en tiempos de elecciones: las fotografías, o imágenes digitales, de gran impacto por su potencia visual y fácil asentamiento en el recuerdo.

En esta columna no tendrían cabida tantísimos ejemplos, pero recordemos tan sólo algunos. «La foto de las Azores», reproducida asiduamente para ilustrar actitudes belicistas del contrario.

O «La foto de Colón». No tan aprovechable pero también oportuna a la hora de denunciar asociaciones con partidos extremos supuestamente espurias o inconfesables.

O bien, en la misma vena ideológica una imagen de un destacado político sorprendido en el yate de un conocido narcotraficante. Aquí vendrían a cuento similares ilustraciones de un ex guerrillero departiendo amigablemente con una ministra progresista, o la de socios de gobierno congeniando con dictadores sudamericanos, si bien este tipo de imágenes no parecen disfrutar de similar potencia de difusión.

Es tal vez legítimo y sobre todo comprensible que los partidos se echen los trastos unos a otros recriminándose los respectivos fracasos o incoherencias, pero es que al margen de un uso ya cansino y agobiante de los mantras señalados, está cristalizando un tipo de oposición deplorable: el de personalizar y encima caricaturizar a los líderes de los partidos, obviando cualquier análisis de sus respectivos programas. En definitiva, llevando la controversia política al nivel de representar a un líder con la nariz de Pinocho, y al de la oposición con nariz roja de payaso.

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