Crónicas galantes

El Gobierno deja de dar la lata

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez / Eduardo Parra - Europa Press

Ánxel Vence

Ánxel Vence

El mejor gobierno es el que deja a la gente más tiempo en paz, sostenía Walt Whitman, que era poeta y por tanto estaba disculpado. Pero tal vez no le faltase razón. Podremos comprobarlo ahora que el presidente Sánchez ha abierto un nuevo período de dos meses de campaña electoral durante los cuales gobernará poco, por mera lógica.

Dado que se trata de un Gobierno de coalición, son muchos de sus miembros los que deberán desatender sus tareas de despacho.

El presidente, un suponer, dedicará la mayor parte de su horario laboral a pedir el voto para el PSOE, pero aún estarán más ocupadas la vicepresidenta Yolanda Díaz y las ministras de Podemos en la ardua tarea de negociar si suman, restan o multiplican sus votantes. Además de consensuar el nombre de la criatura que alumbren, como es natural.

Lo único seguro es que el trabajo electoral les llevará más horas que el del gobierno propiamente dicho. Se reducirán, por tanto, sus posibilidades de meter la pata, con los beneficios que eso ha de suponer para el público en general.

Las expectativas son aún más prometedoras tras las elecciones. Si el resultado de la votación no concede mayoría neta a partido alguno, como es prudente suponer, la elección del nuevo Gobierno podría dilatarse durante meses. Entraríamos, probablemente, en un período de interinidad más o menos largo en el que nadie estaría en condiciones de urdir leyes o tomar decisiones de relevancia.

Lejos de un contratiempo, esa habrá de ser una excelente noticia para el país.

Alguna experiencia reciente tenemos de las ventajas que un gobierno carente de plenas facultades ofrece a los ciudadanos, contra lo que pudiera parecer. La sucesión de mandatos interinos que siguió a la caída del bipartidismo desde el año 2016 coincidió, como se recordará, con un extraordinario auge de la economía española.

Cerca de un año entero estuvo en funciones, por ejemplo, un gobierno presidido por Mariano Rajoy, período de bonanza durante el que el Producto Interior Bruto de España no paró de crecer, a la vez que el paro –aun siendo copioso– encadenaba bajada tras bajada. Otro tanto ocurrió a continuación con Pedro Sánchez, que ejerció de interino a lo largo de ocho meses, con los mismos felices resultados para las finanzas del país.

Ninguna razón hay para imaginar que pase algo distinto si de las urnas del 23 de julio no sale un mandato claro y, en consecuencia, se abre un nuevo ciclo de interinidad gubernamental. Nada por lo que haya que preocuparse. Un Consejo de Ministros en funciones no puede promulgar leyes que alarguen la edad de jubilación ni subir los impuestos, por citar solo algunas de las fastidiosas decisiones que a menudo se ven obligados a adoptar los mandamases.

Si algo ha probado el paso del tiempo es que la economía va a su aire, gobierne quien gobierne y –preferiblemente– cuando nadie está en situación de gobernar. Añádase a eso que un gobierno sin poderes plenos está incapacitado para entrometerse en la vida y hasta en la cama de la gente. No le quedaría otra que dejar a los gobernados en paz, como sugería Walt Whitman en sus consejos de buena gobernanza. Los poetas suelen llevar razón, aun sin saberlo.

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