Crónicas galantes

Judíos nazis y negros del Klan

Ánxel Vence

Ánxel Vence

Una dirigente socialdemócrata ha reputado de «judío nazi» a otro del PP, que en efecto es judío, aunque lo de nazi parezca una contradicción entre los términos. Ahora solo falta que tilde de «negro del Ku Klux Klan» a cualquier otro adversario de piel tirando a morena, que más de uno habrá.

Hay que ver las cosas que se dicen cuando huele a urnas y la pasión partidaria nos trastorna el sentido.

Excesos verbales ha habido ya en abundancia, como es habitual en las campañas previas a una votación; pero esto de igualar a judíos y nazis en una misma frase es sin duda otro nivel. Mayormente viniendo de una líder socialdemócrata a la que, por definición, hay que suponer de opiniones templadas.

Con los pocos hebreos que hay en España, sigue siendo un misterio la aversión que se les profesa y que a menudo aflora en las redes sociales e incluso en una campaña electoral como la que está en curso. Son unos 40.000 en un país de 47 millones de habitantes, de lo que bien se podría deducir que aquí existen más judeófobos que judíos propiamente dichos.

Tomarle tirria a un judío exige grandes dosis de prejuicios y no poca perspicacia. Su número es lo bastante escaso en España como para que resulte difícil tener a uno como vecino; pero aun si se diera esa circunstancia, probablemente pasaría inadvertido. Los hay morenos, rubios y negros, puesto que no se trata de una raza; y no todos profesan la religión judaica, que acaso fuese una manera de identificarlos.

Quienes arremeten contra ellos lo hacen, probablemente, por las mismas sinrazones que llevaron a los Reyes Católicos a expulsarlos de los reinos de Castilla y Aragón hace más de quinientos años. Si entonces se les acusaba de usureros o de judaizar en secreto, ahora se dice que dominan la banca y las finanzas internacionales con el oscuro propósito de establecer un Nuevo Orden Mundial.

De la ultraderecha podrían esperarse dislates así desde que Franco denunció una vasta conspiración de judíos y masones contra España; pero ya cuesta más entender que haga lo mismo la ultraizquierda. E incluso algún socialdemócrata despistado.

Una posible explicación la ofreció en su día Martin Luther King, que algo sabía de este tipo de odios por su condición de negro en América.

Decía el pastor King que, después de lo de Hitler, pasaron a estar socialmente mal vistas las expresiones de ojeriza a los judíos. Para evitarlo, los modernos judeófobos han buscado formas más aceptables de decir lo mismo. «Ahora el antisemita ya no odia a los judíos», ironizaba el luchador por los derechos civiles. «Ahora solo es antisionista».

A menudo se trata de gente que admira a Jesucristo, a Marx o a Einstein, a la vez que detesta a los judíos; pero no es fácil hacerles ver la paradoja en la que incurren. Sorprende aún más que incluso políticos de tendencias razonables y racionales quieran afrentar a un adversario por su condición de hebreo, a estas alturas. Será cosa de las campañas electorales, que tanto perturban el buen juicio.

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