Crónicas galantes

Hay que darle dos vueltas al voto

VOTO EN BLANCO

VOTO EN BLANCO

Ánxel Vence

Ánxel Vence

Coinciden todos los augurios en que ningún partido por sí solo va a obtener mayoría absoluta el próximo domingo. Es una circunstancia enojosa que bien podría arreglarse sin más que mirar los procedimientos del fútbol, deporte aún más competitivo que el de la política.

Las reglas del balompié contemplan medidas tales que la prórroga y los penaltis para solventar una situación de empate. Y no solo eso. Los partidos se juegan a dos vueltas -primera y segunda parte- para que los jugadores tengan ocasión de enmendarse en caso de un mal arranque del juego. No se trata de que la presidencia del Gobierno se decida por penaltis, como es natural; pero sí con un sistema de prórroga y doble vuelta como el que ya existe en Francia y otros muchos países. En Portugal, nuestro otro vecino, se usa también para la elección del presidente de la República.

Los franceses llaman «ballottage» a esta fórmula, consistente en darle dos vueltas a cada elección -cuando fuere preciso- para que el voto coja su adecuado punto, siguiendo la receta de la tortilla.

Consiste el método en que, si ninguno de los candidatos suma la mitad más uno de los votos y el 25 % del censo, la elección se repite dos semanas después para que los electores le den -o no- una vuelta a su primera decisión. A ese segundo tiempo del partido electoral ya solo pueden concurrir las candidaturas que superen un determinado porcentaje de votos. Gana en segunda vuelta el que obtenga más votos. Y punto.

Las ventajas de este sistema son evidentes. Es el elector quien decide a priori el gobierno de su gusto; y no los cabildeos a posteriori de los partidos, como sucede en el sistema proporcional español. Y aunque la doble votación pueda parecer engorrosa, lo cierto es que evita la repetición de las elecciones por falta de mayoría suficiente.

Al votante se le concede el derecho a afinar sus preferencias, en la misma medida que los caciques partidarios pierden poder para negociar o, directamente, chalanear. Se evitan, además, los chantajes de los grupos y grupúsculos que acuden a las elecciones para servir de muleta a los dos principales partidos, cobrándose los escaños en ministerios y canonjías.

Naturalmente, ningún partido en España aboga seriamente por un sistema electoral como el francés (o el portugués, en la parte que toca al presidente de la República). Todo lo más, se ha pedido algunas veces que gobierne el candidato de la lista más votada, aunque de poco le serviría si luego no dispone de una mayoría que lo respalde.

No deja de ser una lástima. De Francia nos llegó el liberalismo, la división de poderes, la buena cocina e incluso el «francés» en sus diversas acepciones. Parecería lógico que también importásemos su sistema vagamente futbolístico de elecciones con prórroga y desempate en segunda vuelta.

Nada sugiere que vaya a suceder eso, gane quien gane los próximos comicios. Salvo sorpresa monumental, después del día 23 habrá que resignarse una vez más a los tratos feriales de los partidos y a las alianzas entre gente que no se soporta. Con lo rico que está el voto a la sartén, vuelta y vuelta.

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