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Reflexión

Un señor de Valladolid

Alberto Núñez Feijóo. EFE

Nadie esperaba que a estas alturas de la película de terror, Sánchez fuera a tender puentes con Feijoo ni a echarle al oleaje un salvavidas. Por bien sabido tenemos que en el metraje de la política española no cabe hoy la trama bendita de «Qué bello es vivir». Pero más impensable aún resultaba que el presidente en funciones, en una sorprendente maniobra de desprecio al Parlamento, rechazara responder, como mandan los cánones, al candidato a la investidura y cediera el uso de la palabra a un sobrero, a un señor de Valladolid sin mando en plaza, a uno que llora por las esquinas de Pucela porque la alianza del PP con Vox le ha birlado la alcaldía. Un tipo que se asomó a la tribuna al estilo Rufián, a soltar exabruptos e improperios, con un discurso macarra y tabernario, de esos que se estilaban en las Cortes republicanas de los tiempos de Ortega y Gasset, cuando al Congreso iban algunos a hacer el payaso, el tenor y el jabalí. Triple papel que desempeñó el susodicho Óscar Puente con maestría, para jolgorio de la bancada socialista. De tal manera que el verraco silvestre, domesticado por el sanchismo para la sacrosanta ocasión, hundió los colmillos en la yugular del adversario, azuzado por la jauría.

Tal falta de respeto a la Cámara es aún de mayor cuantía que la que propició el indolente Rajoy con su detestable ausencia del escaño la tarde que se debatía contra él una moción de censura empuñada por Sánchez y sus pedigüeños compañeros de travesía. No se escuchaba tal sarta de denuestos en el hemiciclo desde los tiempos del popular Martínez Pujalte y «Gescartera». Lo cual confirma que en todos los pucheros cuecen habas igual de agrias.

Tengo desde hace muchos años por amigo al alcalde de Valladolid, Jesús Julio Carnero, zamorano de Aspariegos, que se ve obligado a pleitear dialécticamente, día sí y día también, con este personaje al que Su Sanchidad otorgó ayer unos generosos minutos de gloria por ejercer de malsín y de correveidile. Para ti llevas, Jesús Julio, tener que aguantar los dislates del matón de Pucela.

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