Crónicas galantes

Puigdemont se la juega con Maquiavelo

Carles Puigdemont y Pedro Sánchez, en el Parlamento Europeo.

Carles Puigdemont y Pedro Sánchez, en el Parlamento Europeo. / EFE

Ánxel Vence

Ánxel Vence

Sostienen sus más enconados adversarios que Pedro Sánchez miente por prescripción facultativa; y que, si un error le llevase a decir inadvertidamente alguna verdad, los efectos sobre su metabolismo serían funestos.

Hay algo de exageración en esta idea, pero también un involuntario homenaje al presidente del Gobierno. Fue el maestro Nicolás Maquiavelo quien alabó en su día la mentira como una de las artes imprescindibles del buen gobernante. Quien engaña encontrará siempre alguien que se deje engañar, sostenía el politólogo florentino.

Sánchez cumpliría con este requisito, según sus críticos, lo que sin duda le convierte en un gran príncipe –o gobernante– desde el punto de vista maquiavélico. Un adjetivo que a menudo se usa con propósito desdeñoso, aunque en modo alguno lo sea. De hecho, el propio Sánchez citó a Maquiavelo durante el debate de su investidura, sugiriendo que «hay que leerlo más de lo que se suele hacer».

Tal habilidad debiera tranquilizar a quienes temen que el presidente va a vender el Estado por parcelas a cambio de un plato de cuatro años más de lentejas al frente del Gobierno.

Si tan grande y refinado es el arte de mentir que adorna a Sánchez, sus contrincantes y, sobre todo, sus socios, debieran estar ya sobre aviso. Un embustero, si este fuera el caso, tiende a incumplir pactos y promesas. Y pese a ello, los futuros engañados no dudarán en seguir pactando con él.

Véase el caso de Pablo Iglesias, al que Sánchez se abrazó en lo que parecía el principio de una gran amistad en el Consejo de ministros. Cuatro años después, Iglesias ha desaparecido del Gobierno y hasta de la política en general, mientras su partido Podemos, que partía de la nada, ha alcanzado las más altas cotas de irrelevancia. Ahora comparte piso en el Congreso con un navarro, un gallego y una canaria.

No hay razón alguna para que deje de ocurrir otro tanto con Puigdemont. Consciente de las diabólicas facultades que tanto enemigos como socios atribuyen a Sánchez, el líder independentista ha exigido toda suerte de garantías y cautelas para que no le haga la cama. Un árbitro internacional experto en guerrillas, por ejemplo, para que vigile el cumplimiento de las promesas de Sánchez en un país famosamente neutral como Suiza. Y una revisión mensual del asunto, por si acaso su interlocutor pretendiera colarle alguna burra averiada.

Inútil precaución. Aunque acuerden la abolición de la ley de gravitación universal o un título de Liga rotatorio para todos los equipos catalanes, nada le impediría a Sánchez incumplir lo pactado. Sería un simple cambio de opinión.

Naturalmente, Puigdemont podría denunciarlo ante los tribunales por fraude o cualquier otro delito similar, pero no parece que los jueces fuesen a atender esa demanda. Más probable sería que lo enchironasen a él, si tampoco Sánchez cumple su pacto sobre la amnistía.

De ahí que los reproches de los hostiles al presidente por la tendencia a mentir que le atribuyen sean, en realidad, su única esperanza. La de que Sánchez le mienta también a Puigdemont, no más por seguir la costumbre. Mucho cuidado con los lectores de Maquiavelo.

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