Opinión | La Cartilla

Gemma Robles

Reflexiones de ‘ochoeme’

Manifestación convocada por el 8M 'Día Internacional de las Mujeres'.

Manifestación convocada por el 8M 'Día Internacional de las Mujeres'. / rafa alcaide

2024. Llega otro 8-M. Felicidades a todas las mujeres que trabajan por cuenta propia, ajena o en casa para sacar adelante a sus familias, a sus hogares o a las personas dependientes que sobreviven gracias a sus cuidados y desvelos. Felicidades a las que emprenden. Felicidades a las que crean empleo, cultura, ciencia, conocimiento, progreso y ayudan a tejer una sociedad más justa y soportable. Felicidades a usted. Felicidades a ti. Un recuerdo para    aquellas. Para las que se atrevieron a decir «basta» cuando se las quería silentes o escondidas tras una espesa cortina, sin voz, ni voto, ni derechos. Un reconocimiento de estómago encogido pensando en las que padecieron y en las que están sufriendo ahora la brutalidad de las guerras, deseando a ratitos haber muerto antes de seguir soportando lo insoportable, rodeadas de miedo, ausencias, depravaciones, bombas, disparos o secuestradores... Un escalofrío al imaginar a las que han sido objeto de trata y se han convertido en esclavas sexuales o a las que se han visto obligadas a vender su cuerpo, su presente y su futuro. 2024. Otro ochoeme. ¿Nos hace falta o está de sobra, como defienden algunos? Ante la pregunta, más preguntas. ¿Nos siguen matando por el simple hecho de ser mujeres consideradas una propiedad con escrituras de determinados monstruos? Sí, nos siguen matando por eso. A centenares. Y en ocasiones a nuestros hijos, en vez de a nosotras, para condenarnos a ser muertas vivientes alimentadas solo de dolor e ira. Sí, necesitamos por tanto ochoemes y unidad sin peros para seguir avanzando. Con todas. Entre todos. Sin matices. Sin devaluar la responsabilidad de los maltratadores y sus encubridores en el lodazal de peligrosos discursos que nos dejan aún más indefensas frente al agujero negro de la violencia machista.

Más reflexiones. Más preguntas. ¿Seguimos siendo presas de ciertas desigualdades sociales y salariales? ¿Continuamos teniendo miedo alguna vez al volver solas a casa? ¿Nos acecha la violencia sexual? ¿Hemos sentido o conocemos algún caso cercano de acoso? ¿Tememos que acosen a nuestras hijas, hermanas, amigas o compañeras? ¿Nos cuesta que nuestra voz se oiga en reuniones o foros plagadas de hombres que han tenido más y mejores oportunidades a lo largo de décadas? ¿Acumulamos explicaciones innecesarias de aquellos que siguen errando al pensar que sin ellos no somos capaces de desenvolvernos por nosotras mismas? ¿Hay quienes nos juzgan más por la forma que por el fondo? ¿La carga mental sigue pesando el doble en la espalda de la mujer que en la del hombre del núcleo familiar? ¿Nos cuestionan por no haber sido aún madres, si no lo somos? ¿Nos siguen preguntando qué haremos con los hijos, si trabajamos, obviando que el padre es corresponsable y puede cuidarlos (y a fe que muchos afortunadamente lo hacen) tan bien o mejor que nosotras? ¿Hay ya mujeres referentes en todos los ámbitos? ¿Ha dejado de ser excepcional que haya empresas concienciadas y que, sin complejos, designen directivas con la misma naturalidad que designan directivos?... La lista de interrogantes, por desgracia, puede ser infinita, pero debemos hacerla desaparecer, al menos, intentar que las siguientes generaciones no la hereden.

Mientras estas preguntas tengan la respuesta que sin duda has imaginado al leerlas, necesitamos ochoemes. Necesitamos la unidad de las mujeres –sin caer en la trampa de dividirnos en debates impuestos–, y la solidaridad de los hombres. La responsabilidad política. La comprensión con otras discriminaciones y debates de progreso.