Opinión | Risas y fiestas

Dentro

Dentro

Dentro / La Provincia.

Nunca se sabe lo que hay dentro. En abstracto, las cosas siempre resultan más pacíficas y tranquilas, porque los malos tintes los pone la especifidad. Las respiraciones apelotonadas en un sitio. La forma exacta de las uñas, cortadas de la misma forma desde siempre porque se les enseñó en una habitación con un calor determinado, un aroma tal o cual. Una idea está compuesta por aires, y los lugares y las situaciones están compuestas por personas, y las personas somos variadas y enrevesadas como solo nosotras. Esto lo pensaba mucho cuando estaba estudiando en la universidad: me recordaba leyendo el itinerario de mis asignaturas, curso a curso un plan que podía imaginarme ahí con la página web abierta delante en la soledad de mi cuarto eschamizado. Y me sabía yendo cada mañana a una clase en la que había un clima determinado y un olor determinado. Puedes saber lo que vas a hacer, pero el día a día es otra cosa.

Este pensamiento me llevaba, no sé, a años anteriores, el instituto, las sonrisas medio blancas medio amarillentas en fila y una visión que no podía descifrarse desde fuera. Es difícil comprender lo que es formar parte de un grupo con unas redes de poder determinadas. Explicar, por ejemplo, el bullying, sus ramas apretonas, la dificultad de salir de él, a quien no teme unos dedos de uñas largas concretos o no conoce la sensación concreta de su arañazo. Es raro que de esto me haya dado cuenta justo cuando estaba ya en la universidad y no había, por lo menos en mi clase, escupitinas botadas por el pasillo a quienes eran diferentes o «más débiles» o a quienes les había caído la cruz encima de un nombrete o algo así. Aunque, ahora que me lo planteo, no es tan curioso: estar dentro de algo hace posible verlo con una nitidez terrible, pero estar fuera hace posible entender algunas de sus explicaciones.

En este sentido, la abstracción no es mala. Nos permite hallar causas y conectar las situaciones puntuales con los sistemas que les dan forma. Hablar entre personas de institutos diferentes en pueblos diferentes, contemplar lo que les pasa a los otros sin oler los ciscos caídos de los tenis de los suelos de sus aulas, hace posible saber que lo que nos sucede y lo que les sucede no parte de algo malo en nosotras o de algo que hayamos hecho o de efectivamente una rareza inconcebible para el mundo. Quizá por eso relaja tanto tener amigas de otros lugares que pitan en el móvil y nos hacen sentir comprendidas a pesar de que no están en ese escenario tan sólido. Salir, coger aire, despegarse de la violencia.

El problema, creo, es cuando la abstracción se convierte en lo único y se utiliza como herramienta para mirar para otro lado. Como no te veo, como no te palpo, como lo que me explicas no tiene sentido en mi esquema en el que ese arañazo no ha dolido, no te hago caso ninguno. Como tu identidad no es la mía, tus grititos no me duelen. Se resume en: si no usamos el, por ejemplo, haber salido para mirar lo de dentro con nitidez, si lo olvidamos y les pasamos el testigo a otras que tendrán que aguantar lo que aguantamos, estamos contribuyendo. Una omisión y un ignorar es una violencia. En realidad no estoy hablando solo del bullying, y no estoy hablando solo de haber salido de una situación: estoy hablando de cualquiera que se atreva a callar ante una injusticia que no le toca, que puede comprender aunque no esté dentro, sobre la que puede actuar de mejor manera (o de otras maneras, de maneras que también se necesitan) precisamente porque no está dentro

Es curioso que necesitemos una empatía muy concreta para concienciarnos de ciertas cosas. Que necesitemos algo que nos sensibilice, por ejemplo un libro. Un libro nos puede cambiar la perspectiva sobre un problema, y puede hacerlo porque puede imitar lo que significa estar dentro. Esos tactos. También una peli, o cualquier obra que apele justo a eso, a nuestra sensibilidad, a colocarnos en el lugar de la persona a la que le sucede algo que pica. Sin esos mecanismos de empatía, somos capaces, muchas personas, de ver noticias haciendo scroll sin que nada nos pique a nosotras. Un fuera apabullante, escachador. No sé si criticar esto, porque no sé si es culpa nuestra, y no sé si la solución es que nos esforcemos por sensibilizarnos o que busquemos periodismos más cálidos. No lo sé. Quizá a lo de dentro no le corresponde la responsabilidad de hablar más y mejor. Quizá nos corresponde a nosotras la de necesitar menos palabras.

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