Opinión | Observatorio

Azar y literatura

Pedro Sánchez en El Intermedio.

Pedro Sánchez en El Intermedio.

Chile parece un centro telúrico de significatividad. Genera una densidad de significado que hace las situaciones inolvidables. En ellas, lo azaroso adquiere relevancia por la conjunción de detalles que intensifican las escenas vividas. Un ejemplo. El sábado 27 fuimos a leer El Quijote en el Centro Cultural Español. Apenas comenzaba la lectura, cuando el hidalgo no había dejado atrás las baldas de su poblacho, nos llegó la noticia de que había fallecido Francisco Rico.

Una segunda escena. En el momento en que toda España estaba pendiente de la decisión de Sánchez sobre su continuidad al frente del Gobierno, Felipe González se disponía a iniciar su conversatorio en la Universidad Diego Portales, acompañado de su rector Carlos Peña. La ocasión era presentar el legado del archivo de Ricardo Lagos, que el propio presidente chileno calificó como un «pedacito de la historia patria». Aunque previsiblemente polémico, hay que escuchar a González porque representa una tendencia por sí mismo y dispone de una mirada propia sobre América Latina.

Es verdad que el primer día estuvo más pendiente de denunciar «esa moda de trasladar a la opinión pública los estados de ánimo de los gobernantes», que de responder a las preguntas del rector Peña. Es el González menos persuasivo, el que muestra menos comprensión respecto de la generación joven, el que se niega a medir la intensidad de los problemas que presenta el mundo actual frente al momento que él protagonizó, con el viento de la historia a favor. En el segundo día, explicó el programa ‘Palancas’, que la Fundación de su nombre aplica por diferentes países de Iberoamérica. Aunque interesante, me atrevo a hacer una recomendación en general. No vayamos de sobrados a las Universidades latinoamericanas. Nuestros colegas aquí son exigentes y no disfrutan con nuestras improvisaciones. Un texto escrito, breve y pensado, es una expresión de respeto.

De nuevo la tristeza nos inundó cuando, en la noche del martes, iniciando la lectura de Baumgartner, la última novela de Paul Auster sobre un profesor de filosofía excéntrico y tierno, nos enterábamos de su fallecimiento. Así, la coincidencia quiso que el gran maestro de las historias azarosas muriera en el día en que comenzábamos a leer su última novela. Eso solo será parte de mi pequeña crónica chilena, pero ya no leeremos la novela con el mismo estado de ánimo. Un suceso así cambia la percepción del lector porque cambia la relación con el autor. Se vive la atmósfera literaria de un modo más intenso. Es como si tu propia lectura formara parte de la historia y continuara la que Auster contó, como un capítulo adicional a la peripecia de S. T. Baumgartner.   

¿Cómo cambiará la lectura de la novela de Sánchez el último capítulo conocido? No lo sabemos. Sea como sea, el guion no parece una buena historia. El clímax se hundió en un anticlímax sin respeto alguno por las reglas de una narración interesante. Santi Alba lo glosó en un artículo que presentaba esta historia como ejemplo de la teoría de la risa de Kant, esa tensión que acaba en nada. Hegel, que tenía retranca, definió la comedia como la historia de una subjetividad que no puede desprenderse de su inclinación. La risa sería el testimonio de la superioridad intelectual del observador, dotado de cierta malicia.

¿Novela o comedia Sánchez? La mayor objeción frente a los que no cesan de criticar al Presidente por tacticismo, cálculo, maquiavelismo, oscuros designios y aspiraciones totalitarias, es que nadie nunca organizó tan mal una historia, si es que esta lo es. Todo indica que fue más bien un estado de ánimo poético. En todo caso, la bala ya está disparada. Ya no se podrá usar. Que el Presidente sale más expuesto, resulta obvio. Más poesía en la presidencia no sería comprensible. Que esto le sirva para debilitar a Sumar, está por ver. Que lo haga más fuerte en el PSOE es dudoso, visto que dejó a la tropa en el aire en un minuto. Aunque Tezanos quiera hilvanar una historia, no será creíble. Su literatura es tan mala como mi estadística.

¿Será la aceleración del comienzo del fin del relato del sanchismo? Claramente muestra los límites de una política, pero queda por saber si vendrá algo mejor. La tentación de recurrir a gestos populistas tras esta confesión de impotencia no llevará lejos. Además, no se ha escuchado una palabra del PSOE que muestre que es algo más que Sánchez, mientras que Sumar presenta una plana mayor que tiene más ideas que muchos diputados del PSOE juntos. Será difícil contrarrestar con una política de gestos y palabras izquierdistas la idea política de Sumar. Eso serviría para los tiempos de Iglesias y Montero. Ahora no. La idea de Sumar es que el Estado debe democratizarse en su aparato como condición política ineludible. Esa es una idea sustantiva, necesaria.

Sumar hoy representa el rigor institucional del Estado democrático. Sánchez verá si le entrega dicha idea en monopolio. En todo caso, se trata de algo nuevo en la tradición política española, pendiente de asaltar el poder, de apropiarse de él, de usarlo para generar una superestructura exclusiva de los míos. Democratizar para transformar el gobierno significa contar con los gobernados. El PSOE no forma parte de esa tradición. No es su historia ni su novela, desde González. Sumar ha venido para crearla. Será un proceso lento, tendrá altibajos, pero no la representará el PSOE. Su tradición es la de ser un partido de poder. Y estos se instalan en las instituciones, pero raramente las transforman.