Opinión

Y los sueños, cine son

Ahora acceder a cualquier película es tremendamente fácil, gracias a las plataformas como Filmin, Flixolé, Amazon Prime, Netflix… Esto tiene muchas ventajas, pero se ha perdido parte del encanto

Y los sueños, cine son

Y los sueños, cine son / LP/DLP

Mis alumnos ya no saben lo que es el VHS. Se trata de una certeza que me hace ser plenamente consciente de la distancia temporal que nos separa. De niña, uno de los mejores momentos de la semana era, sin duda, aquel en el que bajaba con mi madre al videoclub que había cerca de casa de mis abuelos y alquilábamos dos o tres películas de animación en VHS. La mayoría ya las tenía muy vistas, pero me gustaba repetirlas dos o tres veces más a lo largo de la semana que duraba el préstamo. La Sirenita, Pulgarcita, Cenicienta, Los Aristogatos… Eran títulos que no tenía en casa, pero alquilaba con mucha frecuencia. Las vi tantas veces que, sin pretenderlo, me aprendí de memoria los créditos del principio de las películas de Disney, esos que comenzaban diciendo «Esta grabación está protegida por la Ley...» y terminaban anunciando que quien se saltara las normas tendría que pagar una multa «de hasta treinta y seis millones de pesetas». Una auténtica barbaridad.

Y eso que todos grabábamos las películas que emitían por la tele. Tengo decenas de cintas vírgenes con películas grabadas cuyo mayor interés es, actualmente, contar también con los anuncios publicitarios de la época. Una vez, por equivocación, grabé un capítulo de Digimon en una cinta de Peter Pan. ¡Menudo disgusto! No me he atrevido a volver a verla desde entonces.

Recuerdo los videoclubs como lugares ilusionantes. En la memoria, desprenden un entrañable aroma a palomitas y a viernes. Durante mi adolescencia, ese era el día en el que iba con mis padres a un videoclub del barrio -de aquella famosa cadena, Blockbuster-, y alquilábamos una película para el viernes y otra para el sábado. Me encantaban aquellas dos noches de «cine en casa» que sembraron en mí el germen de la cinefilia. Veíamos clásicos, estrenos, cine independiente… Gracias a aquellas noches, no comparto con muchos de mis contemporáneos los consabidos prejuicios contra el cine español o los clásicos en blanco y negro, por ejemplo. Y a eso había que sumarle nuestra visita al cine al menos una vez a la semana, una tradición que trato de conservar.

Ahora acceder a cualquier película es tremendamente fácil, gracias a las plataformas como Filmin, Flixolé, Amazon Prime, Netflix… Esto tiene muchas ventajas, pero se ha perdido parte del encanto: el afán coleccionista -está todo en línea- y aquel entrañable ritual de acudir al videoclub y ponerse de acuerdo con el resto de la familia para elegir uno o dos títulos. Las salas de cine también se han visto afectadas, porque han visto reducida la afluencia de espectadores. A menudo triunfa la comodidad de quedarse en el sofá.

Y en relación con esto, se da ahora una curiosa circunstancia: la preponderancia de las series frente a las películas. Me refiero a las llamadas «series a la carta», que se encuentran completas en las plataformas. Ya no hay que esperar a los miércoles o los jueves para ver un nuevo capítulo, sino que es el espectador quien decide cuándo va a verla, con qué frecuencia, etc. Surgen las populares sesiones «maratonianas» que tanto daño hacen a los alumnos en las épocas de exámenes. Y hablando de alumnos, me llama la atención que, cada vez con más frecuencia, no sean capaces de mantener la atención en una película cuando intento proyectar en clase alguna basada en una obra literaria o con la intención de plantear un ejercicio posterior de narrativa. Es como si su cerebro estuviera preparado solo para cortometrajes o capítulos breves. Quizás el origen de esta curiosa tendencia se encuentre en la invasión de los reels, de los vídeos cortos en redes sociales… En cultura, triunfa la brevedad, el fogonazo, la pincelada, la escena. Por eso, últimamente tienen más éxito las series que las películas. Como si el espectador necesitara ese corte entre capítulo y capítulo, esa frontera, ese cierre. Aunque después pase cuatro horas consecutivas viendo capítulos; un tiempo en el que le hubiera dado tiempo a ver dos películas.

Resulta fascinante echar la vista atrás y comprobar cuánto ha cambiado, en unos pocos años, la forma de consumir cultura de nuestra sociedad. Lo que permanece, no obstante, es el deseo de escapar de la realidad que a veces nos asfixia. Porque, como decía Alfredo en Cinema Paradiso, «La vida no es como la has visto en el cine, la vida es más difícil». Y ya sea a través de una película o de una serie, tenemos la oportunidad de experimentar historias y sensaciones ajenas, maravillosas y emocionantes. En el cine, nada es imposible, y cómo no aspirar a lo imposible. Cantaba Luis Eduardo Aute que «Todo en la vida es cine y los sueños, cine son».