Opinión | Retiro lo escrito

La banalidad del bien

Nada, que los manifestantes, donde reside la soberanía popular, dan una orden evidente y sencillísima y el Gobierno continúa haraganeando en sus cosas, y claro, así no se puede

Clavijo, "muy preocupado" por el reparto de menores migrantes

Acfi Press

Todavía en el último pleno del Parlamento de Canarias un par de diputados de la oposición se refirieron, para afearle ciertas conductas al Gobierno, a los participantes en la multitudinaria manifestación del pasado 20 de abril. Al parecer no hay manera de que Fernando Clavijo y sus consejeros entiendan el límpido mensaje de la ciudadanía. A uno le gustaría saber qué es lo que ha entendido tan perfectamente la oposición de las manifestaciones de abril y, sobre todo, cómo creen que se podrían articular y coordinar políticas (urbanísticas, económicas, fiscales, medioambientales) para alcanzar objetivos tan inequívocos e inmediatos como proteger el medio ambiente, cambiar el modelo turístico o mejorar los sueldos al mismo tiempo que se baja el precio de los alquileres y volvemos a ser un paraíso (sic). Nada, que los manifestantes, donde reside la soberanía popular, dan una orden evidente y sencillísima y el Gobierno continúa haraganeando en sus cosas, y claro, así no se puede.

Según los eslóganes, Canarias no aguantaba ya ni un minuto más, y recuerdo una pequeña y simpática pancarta que portaban unas pibas muy animadas: Y nosotras tampoco. No aguantaba nadie ni un segundo este apocalipsis anunciado y por eso decenas de miles de indignados, hastiados e insatisfechos salieron a las calles para exigir que comenzase un proceso de cambios de una vez y para siempre, porque no había tiempo que perder. Días y días de comentarios, fotos, imágenes televisivas mil veces repetidas, declaraciones, artículos, gestos, entrevistas, un infinito mamoneo narcisista por los convocantes. Y después –por supuesto– nada. ¿Dónde se metieron esas decenas de miles de manifestantes el pasado domingo, cuando se votó el Parlamento Europeo en una coyuntura histórica del proyecto de unidad europea, incluyendo una guerra en el continente y la amenaza de una crisis económica? Lo más probable es que en la playita o en un asadero porque, vamos a reconocerlo, la jornada estuvo espectacular: cielo azul, una temperatura magnífica, una brisa excepcionalmente suave, fresca, confortante. La suma entre centro derecha, derecha y ultraderecha superó ampliamente a las opciones de izquierda y centroizquierda, pero, sobre todo, la abstención rozó el 60% del censo. El payasete de Alvise obtuvo nada menos que 42.730 votos sin pegar un puñetero cartel electoral en ninguna isla. Sí, ustedes, la sal de la tierra, la esperanza de un mañana verde y promisorio, la conciencia verdaderamente patriótica de nuestro país, los del heroico gritito ese de Canarias no se vende, Canarias se defiende, ¿dónde carajo se metieron?

Es difícil decirlo mejor que Jorge Freire: «La hiperpolitización trivializa la política, de suerte que la deliberación degenera en activismo… La banalidad del bien busca que la política muera de éxito: si todo es política, nada lo es». Como todo eslogan manifestero, Canarias no se vende, Canarias se defiende rezuma una tontería tan emocionante como insignificante. Cualquier actividad económica se puede caricaturizar como un sospechoso acto de compraventa. Cabría deducir que en la Fuerteventura de los años sesenta, donde todavía había hambrientos y una septicemia solía significar una sentencia de muerte, las cosas iban muy bien, porque apenas se compraba o se vendía nada. Ah, la complejidad. Cualquier acción es más desagradablemente compleja que una manifestación. Hasta ejercer el derecho al voto en una democracia representativa. Trasladarse al colegio electoral, elegir una papeleta en vez de otra, comprometerse con una maldita opción, abominar del victimismo como estilo moral y construir o sumarse a una alternativa coherente, no sujetarse a ningún calendario, a matices diferentes, a molestias para la fantasía utopista como la legalidad, la economía o la estructura socioprofesional: todo contribuye a privilegiar una manifa inútil sobre un voto necesario. Como señaló el maestro Gregorio Luri, «hay más concienciadores que conciencias». Siempre.

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