Opinión | Retiro lo escrito

Sobre el payasete

Vallín está convencido que existe un Estado profundo que destruye la democracia española desde dentro, entre otras guanajadas, y no ve ningún problema en la inmigración

Leo un artículo de un tal Vallín que para minisculizar a los oportunistas de ultraderecha lo que hay que hacer – fíjense ustedes la astucia – es no difundir la agenda de los radicales. «Por ejemplo, en España no existe ninguna alarma alrededor de la inmigración», escribe este genio, «por lo que deberíamos negarnos a hablar de preocupación, alarma o problemática al respecto». Por supuesto, es Vallín – que está convencido que existe un Estado profundo que destruye la democracia española desde dentro entre otras guanajadas -- quien no ve ningún problema en la inmigración. Yo tampoco. Pero para cientos de miles de personas en España y muchos miles de personas en Canarias la migración, subjetivamente, representa un fenómeno al menos preocupante, cuando no traumático. Es difícil organizar y desarrollar una convivencia basada en la tolerancia y la solidaridad. Siempre ha sido arduamente difícil y complejo. ¿Cuándo dejaron de matarse los neoyorkinos protestantes y los católicos en Nueva York, cuando dejaron entrar a los judíos en sus universidades y clubes deportivos? ¿Cómo no va a ser difícil cuando deben interactuar, mínimamente si se quiere, grupos de distintos orígenes, distintas étnicas, distintas lenguas y creencias religiosas, distintos códigos de conducta. Aquí mismo, en Canarias, estos nuevos grupos no se relacionan habitualmente con los isleños. Ambos colectivos no conviven: se toleran o se aguantan. Los canarios no suelen casarse ni entablar amistad con ecuatorianos, rumanos o nigerianos. Lo de Vallín es peligroso. Un negacionismo de lo que ocurre todos los días en nombre de los valores progresistas. No es una buena idea utilizar la censura para evitar el crecimiento de los que nos quieren censurar ferozmente.

Es lo del pequeño y mezquino truhan que se ha sacado tres o cuatro diputados en el Parlamento europeo. ¿Hay que atenderlo? Por supuesto. Es un fenómeno informativo que debe ser reflejado por los medios de comunicación. Pero críticamente, como todos, no como la llegada de un prodigio excepcional, y con especial sensibilidad ética, porque sabemos que estamos informando sobre un sinvergüenza listillo y ruin. En su canal de Telegran está el éxito electoral: su acumulación de anuncios tronantes y advertencias apocalípticas, la interacción con sus seguidores, la combinación letárgica de casi mentiras, casi verdades, falsedades, ocurrencias y manipulaciones arteras. Informar pero no convertirlo en la mascota preferida del nuevo circo. Informar, pero sin repetir una vez y otra vez su nombre, insistiendo en la difusión de sus patrañas. Entrevistarlo, por supuesto, pero para desmontar todas y cada una de sus sandeces a través de preguntar inteligentes, no de descalificaciones nerviosas y atropelladas. No hay otra manera: reducirlo a la mínima expresión, no repetir ni uno solo de sus bulos bajo ninguna circunstancias, recordar s acaso sus fuentes de financiación y sus problemas judiciales cuando sea imprescindible. Claro que ni siquiera el Gobierno de Pedro Sánchez quiere esto. El Gobierno de Pedro Sánchez quiere que se hable de este payasete hasta el delirio por un hediondo cálculo electoral.

Basta quizás con esto. Con esto y con no tomarse en serio el cansancio democrático, el agotamiento económico, la falta de horizontes de los jóvenes y el malestar cultural de los ciudadanos hartos de un país que no reconocen como el suyo, de un sistema político que entienden como cada días más deslegitimado, de unos dirigentes que han convertido el cinismo en una de las bellas artes. Con esto y no seguir pensando que como se es de izquierdad –o de derechas – ya se tiene la razón suficiente, más que suficiente, para negar el pan democrático y la sal de las libertades a los demás.

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