Opinión | Mirando despacio

Un verano de lo más dulce

Actualmente 463 millones de personas sufren diabetes en el mundo, muchos de los cuales son menores de edad

El 3% de pacientes que pasaron por la consulta del dentista sufrian diabetes sin saberlo.

El 3% de pacientes que pasaron por la consulta del dentista sufrian diabetes sin saberlo. / Wirestock. Freepik.

Acaba el curso escolar, asoma el verano, vacaciones a la vista… Esta semana los alumnos se despiden de nueve meses de madrugones, el colegio cierra sus puertas y el reloj se detiene. Atrás dejan a sus compañeros y profesores durante casi un trimestre, llegan a casa con la alegría del trabajo bien hecho y la esperanza de conseguir el «banquete» merecido. Las familias con cara de circunstancias y sabor agridulce en los labios acogen a sus hijos con los brazos semiabiertos. Acomodar niños y trabajo no siempre resulta sencillo, mantener a los pequeños todo el día en casa tampoco parece ser plato de buen gusto. Los campamentos de verano o las superabuelas se antojan las mejores soluciones para que las familias puedan salir a trabajar o descansar del duro año escolar…

«En cada niño debería poner un cartel que dijera: tratar con cuidado. Contiene sueños»

(Mirko Badiale)

Los niños sólo sueñan con lograr la atención de sus padres, experimentar juntos nuevas actividades o simplemente pasar tiempo con sus progenitores. Sin embargo las pantallas se convierten en las reinas de la casa y del verano. Una droga que mantiene a los niños y adolescentes enganchados, de esta manera, no molestan, no existen las entrañables peleas entre hermanos y apenas se les oye respirar. El panorama familiar nos resultará conocido: casas silenciosas, risas escasas y comunicación ausente. Más tarde llegarán las quejas cuando los chicos se hagan los sordos; consecuencia natural de un hogar donde no se ha fomentado la escucha activa o el diálogo compartido. La indigestión digital también afecta al buen funcionamiento neurológico; el abuso de las pantallas aumenta el riesgo de trastornos cognitivos, emocionales y de comportamiento.

Hoy, sin embargo, quiero referirme además a otro narcótico que me preocupa aún en mayor medida: el azúcar. El veneno blanco se erige como el rey de la casa en la estación estival y se utiliza como recompensa en muchos pulsos que mantenemos con nuestros chicos. La OMS propone un consumo diario de un máximo de 25 gramos de azúcar por persona y día ¡un yogur de sabores puede contener hasta 15 gramos de azúcar!

Los alimentos con azúcares añadidos provocan además del subidón emocional, un aumento de los niveles de glucosa en sangre provocando unos picos de insulina, en ocasiones, desorbitados. Al poco tiempo esos niveles de glucosa descienden rápidamente y el cuerpo demanda más azúcar para mantener la energía y la alegría. Con estos datos básicos, entendemos que el azúcar es un producto altamente adictivo y por lo tanto altamente peligroso. Sabemos que un elevado nivel de glucosa en sangre mantenido en el tiempo, provoca caries y sobrepeso, además produce enfermedades graves tales como afecciones cardiovasculares, diabetes y cáncer. Importante destacar que a las células cancerígenas también les encanta la glucosa.

Datos alarmantes que no impiden que cualquier chico pueda entrar a un supermercado y comprar bollos y galletas a granel. No existen leyes que regulen el consumo de estos productos que matarán a millones de personas a lo largo de este siglo. Actualmente 463 millones de personas sufren diabetes en el mundo, muchos de los cuales son menores de edad.

Como adultos responsables nos corresponde estar informados de los peligros de este veneno tan adictivo y poner límites a nuestros chicos. Lo lógico sería que las instituciones sanitarias tomaran partido en el asunto y se estableciera un asesoramiento ante el consumo de azúcares. No estaría de más que en cada caja de cereales azucarados, de galletas de chocolate, de bollería industrial… pudiera leerse un mensaje escrito con letras mayúsculas rojas que advirtiera: «El azúcar puede matar». Quizá a los empresarios del sector este mensaje preventivo les amargaría el ánimo y, por supuesto, el negocio.

Hasta que los gobiernos se pongan manos a la masa y comiencen las restricciones de la venta de estos productos, hasta que se impulsen campañas serias alertando de los peligros del abuso de azúcares y hasta que los intereses de salud de la población estén por encima de los intereses económicos… hasta entonces, a las familias les corresponde tomar la sartén por el mango.

Este verano puede ser el momento ideal para reducir los alimentos azucarados en nuestros hogares. Cuando apreciemos que nuestros chicos se encuentran bajo el síndrome de abstinencia, podemos aventurarnos a preparar otro tipo de recetas más saludables. Saludable resultaría también cocinar con nuestros hijos, dedicarles palabras de miel, abrazos de vainilla y miradas de caramelo… Sólo entonces nuestros chicos podrán sonreír diciendo que están saboreando un verano de lo más dulce.