Opinión | ANÁLISIS

Alfredo Herrera Piqué

Generaciones intelectuales de las Palmas

En la ya larga historia de la capital grancanaria, destacadas figuras cohesionaron e hicieron crecer a nuestra población en cada época

Antonio López Botas, fundador del Gabinete Literario.

Antonio López Botas, fundador del Gabinete Literario. / FEDAC

En el amanecer del siglo XVII vio la luz Templo Militante, de Bartolomé Cairasco de Figueroa, obra germinal de la literatura canaria. Su autor había nacido en la Ciudad Real de Las Palmas en 1538 y encabezó el primer núcleo cultural que hubo en las islas Canarias. A partir de 1580, en la huerta de su casa familiar, cercana al monasterio de San Francisco de Asís, el poeta acostumbraba a reunir a hombres de letras y personajes de su círculo de amistades. Inició así una tertulia de intercambio de ideas y de pensamientos, como las que había en Italia. En aquella Arcadia de intelectuales, como la calificó Cioranescu, se rendía culto al espíritu, se gozaba de la música y sus participantes extendían la esfera de sus aficiones y sus conocimientos, dando lugar al nacimiento del primer espacio intelectual de la ciudad.

El jardín del Apolo délfico

La tertulia de Cairasco estaba consagrada al Apolo Délfico, a la manera de las antiguas academias griegas y de la moda renacentista italiana. Fue frecuentada en diversos años y momentos por una pléyade de escritores, poetas y humanistas durante los últimos decenios del siglo. Entre ellos figuraban los siguientes personajes: el célebre hombre de armas y de letras Gonzalo Argote de Molina, el poeta sevillano Juan de la Cueva –residente en Las Palmas en varias ocasiones–, el canónigo Luis de Morales, el ingeniero cremonés Leonardo Torriani, el célebre hombre de armas y de letras Gonzalo Argote de Molina, genealogista e historiador; el maestro de armas y escritor Luis Pacheco de Narváez –autor del Libro de las grandezas de la espada–, fray Juan de Abreu y Galindo y fray Alonso de Espinosa, autores, respectivamente de dos de las historias clásicas de las Islas Canarias; el joven poeta Antonio de Viana, Serafín Cairasco, hermano del anfitrión, así como Bernardino de Palenzuela, procurador general de las islas Canarias; Gabriel Gómez de Palacios, juez de registros de Canarias, y fray Basilio de Peñalosa, impulsor este último de la fundación del convento de monjas de San Bernardo. En el tabernáculo de su jardín, el divino Cairasco era el centro y el alma de aquella república del intelecto que, al decir de Alejandro Cioranescu, fue una «de las más ilustres de cuantas había por aquel entonces en España». Aquel espacio de letras y saberes fue el primero de este género que tuvo Las Palmas de Gran Canaria y también el primero que hubo en las islas Canarias.

En las veladas del Apolo Délfico participaron, por consiguiente, tres ilustres estudiosos del pasado y la historia de las Canarias: Abreu y Galindo, Alonso de Espinosa y Leonardo Torriani. El primero, autor de la Historia de la conquista de las siete islas de Canaria, era andaluz y parece que fue fraile en el convento de San Francisco de Asís, en Las Palmas, a partir del año 1570. Fray Alonso de Espinosa, nacido en Alcalá de Henares en 1543, fue dominico en Guatemala y posteriormente llegó a estas islas hacia 1580, pasando al convento de Santo Domingo, en La Laguna. Entre 1585 y 1587 fue cura en Arucas y, años más tarde, pasó largas temporadas en Las Palmas por tener que atender a un pleito ante el Santo Oficio. Su Historia de Nuestra Señora de Candelaria aporta, junto con los de Abreu y Torriani, uno de los primeros textos historiográficos sobre las Islas Afortunadas.

Y, junto a los historiadores, brillaba en primer plano la generación de hombres de letras que protagonizaba la autoridad literaria de Bartolomé Cairasco de Figueroa. Como ha señalado María Rosa Alonso, con Cairasco y con Antonio de Viana – personificación, a su vez, de una épica culta—las islas Canarias se incorporaron a la literatura hispana del Siglo de Oro.

Dos centurias más tarde, el historiador José de Viera y Clavijo protagonizó e impulsó un nuevo fulgor intelectual cuando vino a residir en Las Palmas como canónigo de la Catedral de Canarias, a partir de 1784. Viera fue director de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, fundada en 1776, y desde esta institución animó una ilustrada llama cultural en la pequeña ciudad de su tiempo. Durante su larga estancia en Gran Canaria preparó su Diccionario de Historia Natural de las islas Canarias, que finalizó hacia 1799. fue el primer compendio descriptivo de los tres Reinos de la Naturaleza de nuestra tierra. De hecho, Viera fue el primer naturalista canario y el introductor de un rudimentario cultivo de la historia natural en este archipiélago.

La generación social del Gabinete Literario

En 1844, año de la fundación del Gabinete Literario de Las Palmas, muestra ciudad albergaba alrededor de catorce mil almas. El casco urbano apenas pasaba de los límites que alcanzó la villa en el siglo XVI, ceñido por las murallas que la protegían en sus extremos norte y sur. Era entonces una urbe empobrecida, de exigua entidad económica y escasa actividad comercial, aquejada de una profunda desigualdad social. La ciudad carecía de un puerto adecuado, pues el inacabado muelle de San Telmo apenas se limitaba a resistir los embates de la marina. En aquellos años se edificaba el Teatro Cairasco, el primer coliseo que tuvo la ciudad, cuyas salas serán la sede del Gabinete. Esa misma década asistió al nacimiento de Fernando León y Castillo, el político más destacado que ha dado Gran Canaria, y de Benito Pérez Galdós, nuestro escritor más importante. Asimismo, comenzó a desarrollarse la prensa local, cuyas páginas dieron testimonio del impulso institucional que se fomentaba por entonces en Las Palmas, así como de las ideas y propuestas que alentaban cambios de progreso en el porvenir de esta ciudad marítima. Fruto relevante de este impulso cívico fue el nacimiento del Gabinete Literario.

El Dr. Domingo J. Navarro, testigo del acontecimiento, atribuyó la génesis e iniciativa del Gabinete a «dos jóvenes letrados íntimamente unidos por el mismo amor patrio que ambos respiraban: don Antonio López Botas y don Juan Evangelista Doreste fueron los valientes campeones que inauguraron la regeneración». El Gabinete nacía con el espíritu de los ateneos literarios de la época, mas a ello se sumaban las aspiraciones de adelanto cultural y de progreso material de nuestra población, que después se fueron materializando en la segunda parte del siglo XIX. Entre los promotores y fundadores del Gabinete se encontraban abogados, médicos, empresarios, comerciantes y hacendados, además de personalidades con inquietud cultural. Desde su nacimiento, en la nueva sociedad concurrían las aspiraciones de adelanto cultural y de progreso material de la población. Los fundadores y primeros socios del Gabinete integraron un grupo con clara visión cívica y, como parte de la élite social, poseían evidente capacidad de influencia para contribuir desde la institución y de su particular desempeño a la defensa y la promoción de los mejores objetivos para el futuro de la ciudad y de la isla.

Su presencia y su trascendencia cultural y social en la ciudad siguen vivas entre nosotros y es legítimo motivo para que sean objeto del grato recuerdo

Uno de los primeros ámbitos sociales que ocupó sus inquietudes y su actuación fue el de la docencia. En aquellas fechas, Las Palmas carecía de centros de instrucción pública. Para superar esta gran carencia, en el seno del Gabinete, particularmente por algunos de sus directivos como López Botas, Domingo J. Navarro y Juan E. Doreste, se planteó la creación de un centro de primera y segunda enseñanza -el Instituto General y Técnico- que abrió sus clases en 1845. Dos años después, sus aulas ocuparon los claustros del antiguo convento de San Agustín, por lo que en adelante fue conocido por este nombre. Allí se formaron sucesivas promociones que, al pasar el tiempo, contribuyeron a nuestro desarrollo social y económico. Entre sus alumnos más relevantes recordaremos los nombres de Fernando León y Castillo, Benito Pérez Galdós, Tomás Morales y Alonso Quesada. En la segunda mitad del XIX, este primer Instituto privado representó la aurora del cambio y un punto de partida en el desenvolvimiento moderno de la ciudad.

En aquellos primeros tiempos también se promovieron otras relevantes iniciativas cívicas. Se apoyó la creación de una orquesta, antecedente de la Sociedad Filarmónica, se estableció un asilo para acoger a los muchos pobres e indigentes que malvivían en las calles y en los riscos de la ciudad, ubicado en el desamortizado convento dominico de San Pedro Mártir y se instituyó un Monte de Piedad, destinado especialmente a la ayuda económica que demandaban las clases artesanales y los sectores sociales más necesitados. Con el paso de los años, aquella generación se sumó y animó también el proyecto de construcción del futuro Puerto de la Luz.

La generación intelectual del Museo Canario

En 1848 hizo viaje a París el joven grancanario Gregorio Chil y Naranjo para cursar los estudios de Medicina en la Universidad de La Sorbona. Llegaba a la capital francesa con los conocimientos que le había proporcionado su tío y padrino Gregorio Chil y Morales, quien le transmitió el gusto por los clásicos griegos y latinos, así como por la historia y las antigüedades canarias. La Facultad de Paris era en aquel tiempo de las más importantes y avanzadas de Europa. Chil siguió su carrera con gran aplicación y diez años después, en el curso 1958-59, leyó su tesis doctoral. Fue, así, uno de aquellos isleños que en el siglo XIX cursaron la carrera de Medicina en las renombradas universidades de París y Montpellier. Entre ellos se encontraba, igualmente, Juan de Padilla, quien sería su amigo y colaborador a lo largo de su vida.

En aquel tiempo, Paris era uno de los focos culturales y científicos más importantes del planeta. El conocimiento de la cultura francesa y europea, la relación con sus maestros Broca, padre de la antropología física, y Quatrefages y con otros científicos galos, así como su atenta inserción intelectual en las corrientes científicas de su tiempo influyeron positivamente en su obra, en particular en lo concerniente a la antropología y a la futura creación del Museo. El mismo año de su regreso a Gran Canaria, tras finalizar sus estudios, Darwin publicaba El origen de las especies.

En la isla se manifestaba entonces una temprana inquietud por el conocimiento de los vestigios y yacimientos prehispánicos y de la cultura aborigen. En 1860 el historiador Millares Torres publicó su Historia de Gran Canaria, testimonio de este interés. Después de su retorno, Chil se entregó a la elaboración de sus Estudios históricos, patológicos y climatológicos de las islas Canarias. Para ello realizó una exhaustiva pesquisa de la bibliografía existente hasta entonces acerca de las islas. «En los años que he consagrado a esta obra he leído todo lo que se ha escrito sobre las islas», escribiría más tarde. Comenzó a publicarla en 1876. Salieron a la luz varios tomos, los más importantes, pero no llego a ver la publicación completa. Por su parte, Millares Torres publicó su Historia general de las islas Canarias en las últimas décadas del siglo.

Gregorio Chil y Naranjo, fundador del Museo Canario.

Gregorio Chil y Naranjo, fundador del Museo Canario. / FEDAC

En la ciudad, la iniciativa más importante de aquel tiempo fue la construcción del Puerto de la Luz. Sin embargo, ciñéndonos a la esfera cultural, el hecho de mayor relieve fue la creación del Museo Canario. El 2 de septiembre de 1879 se reunieron en la casa de Amaranto Martínez de Escobar los promotores de esta institución: Gregorio Chil, Víctor Grau Bassas, Diego Ripoche, Juan de Padilla y Andrés Navarro Torrens, junto al anfitrión, quienes concibieron la creación de un museo dedicado a las antigüedades canarias y a la historia natural de las islas, dotado de una biblioteca. Se decidió, así, «crear un Museo, donde, en sus correspondientes secciones, se expongan al público colecciones de ciencias arqueológicas y naturales; y una Biblioteca en la cual se reúnan y conserven todas las obras» antiguas y modernas de autores canarios y sobre las islas.

Aquel mismo día se nombró la primera junta directiva, presidida por el Dr. Domingo J. Navarro e integrada por el ingeniero Juan León y Castillo y el Dr. Andrés Navarro Torrens, vicepresidentes; Amaranto Martínez de Escobar, secretario; Víctor Grau Bassas, conservador; Juan de Padilla, bibliotecario, y el arquitecto Manuel Ponce de León. Es decir, los nombres destacados de aquella generación a la que, pasados los años, rendimos eterna memoria.

La generación literaria del primer cuarto del siglo XX

En los años ochenta de aquel siglo XIX nacieron los que serán protagonistas de la generación literaria de Las Palmas que alcanzó su esplendor en el primer cuarto de la centuria siguiente: en 1885, los poetas Tomás Morales y Saulo Torón; en 1886, el poeta y escritor Alonso Quesada, y en 1887 el artista Néstor Martín Fernández de la Torre.

Fue en la segunda década del siglo cuando emergió la obra fundamental de esta generación poética, de la que Las rosas de Hércules fue el libro emblemático. Entre 1890 y la primera década del XX se produjo una transformación sustancial de la ciudad, generada por la introducción de la tecnología moderna (barco a vapor, tranvía, red telefónica, alumbrado eléctrico y vehículos a motor) y, específicamente, por la construcción del Puerto. La lírica sonora del libro mágico de Tomás Morales iluminó la floreciente estampa de la población en aquellos años. Y hay que subrayar, además, que la cima de la creación poética que representaron Morales, Quesada y Torón estuvo acompañada por los ensayistas y los escritores como, entre otros, Francisco González Díaz, los hermanos Millares Cubas, Claudio de la Torre, José Miranda Guerra, Fray Lesco, Rafael Ramírez Doreste y los artistas Néstor Martín y Nicolás Massieu. Como ha escrito Lázaro Santana, en la casa de Luis y de Agustín Millares Cubas se hacía teatro, se recitaba poesía y se interpretaba música selecta. Allí se reunía lo más granado de la intelectualidad, en ocasiones adornada con la presencia circunstancial de Unamuno o del poeta y escritor malagueño Salvador Rueda.

Además de su grandeza lírica, fueron Tomás Morales y Alonso Quesada quienes con mayor acierto y brillantez han definido la ciudad de Las Palmas y la vida de sus gentes. Tomás Morales fue plenamente consciente de la positiva repercusión del Puerto en la prosperidad de la ciudad. No es casualidad que sus estampas líricas sobre esta urbe lleven los títulos de Canto a la ciudad comercial o La ciudad y el puerto. Junto a ellos, el lenguaje grandilocuente de su Oda al Atlántico se adentraba en el elemento matriz de nuestra urbe, el mar.

En sus dos obras líricas fundamentales El lino de los sueños y Los caminos dispersos, Quesada no tomaba a Las Palmas, ni a su puerto, como motivos inspiradores o focos de atención para sus versos. Sin embargo, además de excelente poeta y dramaturgo, fue un cotidiano escritor de crónicas en los periódicos locales, artículos de carácter costumbrista, repletos de ironía y de agudo sentido de la observación. Sus Crónicas de la ciudad y la noche ofrecen un interesante testimonio del clima social y del espíritu de la población de su tiempo.

Coetáneo de Quesada y de Morales, el artista Néstor Martín Fernández de la Torre nos ofreció el fulgor de su obra pictórica extraordinaria, coincidiendo en parte con este periodo, hasta su fallecimiento en 1838. En una fase de este momento estelar, escritores y pensadores isleños habían comenzado a plantearse la cuestión de la identidad tradicional canaria, cuando ésta ya había comenzado a desvanecerse. En su figuración literaria, Morales había ofrecido una visión modernista del mito de las Afortunadas y del antiguo paraíso insular encarnado en el bosque de Doramas. Pero el monte de laurisilva casi había desaparecido y sólo pervivía la nostalgia literaria del paraíso perdido.

Sobre estos dos ejes girará la relación y la intensa comunicación del pintor Néstor con su ciudad y con su isla. Su deslumbrante obra artística es un apasionado intento de reconstrucción y reivindicación del paraíso, que él encarnó en su magno e inacabado proyecto del Poema de los elementos. Por una parte, esta pasión encendió la dimensión mítica de la idea del edén, del Jardín de las Hespérides, el paraíso original de las Afortunadas, a través de una cosmogonía panteísta plasmada en la pintura del Poema del Mar de la Tierra y del Poema de la Tierra. Por otra, se entregó a la consagración, preservación y recuperación del paraíso paisajístico y estético que todavía era su isla natal en el primer tercio del siglo XX.

A estos dos grandes empeños corresponden dos joyas con las que Néstor, y la realización de su hermano el arquitecto Miguel Martín, contribuyó al embellecimiento de la población: el hermosísimo Museo que expone sus obras, una de las alhajas más delicadas que ofrece esta ciudad, y el recinto del Pueblo Canario.

Generación artística de la Escuela Luján Pérez

El día de los Reyes Magos de 1918 abrió sus dependencias en una modesta casa del barrio de Vegueta la Escuela de Artes Decorativas de Luján Pérez, promovida por Fray Lesco, junto a los pintores Nicolás Massieu y Juan Carló y el arquitecto Enrique García Cañas. Ellos fueron los primeros profesores desde que e día 15 de aquel mes se iniciaron las actividades docentes.

Del planteamiento previo y el origen de su creación sólo conocemos los artículos periodísticos que publicó Fray Lesco en los dos años precedentes: Ciudad futura y Los decoradores del mañana, en los que subrayaba que la ciudad debe ser concebida como una obra de conjunto, una obra de arte, al propio tiempo que alentaba la participación del artista, de los «decoradores», en su desarrollo y en el marco de una cultura estética urbana.

De la Escuela Luján Pérez siempre se destacó su original criterio docente, que tan excelentes resultados obtuvo. Se impartían dibujo, pintura, modelado y cerámica, dentro de un criterio pedagógico de gran libertad y tolerancia docente que concebía a la Escuela como «un consorcio espontáneo de profesores y alumnos, sin estatutos ni programas, un laboratorio de arte» para proporcionar «una aptitud estética y no la simple suficiencia oficial», en palabras de Juan Rodríguez Doreste, personalidad que siempre mantuvo una estrecha vinculación con el centro.

Generaciones intelectuales  de las Palmas

El artista Néstor Martín Fernández de la Torre. / FEDAC

Entre las primeras promociones de alumnos de la Luján Pérez figuraban ya los nombres que marcarían una original y profunda impronta en el arte canario, entre ellos Eduardo Gregorio, Santiago Santana, Felo Monzón, Juan Jaén y Juan Márquez; posteriormente Plácido Fleitas, Juan Ismael, José Jorge Oramas, Abraham Cárdenes y Antonio Padrón. Ellos abanderaron la que fue la extraordinaria generación artística de la primera mitad del siglo.

La Escuela fue un centro abierto y sensible a la naturaleza y el paisaje de la isla. Aquellos jóvenes artistas se inspiraron en la riqueza del paisaje y de las costumbres que les deparaba su propia tierra. En ello influyó la práctica de pintar del natural que preconizaba el pintor y profesor Juan Carló, artista de influencia impresionista. Los alumnos de la Escuela realizaban excursiones al campo y a las comarcas del interior para observar y tomar motivos de los rincones pintorescos, la vegetación, los tipos humanos y la vida campesina, con el compromiso estético de plasmar todo ello en una obra de nuevo cuño que engarzaba con la estela social de su pueblo.

Al mismo tiempo, la Escuela y sus artistas estaban abiertos a las corrientes estéticas internacionales, entre las que destacaban los Cézanne, Picasso o Kandinsky. Un aspecto siempre muy comentado ha sido el de la relación con el indigenismo mejicano de la época. En tal sentido se puso de relieve la conexión de varios artistas de la Escuela con la obra de los muralistas e indigenistas de Méjico. Esta vinculación se manifiesta en destacadas pinturas de Felo Monzón como la Composición canaria, de 1937, el Platanal (1948) y el Risco (1953) así como en lienzos de Santiago Santana con esquemas formales semejantes a las floristas de Diego Rivera o a las figuras femeninas de Manuel Rodríguez Lozano. Igualmente, piezas escultóricas de Plácido Fleitas, como las mujeres del Sur se inscriben en esta tendencia. Pero no hay que ir más allá. Desde una aportación indiscutiblemente original, el movimiento de la Escuela de Luján Pérez representó una total renovación en la forma de hacer arte que profundizó en las raíces antropológicas y sociales de Gran Canaria y que tuvo presente en todo momento la comunicación de la realidad popular desde un espíritu innovador.

En la ya larga historia de Las Palmas de Gran Canaria, las reseñadas generaciones, diversas y marcadas por su propia personalidad, cohesionaron e hicieron crecer a nuestra población en cada época. Su presencia y su trascendencia cultural y social siguen vivas entre nosotros y es legítimo motivo para que, en la ocasión de un nuevo aniversario del nacimiento de nuestra capital, sean objeto del grato recuerdo y de la sentida gratitud de los ciudadanos de ho.

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