Opinión | Retiro lo escrito

Interpelación democrática

Es muy dudoso que los que condenan a un ciudadano por cambiar de convicciones políticas sean verdaderos demócratas

Isabel Díaz Ayuso y Javier Milei

Isabel Díaz Ayuso y Javier Milei / Daniel Gonzalez

Qué tiempos aquellos en los que la izquierda estaba representada (y hacía preguntas) por gente como Manuel Sacristán, Manuel Tuñón de Lara o Manuel Vázquez Montalbán, por citar solo a tres manolos. Ahora hay que conformase con el Gran Wyoming, Bob Pop o Jorge Javier Vázquez. Son tipos muy buenos en lo suyo, pero lo suyo no incluye ni haber estudiado mucho, ni demostrar ninguna destreza intelectual para la interpretación de lo que ocurre social, económica o políticamente, ni mantener ningún compromiso profesional con desentrañar la verdad. Ninguno. Y sin embargo miles y miles de personas aplauden sus progresistas gansadas una y otra vez aunque estén llenas de inexactitudes, ignorancias, sesgos tontilocos y moralismos insoportables. En cambio, si uno cita a un sabio lúcido y dialogante como Gregorio Luri inmediatamente se le acusa – por lo menos – de referenciarse con un monstruoso derechista. Bueno, una de las diferencias básicas entre cualquier de estos presentadores forrados de pasta y el profesor Luri estriba, por ejemplo, en lo que es la democracia. Para tipos como Wyoming la democracia es algo muy obvio e inmediato, como un porrón de Talavera de la Reina o las corbatas moradas de Pedro Sánchez, y tal vez por eso – y por su excepcional inteligencia de caricato – no duda jamás en sus respuestas. Para Luri, por el contrario, una de las exigencias de la democracia es disponer de «una cierta experiencia crítica de sí misma». La democracia siempre está y debe estar apelándose y por eso «debemos mantener viva la pregunta sobre qué es la democracia…Y la respuesta nunca es obvia».

Peor aun es actualmente reconocer respeto, agradecimiento o simpatía por aquellos que fueron de izquierda y ya no militan o incluso se han pasado a la otra acera, como Fernando Savater, que dice que lo suyo es ahora «un constitucionalismo ilustrado de derechas». Acabo de leer su último libro, Carne gobernada, y puede que el viejo maestro esté cansado, pero su prosa sigue viva, inteligente y curiosa, precisa y elástica, plenamente en forma. Ahí explica bastante sugerentemente las excomuniones fulminantes que recibe cualquier izquierdista que deje de serlo. Su aportación literaria y especulativa durante medio siglo (como la de Félix de Azúa) no vale absolutamente nada para los inquisidores que los condenan con una sintaxis tan basurienta como su pútrido corazón. Es mi opinión personal, y por lo tanto no tiene gran valor, pero sostengo que hay que ser un canalla o un idiota – o combinar ambas cualidades con singular intensidad– para ya no digo condenar, sino simplemente menospreciar a los ciudadanos que cambian de convicciones políticas. Más precisamente: es muy dudoso que los que condenan a un ciudadano por cambiar de convicciones políticas sean verdaderos demócratas.

Todo esto –que los referentes intelectuales hoy sean una caterva de totufos, que el progresismo actúe como si fuera de su ámbito solo exista la ignominia, que solo se utilice la crítica para aquel que no coincide conmigo tanto en asuntos públicos como privados porque, por supuesto, lo privado es público– se me atojan síntomas de una situación de desvertebración social y estupidez colectiva cada día más extendida y muy difícilmente controlable. Ya no basta con mentir: hay que descalificar a los demás como mentirosos si no comparten mi patraña. Ya no se discuten opiniones, sino hechos. Condecorar a Javier Milei es un valeroso acto de libertad por una populista desorejada que se mea en la institución que preside, una sentencia del Tribunal Constitucional borra un atroz latrocinio de cientos de millones de euros robados durante años a los ciudadanos andaluces: las condenas de Griñán y compañía fue el resultado de una conspiración judicial demoniaca. Ahora, cuando la democracia se interpela, solo se hace una pregunta: «¿dónde te vas a meter?»

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