Opinión | Punto de vista

Agnès Marquès

Una cuestión de convivencia

El chiringuito es uno de los lugares para disfrutar.

El chiringuito es uno de los lugares para disfrutar. / Foto de Michal Malota en Unsplash

Por fin el verano se deja ver! La pareja saluda efusivamente al dueño del monísimo chiringuito de la playa donde uno no cena por debajo de los 60 euros por persona. Imagino que es el reencuentro después de todo el año. Están contentos. Mesa junto a la arena, sí. Es justo la que queda al lado de las dos señoras que se toman un vino encantadas mientras sus dos perritos corretean por al lado. Son monos y pequeños, pero de un vistazo ya se ve que al señor aún contento que va a gastarse más de cien euros en la cena no le gustan. La cosa queda clara cuando uno de ellos, el de ricitos blanco, le lame el tobillo, y el salchicha lanza un ladrido.

Un poco apurado entre el asco, el miedo y la buena educación el señor ya solo medio contento comenta que no le gustan los perros, que le incomodan, que si los pueden atar. Ellas se apresuran, ¡pero si no hacen nada!, mientras los atan a la correa. Ricitos y salchicha, que son buenos pero son perros, observan los tobillos del señor echados, tranquilos, a un metro de distancia anticipando que la historia no se acaba aquí.

El señor lo tiene todo perdido porque hace unos meses los perros hicieron el sorpaso a los niños en Catalunya. Hay más canes que futuros contribuyentes y el nuevo cascarrabias social ya no es el que no soporta a los niños, sino el que no quiere perros cerca. Para muchos es incomprensible que sus adorables peludos no lo sean a los ojos de los demás a no ser que se trate de miedicas traumatizados, antisociales y hasta un poco malas personas. Hay que pasar por el tubo.

La Luna llena sale rosa por el horizonte, las guirnaldas de luces toman el protagonismo y a nuestra pareja les sirven los primeros platos. Debe oler bien porque a ricitos se le despiertan todos los sentidos. El estímulo lo lleva a situarse a un palmo del tobillo aquel para oler el plato, dejando al descubierto que su dueña lo había liberado. Salchicha, aún atado, lloriquea y tensiona la correa por debajo de las sillas, entre los pies de nuestra pareja, mientras las dos propietarias de los perros no se enteran de nada. Cuando lo hacen ya está todo mal porque al señor se le ha acabado la paciencia. Ofendidas, piden la cuenta y se van.

Al salir se cruzan con una pareja. Ella lleva un perrito de flequillo blanco en brazos. Él, un transportín que dejará encima de la mesa mientras cenan y flequillo va de una falda a otra. Higiénicamente discutible, por lo menos no molestan a nadie.