Opinión | El lápiz de la luna

La herida de la droga

La heroína incautada por los agentes de la Policía Local a dos personas en Zárate

La heroína incautada por los agentes de la Policía Local a dos personas en Zárate / LP/DLP

El otro día leí un artículo estremecedor, según el cual cuatro de cada diez canarios menores de treinta y cinco años tienen una adicción. Me llamó la atención que, entre la cocaína, el alcohol o la marihuana, la sustancia más consumida fuese la heroína. Echando la vista atrás, allá por los noventa era común ver en determinadas zonas a las personas adictas al caballo. El deterioro físico delataba qué consumían. Crecí escuchando las palabras yonqui, heroinómano, drogadicto, toxicómano y con millones de juicios por parte de los adultos hacia esas personas. Por suerte también crecí en una época en la que a los colegios e institutos se acercaban de forma pedagógica los temas importantes: la droga o la sexualidad. Fui de las niñas que recibió en su centro educativo alguna charla por parte del Colectivo Harimaguada y también visitas de Narcóticos Anónimos. Además, por aquel entonces había un montón de anuncios publicitarios de calidad en televisión bajo el eslogan: ¡Di no a las drogas! Concretamente, en enero del noventa y dos, la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción sacó un spot al que titularon: «Ten cerebro, pasa de la coca» en el que se veía una mano cortando una raya, luego el plano de una nariz masculina esnifando la sustancia, pero lo que realmente se introducía por las fosas nasales era un gusano gordo y blanco que le llegaba al cerebro. Todos sabíamos el destino que te esperaba si tonteabas con este tipo de sustancias. Lo que nadie me explicó nunca fue por qué muchas personas elegían ese sufrimiento. Con los años aprendí que hubo quien entró en ese mundo por desconocimiento, otros por curiosidad o por ocio, y los que más porque tenían tantos problemas en su vida que cuando se colocaban pasaban de tener muchos problemas a tener solo uno: chutarse. Por un tiempo se dejó de ver a tantas personas con problemas de adicción -nunca me gustaron aquellos términos despectivos que solo estigmatizaban a seres humanos que ya estaban bastante jodidos- perdidos y sin rumbo deambulando por la ciudad. Sin embargo, después de la pandemia, las calles del barrio vuelven a presentar ese decorado sombrío de mi niñez. En más de una ocasión me he preguntado por qué, con toda la información que tenemos hoy en día acerca de los estragos que causa la droga, algo con lo que no contábamos en los noventa, hay tanta gente otra vez enganchada. Luego me contesto a mí misma: «Tenemos la información, pero también los mismos problemas sociales, laborales, familiares y, amén de esto, un sistema educativo que en lugar de seguir mostrando al gusano gordo y blanco reptando hacia el cerebro ha decidido mirar para otro lado». Al mismo tiempo, la heroína es más barata. Toda una estrategia de marketing por parte de los camellos. A veces la vida me pone triste y el sufrimiento ajeno siempre. No entiendo qué más necesitamos para darnos cuenta de que tenemos que hacer algo. Desde casa, pero también desde las escuelas. Hay que hablar de lo que hay que hablar. Sin miedo y sin tapujos. No se puede politizar el conocimiento. Ni la prevención o la intervención educativa. ¿A qué estamos esperando? Cuatro de diez canarios son un montón de gente, ¡eh!, me salen las cuentas hasta a mí, que soy de letras. Tiempos pasados nunca deben ser mejores, pero en materia de educación empiezo a pensar que sí.