Opinión | Newsletter

Albert Sáez

Starmer

Pedro Sánchez en una imagen de archivo,

Pedro Sánchez en una imagen de archivo, / Europa Press

Hoy es un día para releer a Francis Fukuyama y su teoría del final de la historia. O al menos para renegar del uso político que hicieron en su momento los republicanos norteamericanos. Recordemos que, en esencia, vino a decir que la dialéctica de la historia, la confrontación entre dos sistemas políticos nacidos a la derecha y a la izquierda de la filosofía de la historia de Hegel murió con la caída del muro de Berlín en 1989. Y pronosticó la victoria definitiva del liberalismo frente al comunismo. No es de extrañar que, siguiendo esa teoría, los republicanos hayan acabado liderados por un tipo tan estrambótico como Donald Trump. Pero la realidad es que unos dignos representantes de la izquierda hegeliana, los laboristas británicos, han arrasado en las elecciones consiguiendo sus mejores resultados de los últimos 200 años. Y el domingo, unos dignos representantes de la derecha hegeliana, los nacionalistas franceses, pueden conquistar la Asamblea. La historia está más viva que nunca.

Seguramente, un analista de la política en Madrid que encandila a los últimos vestigios de la burguesía catalana proclamará que la elección de Keir Starmer abre un nuevo ciclo en la política occidental gracias a la pujanza de las ideas de Pedro Sánchez. La política comparada de pacotilla acostumbra a generar este tipo de confusiones. Gran Bretaña lleva catorce años sumida en el populismo desde el día en que David Cameron quiso emular a Nigel Farage y puso en marcha el «brexit». Una sucesión de primeros ministros, el más significativo fue Boris Johnson (un Trump de mediopelo), han administrado ese error. Y los británicos han enviado a los tories a la papelera de la historia con todo merecimiento. De manera que lo que ha pasado en Gran Bretaña tiene poco recorrido como anticipo de lo que puede ocurrir en Occidente. Tan solo una lección: el populismo hace mucho daño antes de ponerse en evidencia.